Ser mamá es un rol que siempre nos toma desprevenidas. Nada nos prepara para el terremoto emocional que significa verse de un día para otro, de frente, con este pequeño ser que depende enteramente de nuestra capacidad de amar y maternar. Mucho más en estos tiempos modernos donde, la mayoría, no solo estamos solas, sin tribu que nos soporte y ayude, sino que también nos encontramos totalmente desconectadas de nuestro instinto de mujer-madre, que existe, pero que se encuentra relegado a los rincones más escondidos de nuestra consciencia. Solo cuando tenemos a ese diminuto ser entre brazos comprendemos que una cosa es querer ser mamá y otra muy distinta serlo.
Entonces comienza un proceso que tiene varios caminos. El deseable, el de poder re-conectarnos con nosotras mismas a través de nuestro recién nacido para poder suplir con verdadera entrega y amor sus necesidades emocionales y físicas, es un camino que requiere de mucha valentía y capacidad de introspección. No todas somos capaces de recorrerlo. Duele reconocer que nuestro deseo de traer un niño al mundo y el amor sin proporción que sentimos por él, no sea garantía de que seremos capaces de afrontar la maternidad de manera natural y placentera. Por eso, muchas prefieren, después del nacimiento, seguir ocultando esos demonios que atormentan y duelen, manteniendo su vida actual lo más parecido posible a lo que era su vida sin un bebé. Entonces, ese bebé se ve forzado a adaptarse a la vida que ya tenía su madre, sin posibilidades de recibir lo que más necesita: tiempo, brazos, leche materna, presencia y contención sin medida. No las culpo, es complicado ir contra corriente. Más aun cuando para la sociedad en la que vivimos, esta crianza desde el desapego y el desconocimiento de las necesidades del recién nacido, lamentablemente, es lo normal, lo usual. Es lo que nos mantiene conectadas a "el mundo" donde somos seres productivos y nada más, impidiéndonos sumergimos en los terrenos desconocidos del postparto, donde nuestra mente y corazón solo tienen disposición para fusionarse con el bebé.
Por fortuna, cada vez más madres recientes decidimos buscar más allá de lo que a simple vista se vende como normal. Desde el embarazo comenzamos a sentir una necesidad inexplicable de poner por encima de nuestros deseos, los deseos de nuestro hijo. Comenzamos una búsqueda por encontrar una luz que nos sirva de guía para esta ruta que decidimos emprender. Leémos, hablamos, interactuamos con otras madres, nos damos cuenta que nuestras propias carencias infantiles de apego y maternaje afloran de manera inmediata cuando nos convertimos en mamás. Exploramos dentro de nuestra alma, vencemos fantasmas, luchamos batallas íntimas y personales, y comenzamos a despertar a la maternidad desde nuestro instinto más animal. Desde lo mamíferas que somos. Sin ningún tipo de condicionamientos ni prejuicios, sin explicaciones racionales, dejándonos llevar por las hormonas y la emocionalidad, por la oxitosina que corre por nuestro cuerpo, por la leche que brota de nuestros pechos, por el niño que solo desea estar pegadito a su mamá.
Criar y ser mamá es una experiencia hermosa pero retadora. Nos expone, nos deja sin ningún tipo de mascaras. Nos hace sentir vulnerables. Pero al mismo tiempo, nos conecta (si estamos dispuestas), nos vuelve inmensamente capaces y poderosas, eleva nuestras capacidades, nos hace descubrir nuestros "súper poderes" que van desde alimentar y consolar a punta de teta, hasta curar heridas de la piel y de alma con emplastos de besos y abrazos. Criar y ser mamá es gratificante pero no es nada fácil. Requiere de esfuerzo, de paciencia, de empatía, de capacidad de adaptación al cambio. De un buen estado físico pero mucho más de una desarrollada consciencia emocional, que nos permita reconocer nuestras necesidades y las necesidades de nuestro bebé. Criar y ser mamá es la más importante labor que podemos desarrollar para la sociedad. Donde todos los momentos, sin importar si nos parecen malos, regulares o buenos, valen la pena.
