17 junio 2014

Sin ceder


Ayer, después de llegar a casa y seguir la rutina de siempre, estaba realmente agotada. Tu, en cambio, estabas llena de energía, espabilada, con ganas de seguir jugando, sin ninguna intensión de descansar. Pero era tarde y era hora de dormir. 

Y aunque yo no suelo ser tan estricta en esas cosas, ayer realmente no daba más. Así que después de ver mil veces el video que adoras, decidí apagar todo para tratar de bajarte las revoluciones. Pero tu sencillamente no querías dormir. Estabas cansada, eso era evidente, pero deseabas seguir como si fueran las 10 de la mañana. 

Y te frustró mucho mi decisión. Y lloraste, y te enfadaste, y pataleaste, me peleaste. Y yo, mientras, respiré mucho y muy profundo, y trate de estar, de hablarte, de no sentirme desesperada por tu llanto, de ponerme en tus zapatos sin ceder. No porque ceder esté mal, sino porque no era lo que necesitábamos en ese momento, porque muchas veces prefiero ceder, porque me queda fácil, lo mío contigo, es evitar el conflicto a toda costa y, en algunos momentos, es necesario estar, con amor, pero ser firme. 

Parece fácil. Se escribe fácil pero no lo es. Mantenerme firme cuando lo necesitamos es absolutamente necesario para las dos, para nuestra relación, para que ambas aprendamos. Para que descubras y le pongas nombre a tus emociones, y me digas después del llanto: "Mamá es que me siento triste", "Estoy fastidiosa", "Creo que estoy ansiosa". Para que aprendas que cuando no se puede lo que quieres es valido estar triste y sentirse frustrado. Que no complacerte no significa que no te ame. Es más, que cuando no puedo hacerlo o no debo hacerlo, te amo mucho más porque me cuesta, porque tu llanto me duele físicamente, porque mantenerme firme es un trabajo tremendamente difícil para mi. 

Parece fácil pero me resulta complejo aprender a entender tu inconformidad, a acompañarte cuando lloras, cuando estas furiosa y no pareces quererme tanto. Muchas veces te he contado lo que tu llanto trae en mí, esa sombra, la niña asustada, triste y furiosa que vive en mí y que me recuerdas, que no me gusta y que veo a través de ti en estas ocasiones.

Parece fácil pero es muy difícil ser firme y amorosa al mismo tiempo. Sin embargo, es posible y se siente muy bien. Porque a pesar de la dificultad y el miedo que siento, ayer lo logre, lo logramos. Y estoy feliz por eso, porque sé qué es un gran paso.

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28 mayo 2014

Treinta y cinco


Mañana cumplo años. 35 años para ser exacta. Y tengo que reconocer que me aterroriza un poco crecer y volverme mayor. No por las arrugas, ni por los kilos de más o las canas. No. Más bien por el tiempo que pasa tan rápido, por la vida que avanza y que, con el tic tac del reloj, se acorta.

Me parece que la vida es muy corta. Eso es lo único que pienso desde que, hace unas semanas atrás, caí en cuenta de que ahora sí soy una mujer adulta. Ya no tengo que jugar más a ser adulta. Resulta que ahora sí lo soy, lo siento y sé que lo soy. Y con esta adultez, a la que aún no me acostumbro y que, irónicamente, me parece bastante prematura, llegan claridades y certezas inesperadas, dudas y anhelos ocultos, deseos de explorar y de arriesgarme, ganas de vivir con más intensidad, simplemente por que la vida es un milagro inmenso y finito.

Así que la víspera de convertirme en una mujer de 35 años, con la pensadera activada y el corazón pleno, tengo solo razones para celebrar, para recordar, para avanzar, para crecer, para seguir sintiendo con intensidad, para llorar, para sufrir, para darlo todo, para ponerme al límite, para descubrir, para ser la de siempre, para ser mucho más, para disfrutar, para fracasar, para sufrir, para hacer solo lo que quiero, para obligarme a hacer lo que debo, para sorprenderme, para añorar, para bailar y cantar, para aprender, para enseñar, para desear, para amar, para vivir. Para ser quien quiero ser. Para ser feliz.

Felices 35 a la mujer que soy y a la mujer que fui.

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