28 febrero 2015

Sin temor de la verdad


No me acuerdo cuando fue que aprendí a mentir. Lo que si recuerdo es que de pequeña mentía de manera automática, en respuesta al miedo que sentía al verme descubierta y confrontada. Después entendí que necesitaba mantener mi personaje de niña-buena-correcta-perfecta, así que aunque sabía racionalmente que lo "correcto" era decir la verdad, me daba pavor las consecuencias y mentía. De adulta, aprendí a decir la verdad, a identificar ese impulso de cubrirme con una historia que no es cierta, enfrentando, asumiendo las responsabilidades que me toca, liberándome del peso y trabajo que implica mentir. Considero que en este tema estoy del otro lado, así el miedo y la tentación de "huir" del mal momento aparezcan en algunos momentos.

Tal vez por eso me maravilla observar que mi hija aún no miente. Una y otra vez la cuestiono cuando encuentro una pared "intervenida", o cuando toma alguno de mis collares o cuando acaba de tajo con el champú nuevo en la tina y, siempre siempre, sin importar mi reacción, me dice la verdad. Mi hija no tiene temor de decir la verdad. Ella, sin pensarlo reconoce la autoría de sus hechos, y la mayoría de las veces trata de redimir su travesura con besos y sonrisas, hablando libre y sin temor con la verdad. La entendería si me mintiera. Yo sé lo que se siente: conozco bien ese susto que nos lleva a no decir la verdad. Sin embargo, ella parece no conocer ese miedo. Decir la verdad es tan natural para Sara que me maravillo al verla diciendo sin filtro las cosas tal cual pasaron, sacando conclusiones acertadas de las situaciones, dando explicaciones, poniéndose en evidencia sin el menor sentimiento de angustia o temor. Asumiendo y reparando la travesura cometida. 

Muchos pensarían que tal desparpajo es casi un reto o una falta de respeto. Pero no, yo no lo veo así. Para mi es sinceridad y confianza en su estado más puro. Y me parece maravilloso que así sea. Su tranquilidad al decirme la verdad es la prueba más clara de que ella y yo podemos vincularnos sin que el miedo regule nuestra relación. Somos madre e hija, pero somos iguales, pares, con la confianza de que nos tendremos sin importar lo que hagamos. Ella sabe que no tiene que ser una niña bien portada para agradarme o para que yo la quiera. Sabe que puede ser ella, tomando sus propias decisiones con todo lo que eso implica. Tiene la certeza de que nuestro amor no tiene condiciones, ni reglas. Existe y existirá sin importar las cosas buenas o malas que hagamos en la vida. Por eso no miente. Por eso hace travesuras y me dice, "si mamá, fui yo, pero te prometo que no lo vuelvo a hacer" o "mamá no te preocupes, yo pinte la pared pero, tranquila, ¿me ayudas a limpiarla?". Y yo me maravillo. Y me muerdo la lengua para no perder la paciencia o para no sonreír. Me asombra y me llena de orgullo en un solo segundo. Y aprendo de sus ganas, de su honestidad, de su falta de miedo, de su desparpajo desmedido, de su seguridad. Gracias a Sara aprendo todos los días a no tener miedo, a decir siempre la verdad, a no mentir.

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