14 octubre 2014

Niña buena


Recuerdo que cuando era pequeña sólo quería ser una "niña buena". La recompensa era deseable: cariño y aceptación a raudales. Entonces, durante mucho tiempo fui una de esas mujercitas que van siempre bien puestas, que hacen caso sin dudarlo y que saben que el éxito de su papel radica en no molestar a los adultos. 

Ser niña buena tuvo sus pros y sus contras. Los pros creo que eran más para el entorno que me rodeaba: niña obediente y bien portada, cariñosa y complaciente, buena estudiante y cuidadosa. Los contras me pertenecían y aún, con alguna frecuencia, me pertenecen sólo a mí: miedo a fallar, pavor al que dirán, a no encajar, necesidad de aprobación, inseguridad.

Tal vez por eso de mamá, vivo en un constante debate interno. Me explico. Hoy, veo a mi hija y veo una niña que es de todo, menos una de esas "niñas buenas". Su espíritu está intacto, limpio y claro. Llena de una energía, incorruptible, imposible de chantajear, poderosa y muy temeraria. Veo como nos ama y al mismo tiempo como no nos teme. Como es capaz de opinar a su corta edad y de decir lo que piensa sin sentir ningún riesgo. Insistiendo en lo que desea con un fervor que pocas veces he tenido en mi vida. Nos escucha y observa con atención para luego recordarnos con toda autoridad que no somos coherentes y que, tal vez, estamos equivocados. Expresa su amor y su inconformidad a quien quiere, cómo y cuándo lo desea. Conclusión, hoy mi hija es muy distinta a una "niña buena" y eso me hace una mamá muy orgullosa.

Sin embargo, esto no quiere decir que todo sea color rosa. Amo descubrir a mi hija tan ella, tan genuina y con una capacidad inmensa de atreverse a todo, llena de autenticidad. Amo nuestra relación tan de tú a tú, sin temores ni malsanas expectativas de por medio. Pero tengo que reconocer también que muchas veces, a pesar de que sé lo que significa, me descubro deseando una niña dócil, calmada, una "niña buena". Quizá porque criar a una hija con este espíritu y voluntad no es una tarea sencilla y en medio del cansancio y de mi egoísmo, añoro una tarea más fácil y menos demandante, con una pequeña que juegue sola, que duerma sola, que me quiera mucho pero que me requiera poco.

Lo lógico sería que a una persona como yo este tipo de cosas ni se le ocurrieran. Pero ya ven, la lógica no tiene mucho espacio en la vida real. Y entonces yo, que sé la trampa que es ser esa niña complaciente que pospone sus deseos en aras de llenar las expectativas de los demás, a veces deseo una hija con esas características. Mis recursos emocionales me fallan y me traiciono. Y me sorprendo repitiendo muchos "no hagas", "quédate quieta", "no llores ahora", buscando la manera de una crianza menos demandante que me facilite la vida. Me descubro siendo de nuevo esa niña buena de antes en mi cuerpo de mujer adulta y de mamá abrumada.

Y resulta que lo que creía superado, no lo está del todo. Y en medio de la angustia todo tiene sentido. Porque esta fuerza de la naturaleza que es mi hija, me lleva de la mano a reflexionar, a sonreír montones, a respirar profundo antes de reaccionar, a entender que me tengo que fresquear mucho más, que aún me importa demasiado lo que los demás piensen de mi y de ella (como una extensión de mi misma) y que aún hay mucha "niña buena" que desterrar.


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09 septiembre 2014

Mamá celosa


Soy una mamá celosa y eso es un hecho. Nunca lo hubiera pensado pero soy de esas que se la pasan todo el día anhelando ver a su pequeña, pensando ¿qué estará haciendo?, ¿cuál será su última ocurrencia?, ¿con qué estará lidiando?, y sintiendo una opresión inmensa en el corazón por todo lo que se está perdiendo. 

Soy una mamá celosa y esta emoción me toma por sorpresa y no la comprendo. Esta mañana cuando llegó el bus del colegio y ella grito emocionada : "la ruta, la ruta", me dio mucha felicidad pero también mucho miedo. Miedo a montarla en un vehículo escolar en esta ciudad, miedo a no estar, miedo a perdérmela, a perdernos, a no disfrutar a su lado cada uno de estos nuevos momentos que le corresponde vivir con otros y sin mí. 

Soy una mamá celosa y no es fácil serlo. Estaría mejor tomarme todo con tranquilidad. Después de todo tengo una hija tranquila, segura, que se siente como pez en el agua en su nuevo colegio, que quiere asistir hasta los fines de semana, que se despide con un beso, un abrazo y una sonrisa en la boca. Y, como resultado, yo me siento celosa, desplazada, poco importante, abandonada, vacía.

Soy una mamá celosa y, al mismo tiempo, soy una niña insegura buscando atención. No entiendo muy bien como ni por qué pero esta etapa me conecta con ese lado mío que sólo yo sé que está vivo y que existe. Ese lado que se despierta en los momentos menos esperados y que me hace re-conocerme y re-descubrirme de maneras insospechadas. 

Soy una mamá celosa y tendré que aprender de este momento. Supongo que estoy acostumbrada a ser el centro de la vida de mi hija, y la entrada al colegio me enfrenta a otra realidad: eso está cambiando y con el tiempo cambiará mucho más. Y me niego a creerlo. Y, de alguna manera inconsciente, no quiero soltarla, soltarme y dejar que todo tome su curso, que fluya. 

Soy una mamá celosa y eso es lo que siento hoy... y espero poder darle a este sentimiento un curso acertado muy pronto. 


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