29 marzo 2014

Mentir


Las madres mentimos, y mentimos mucho y a diario. Muchas más veces de lo que los demás siquiera se dan cuenta. Mentimos acerca de lo que sentimos, de lo que nos pasa. Porque una buena madre es fuerte y feliz, a pesar de todo, pase lo que pase. Mentimos cuando somos madres recientes o tenemos años siendo mamás. Mentimos acerca de donde duermen nuestros hijos, de cuantas veces se despiertan en las noches, de si toman teta o tetero, de si ya gatean o aún no caminan, de si con 3 años llevan pañal. Mentimos cuando nuestros hijos son unos bebés y seguimos mintiendo cuando crecen.

Y mentimos por temor. Nos sentimos inseguras, le tenemos miedo al juicio detrás de la pregunta, amenazadas por las palabras que ponen en duda lo que hacemos y decidimos como madres. La mentira opera para nosotras como una protección. Ninguna madre necesita más culpa en su vida, por eso mentir es quizá, la manera más fácil de sobrevivir a ciertas situaciones y seguir adelante. Nos ocultamos, de manera cómoda y segura, detrás de la mentira, sin darnos cuenta de lo que eso implica y representa. 

Y todo el tema nada tiene que ver con los demás se trata solo de nosotras mismas. Por que estoy segura de que en algún momento, al principio, todas intentamos ser sinceras y honestas, pero serlo implicaba un peso enorme, así que nos rendimos, nos cansamos, nos dio jartera, desidia, y resultó, aparentemente, mejor negocio decir lo que la gente quiere escuchar a decir lo que queremos, lo que nos pasa, la verdad.

Entonces es cuestión nuestra empoderarnos y dejar de mentir. Para ser libres de nuestros propios miedos, para ser las madres que queremos, las mujeres que deseamos, sin pensar mucho en los demás, visilizando, normalizando lo que todas sabemos, sentimos y ocultamos. Siendo nosotras mismas, sin silencios, con la confianza y la certeza de que nuestro instinto nos guía por el mejor de los caminos. Sin necesidad de protección, sin necesidad de ocultarnos.

Prometo intentarlo. Prometo dejar de mentir. 

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20 marzo 2014

Instantes



Ayer, temprano en la mañana, cuando estaba a punto de parquear, me tropecé con una mamá que iba con su bebé de brazos y su niña pequeña caminado por la acera. Por un momento nuestras miradas se cruzaron y nos regalamos una sonrisa sincera, de empatía y complicidad. 

Este pequeño encuentro desató en mí una nostalgia que hace rato no sentía. Unas ganas de ser la Zarina de hace dos años, la que estaba en casa, la que disfrutaba sus días entre pañales, tetadas y paseos al parque. Tuve de nuevo ese sentimiento tan conocido, que casi había olvidado porque no me visitaba hace bastante rato. Añoré, en medio segundo y con una intensidad arrolladora, una vida menos agitada, más hacia dentro, sin tanta exposición, enfocada en lo simple, en una felicidad predecible y sencilla. 

Lo curioso es que en ese instante en que mi ojos se cruzaron con los ojos de esta madre, pude ver en ella una nostalgia parecida a la mía. Mas bien noté la misma nostalgia pero en sentido contrario. Leí en su rostro unas ganas de poder salir de casa a vivir una vida adulta, llena de retos laborales, con la prisa de tener mil cosas en la cabeza, con "independencia", persiguiendo logros y reconocimiento público.

¡Qué ironía! Dos caras de una misma moneda. Dos madres, que se miran a los ojos y se leen tranquila y cristalinamente, que se entienden, que se envidian, que son felices, pero que al mismo tiempo están buscando más. Que en un instante y sin mediar palabra, ven el pasto de su vecina frondoso y mucho más verde que el propio, que pierden el foco o que, tal vez, encuentran su verdadera perspectiva. De instantes como estos, mágicos, poderosos y efímeros, se compone la vida.

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