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02 octubre 2013

Quiero crecer


Soy la mamá de una niña de 3 años. Una niña, que a veces no parece tan niña, y que ayer en medio de su frustración porque no la dejaba ver más televisión me dijo: "Mamá quiero crecer". Al escucharla no pude decir nada, simplemente atiné a abrazarla, mientras sonreía llena orgullo. Me emociona pensar que mi pequeña esta creciendo. Me alegra evidenciar que con esas tres palabras me dijo, sin vacilación, que quiere tomar sus propias decisiones. Y eso tiene un significado inmensamente importante. Es la prueba reina de que la fusión de la diada madre-hija ha terminado y, precisamente por eso, Sara tiene perfectamente claro que es un ser independiente, distinto a su mamá y que puede -y tiene el derecho- de querer, sentir y pensar diferente a mi. Tiene claro que no está en la obligación de complacerme, y que podemos disentir, sin dejarnos de respetar y amar.

Reconozco que sería mucho más fácil y cómodo tener un hijo alineado con mamá. Sería más sencillo tratar de convencerla de que yo soy la dueña de la verdad y la razón, y que, por lo tanto, lo que ella quiera o piense no tiene mucha importancia. En definitiva, implicaría para mi un trabajo menos demandante e intenso, en la crianza diaria. Sin embargo, el costo para mi pequeña sería demasiado alto: adormecería su voluntad, minaría su autoconfianza, destruiría su deseo natural de ser en función de su propia existencia y anhelos personales. Yo misma fui una niña muy pendiente de complacer a mamá y a los demás. Con más miedo a fallarles, que a renunciar a mis sueños. Así que sé exactamente de que les hablo y no es nada sencillo.

No quiero decir con esto que pasar de criar a una bebé "obediente" y "sumisa", a criar una niña "rebelde" y "voluntariosa", sea simple. La realidad es que para mi representa un reto de proporciones inmensas. Es un esfuerzo permanente de empatía y respeto, que implica una dosis gigante de consciencia y paciencia, que muchas veces no tengo y no se de dónde sacar. Implica trabajar en lo que más me cuesta. Ejercitar mi capacidad de negociación. Aprender que merece, desde ya, tomar muchas decisiones de su vida por si sola: qué desea comer, cómo se quiere vestir, que le gustaría jugar o hacer. Implica aprender a lidiar con el sentimiento absurdo de inconformidad que estos desacuerdos cotidianos me generan. Requiere explicarle con amor por qué algunas veces la respuesta es "no", y que eso no significa que su deseo no se valido, que la desprecie por eso, o que la amé menos.

Oficialmente puedo decir que soy la mamá de la niña que quiere crecer, y me siento feliz y complacida  por eso.

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22 septiembre 2013

Mi plan


Mi plan es estar junto a ti, pegadita a ti, observándote de cerca, grabando en mi mente cada centímetro de tu piel.

Mi plan es comprenderte, entendiendo como tu pelo dorado te define, reflejando en su alboroto lo que eres, tu energía inagotable, tu vitalidad de niña.

Mi plan es mirarte, descubriendo como tus pestañas son inmensas y tus manos un diminuto y complejo poema.

Mi plan es arruncharte y consentirte mucho, para que no olvides que mi amor por ti es infinito y que no depende de nada.

Mi plan es grabarme para siempre tu voz, tus dichos y tus maravillosas reflexiones, que llenan de magia y sencillez mi existencia.

Mi plan es decirte "te amo" muchas veces al día, mil veces cada día, sin importar lo que haya pasado, sin importar si hace sol o está cayendo mucha lluvia.

Mi plan es estar a tu lado cuando ríes y mucho más cuando lloras, consciente de que tu llanto abre de par en par mi alma, reviviendo viejas heridas que había olvidado o que creía curadas.

Mi plan es pedirte perdón todas la veces que sea necesario, para que entiendas que mereces respeto y que soy bastante menos que "perfecta".

Mi plan es leerte un cuento y mostrarte mi alma, para que conozcas los grises de mi corazón, para que me quieras por lo que soy.

Mi plan es verte jugar y también jugar contigo, volviendo a ser una niña alegre, traviesa y atrevida, una niña más como tú.

Mi plan es aprender de ti, impregnarme un poco de tu dulzura y nobleza, de tu capacidad de aceptación y perdón, de tu esperanza y optimismo infinito.

Mi plan es recordar gracias a tu sonrisa lo simple que es ser feliz, lo sencillo que es abrir nuestro corazón a la alegría de estar aquí, de vivir.

Mi plan es estar a tu lado, crecer de tu mano, siendo real, siendo tu compañera, aprendiendo de ti todo lo que pueda, disfrutando esta vida que tenemos juntas, este instante que el universo a preparado para nosotras. 

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15 septiembre 2013

Conexión



Estamos conectadas desde siempre, desde el primer instante en mi vientre, desde la primera vez que te tuve en mis brazos. Sin embargo hemos crecido, no somos las mismas. Ya no estamos fusionadas como antes, como si fuéramos una sola. El vínculo permanece seguro pero todo ha cambiado, mucho, demasiado rápido.

Las horas diarias separadas también nos pasan factura. Me concentro montones en el trabajo, y aunque no me olvido de ti, me resta energía para reconectarnos a mi regreso. Me cuesta reconectarme contigo a mi regreso. Hay días que son perfectos. Fluímos simplemente y esas dos horas antes de irte a dormir son el mejor regalo. Otros, todo es caos: vamos en contravía, no te entiendo, no me entiendes, desastre total. Y después que lo superamos y te duermes, me pregunto: ¿por qué todo tiene que ser tan complicado?

A veces quisiera devolver el tiempo a cuando eras una pequeña bebé. Pero ya no eres una bebé. Nos corresponde afrontar lo que somos ahora. No me mal entiendas, no es que no me gusté: adoro tu manera de ser, tu carácter, tu nobleza. Me encanta que podamos tener nuestras conversaciones y las maravillas con las que sales, tu punto de vista y tus ganas de verlo y conocerlo todo. Eres otra persona, independiente y distinta. Y eso demanda mucho más de mí, sobretodo emocionalmente hablando. Tienes derecho a disentir, a querer algo diferente, a exigirme más atención y presencia. Y muchas veces no lo logro. Estar siempre en balance no es fácil. No se me da natural y, la mayoría de las veces, me agota el esfuerzo.

Sin embargo, nuestra conexión sobrevive, muta, se adapta pero se mantiene. Confieso que he temido que se rompa y que no tenga remedio. Esos días en los que el enfrentamiento reina, lo temo más que nunca. Entonces me afano y trato de sanarnos, de darte espacio, de tomar mi espacio, pero dejando pistas para que no olvides que nos tenemos a pesar de cualquier cosa, de las peleas y lo desacuerdos.

Siento que nuestro vínculo es lo más preciado que tenemos. Y he comprobado que es bien fuerte. Sin embargo, ahora tengo la certeza, de que mantenerlo vivo y saludable, depende de mi. De mi capacidad de sentir empatía, de respirar hasta 10 antes de reaccionar, de ejercitar a diario el difícil y esquivo don de la paciencia, de amarte de manera incondicional, consciente del respeto que mereces, de la niña que eres, desterrando el egoísmo que a veces siento, aprendiendo a desconectarme y recargarme de energía con tu sonrisa, descifrando la manera de sortear todos los retos que me pones, intentando una y otra vez, sin rendirme.

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29 agosto 2013

Chantaje


Estamos desayunando como cualquier día y de pronto me descubro diciéndole a mi hija que si "hace esto, le doy aquello". No es nada grave, ni importante - aparentemente -. Pero reconozco, antes de que las palabras terminen de salir de mi boca, que la estoy chantajeando. 

Me detengo de inmediato tratando de recomponer la cosa, pensando que está mal y que no quiero educar a mi niña a punta de condiciones. Trato de cambiar el discurso, pero ya está hecho. Ella accede a mi deseo y, no tengo más remedio, que darle su recompensa. La palabra "incoherencia" comienza a rondarme y a molestarme insistentemente. Me culpo primero y luego, me hago promesas. Reflexiono y concluyo lo que ya sé de antemano, que no es la manera y que no puede volver a suceder.

Sin embargo, al día siguiente me encuentro en medio de una situación parecida y solo me doy cuenta de que nuevamente "está hecho", cuando las palabras ya han salido de mi boca como si tuvieran vida propia y mi mente no tuviera poder sobre ellas. ¿Qué pasa?, ¿qué me pasa? es como si estuviera en piloto automático haciendo cosas sin pensar, cosas con las que conscientemente no estoy de acuerdo.  

Y ahí es que la consciencia comienza a molestar más que la "incoherencia". ¿Qué hago? Mi único consuelo es pensar que por lo menos mis chantajes no están pasando desapercibidos. Ya los identifico. ¡Quizás hace cuanto vienen sucediendo! Respiro... respiro y decido no torturarme con ello. Me centro... intento centrarme en que ahora los reconozco, así sea un poco tarde y no alcance a detenerlos. Los reconozco y estoy en camino de hacer algo distinto con ellos, de detenerlos a tiempo, de cambiarlos, de cambiarme. Los caminos de la crianza son un espejo inmenso y claro, en el que cuesta y duele verse reflejado.

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08 julio 2013

Modelo de mujer


Estos días he pensado mucho en el modelo de mujer que soy para mi hija. La veo crecer, y cada día que pasa es evidente que me observa con detenimiento y me imita en cosas aparentemente superficiales (como mi manera de hablar y de vestir, mi manía de decir gracias por todo y a todos), así como en cosas más de fondo (actitudes, reacciones, posturas frente a una u otra cosa). Y entonces, he comenzado a cuestionarme mucho. A pensarme más como mujer, no tanto como madre, esposa o hija. A observarme, simplemente como el ser que soy y a preguntarme por los mensajes tácitos que le trasmito, por mi amor propio y mi autoestima, por la visión que tengo de mi cuerpo y de la belleza, por el ser humano femenino que soy a diario, no racionalmente sino realmente. Tratando de verme sin juzgarme, buscando identificar, con claridad y sin excusas, mi lugar en este mundo, con el único fin de sentirme tranquila y cómoda, no para ser un modelo "perfecto" o " bueno" de mujer (no creo que eso realmente exista) sino para que a través del encuentro conmigo misma pueda llegar a estar más conectada y a ser más auténtica, más honesta y real, más humana e imperfecta. Ojalá algún día lo logre, por que se que este es el camino que me exige mi existencia y que le debo a mi hija.

Paseando por la blogósfera me topé con este post de Proyecto Alegría, que a propósito de este tema, reproducía una carta que Kasey Edwards escribió para su mamá. Me ha parecido clara, fuerte y reveladora, por eso la comparto aquí nuevamente, como una oportunidad de abrir los ojos y observarnos como seres humanos y como modelos de hombres y mujeres que somos para nuestros pequeños hijos.

“Querida mamá,
Cuando tenía 7 años descubrí que eras gorda, fea y horrible. Hasta ese momento había creído que eras preciosa – en todos los sentidos de la palabra. Me recuerdo ojeando viejos álbumes y mirando fotos tuyas sobre la cubierta de un barco. Llevabas puesto un bañador blanco sin tirantes que me parecía súper glamuroso,  parecías una estrella de cine. Cada vez que tenía oportunidad sacaba de tu último cajón ese maravilloso bañador blanco e imaginaba el día en que sería lo suficientemente mayor para llevarlo; el día en que me parecería a ti.
Pero todo eso cambió una noche en que, vestidas las dos para ir a una fiesta, me dijiste: “Mírate, tan delgada, tan guapa y tan preciosa. Y mírame a mi, gorda, fea y horrible.”
Al principio no entendía qué querías decir. “Tú no estás gorda” te dije con fervor e inocencia, “Sí, cariño, yo siempre he estado gorda, incluso cuando era niña”.
En los días que siguieron tuve algunas revelaciones dolorosas que han marcado toda mi vida. En los días que siguieron aprendí que:
1.  Efectivamente debías estar gorda porque las madres no mienten.
2.  La gordura es fea y horrible.
3.  Cuando creciera me iba a parecer a ti y por lo tanto yo también sería gorda, fea y horrible.
Años más tarde recordé esta conversación y todas las que le siguieron y te maldije por sentirte tan poco atractiva, por ser tan insegura y por considerarte tan poco valiosa. Porque, como mi primer y más importante modelo a seguir, me enseñaste a pensar lo mismo sobre mi persona.
Con cada mueca de disgusto que dedicabas a tu imagen en el espejo, con cada nueva dieta milagrosa que iba a cambiar tu vida, con cada cucharada culpable de “realmente-no-debería”, aprendía que las mujeres debían ser delgadas para ser validas y merecedoras. Las chicas tienen que privarse porque su mayor contribución al mundo es su belleza física.
Al igual que tú, he pasado mi vida sintiéndome gorda. ¿Pero cuándo se convirtió la gordura en un sentimiento? Y porque pensaba que estaba gorda, sabía que no era valida.
Pero ahora que soy más mayor y que yo también soy madre, sé que culparte por el odio que siento hacia mi cuerpo es inútil e injusto. Ahora puedo entender que tú también eres producto de un largo y nutrido linaje de mujeres a las que enseñaron a despreciarse a si mismas.
Fíjate en el ejemplo que la yaya sembró en ti. A pesar de poseer ese tipo de belleza y elegancia que solo puede considerarse como esquelética, estuvo a dieta todos y cada uno de los días de su vida hasta el día en que murió con 79 años. Solía maquillarse incluso para salir a coger las cartas del buzón por miedo a que alguien pudiera verla sin pintar.
Recuerdo su “compasiva” respuesta cuando le anunciaste que papá te había dejado por otra mujer. Su primer comentario fue “No puedo entender por qué te ha dejado. Te cuidas y te pintas los labios. Y es verdad que tienes sobrepeso, pero no tanto.”
Antes de irse, papá tampoco te proveyó de ningún bálsamo para calmar tu tormento sobre tu aspecto físico.
Jesús, Jan” le oí decirte “No es tan difícil. Energía hacia dentro contra energía hacia afuera. Si quieres perder peso solo tienes que comer menos.”
Durante la cena de esa noche te vi poner en práctica la cura para perder peso de papá. “energía hacia dentro contra energía hacia afuera: Jesús, Jan, ¡come menos!”. Habías preparado chow mein para cenar y a todos nos serviste en platos llanos, a todos excepto a ti misma. Tu ración de Chow Mein la serviste en un platillo de café.
Mientras estabas sentada delante de esa patética ración de comida te resbalaban lágrimas silenciosas por las mejillas, y yo no te dije nada. Ni siquiera cuando tus sollozos aumentaron de intensidad y hacían que te temblaran los hombros. Nosotros nos comimos nuestra cena en silencio. Nadie te consoló. Nadie te dijo déjate de ridiculeces y sírvete una ración decente en un plato decente. Nadie te dijo que ya eras amada y merecedora de ese amor. Tus logros y tu valía – como profesora de niños con necesidades especiales y como dedicada madre de 3 hijos – palidecían hasta hacerse insignificantes comparados con los centímetros de cintura que no podías perder.
Me rompió el corazón ser testigo de tu desesperación y siento no haber corrido a defenderte. Ya había aprendido que el hecho de que estuvieses gorda era culpa tuya. Había incluso oído a papá decir que perder peso era un proceso “simple” y aún así tú no parecías ser capaz de entenderlo. La lección obtenida fue que no te merecías comer más y desde luego no te merecías ninguna simpatía.
Pero estaba equivocada, mamá. Ahora entiendo lo que significa crecer en una sociedad que dice a sus mujeres que la belleza es lo más importante mientras al mismo tiempo establece unos parámetros de belleza que están permanentemente fuera de su alcance. También conozco el dolor de haber interiorizado estos mensajes.  Nos hemos convertido en nuestros propios carceleros y nos infligimos nuestros propios castigos por no estar a la altura. Nadie es más cruel con nosotras que nosotras mismas.
Pero esta locura tiene que acabar, mamá. Termina contigo, termina conmigo, y termina ahora mismo. Nos merecemos más – mucho más que un montón de días arruinados por pensamientos negativos sobre nuestros cuerpos deseando que pudiesen ser de otra manera.
Porque ya no tiene que ver solo contigo y conmigo, ahora también tiene que ver con Violet. Tu nieta solo tiene 3 años y no quiero que el odio hacia su propio cuerpo eche raíces dentro de ella y estrangule sus posibilidades de ser feliz, su confianza en si misma y su potencial. No quiero que Violet piense que su belleza es su mayor virtud; que será la que defina su valía para el mundo. Cuando Violet nos mire para aprender cómo ser mujer, tenemos que ser los mejores modelos posibles. Tenemos que enseñarle con nuestras palabras y acciones que las mujeres somos suficientemente buenas tal y como somos. Y para que nos crea, tenemos que creérnoslo nosotras.
Cuanto más mayores nos hacemos más son las personas amadas que hemos perdido debido a accidentes o enfermedades. Sus muertes son siempre una tragedia y suceden demasiado pronto. A veces pienso en lo que estos amigos  – y las personas que les amaban – no darían por poder pasar un poco más de tiempo en un cuerpo sano. Un cuerpo que les permitiría vivir un poco más. El tamaño que tendrían los muslos de ese cuerpo o las arrugas que tendría esa cara, no tendrían ninguna importancia. Sería un cuerpo vivo y por lo tanto perfecto.
Tu cuerpo también es perfecto. Te permite conquistar a una habitación entera con solo una de tus sonrisas y contagiar a todo el mundo que haya en ella con tu risa. Te permite tener brazos con los que rodear a Violet y achucharla fuerte hasta que no puede parar de reír. Cada momento que pasamos preocupándonos por nuestros “defectos” físicos estamos malgastando una preciosa rebanada de vida que no podremos recuperar.
Honremos y respetemos nuestros cuerpos por todo lo que nos permiten hacer en vez de despreciarlos por su apariencia. Concentrémonos en vivir vidas saludables y activas, dejemos que el peso caiga donde tenga que caer y consignemos al pasado, que es donde pertenece, el odio hacia nuestros cuerpos.
Cuando hace todos esos años miraba esas fotos tuyas con el bañador blanco, mis ojos inocentes aún podían ver la verdad. Yo veía amor incondicional, belleza y sabiduría. Veía a mi madre.
Te quiero
Kasey”

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06 marzo 2013

De allá para acá


Hace ya casi 20 días que Sara duerme en su cama. La verdad, ella y yo estábamos felices durmiendo juntas, pero papá ya reclamaba de vuelta su espacio. Y, como el colecho es cosa de todos los que comparten la cama, decidimos intentar que la pequeña comenzara a dormir en su cuarto. Entonces, ese día sin mayor preámbulo (y un poco en contra de mi voluntad) hable con Sara desde muy temprano. Le conté, como si fuera un cuento, que de ahora en adelante comenzaría a dormir en su cuarto, en su cama, cada noche. Ella, sin entender muy bien de que le estaba hablando - o eso pensaba yo -, me dijo "bueno, mamá". Yo durante todo el día le mencioné varias veces el tema. Y ella, simplemente repetía y asentía. Al llegar la noche, después de comida, pijama y dientes, le conté cual sería nuestra rutina de ahora en adelante: cuento, arrunche, teta y a dormir. Así que leímos tres cuentos, nos arrunchamos un rato, y con la luz tenue y un buen rato de teta, mi hija se quedo profunda en su cama. 

Yo era consciente de la noche que me esperaba. Obviamente se iba a levantar varias veces. Llevaba toda la vida durmiendo a nuestro lado, sintiéndonos cerca, al alcance de estirar su mano. Y no hubo sorpresas. La 1era noche, creo que fueron 3 o 4 despertares. Yo, que realmente estaba totalmente desvelada, me levanté todas las veces que fue necesario, me pase todo el tiempo de un cuarto al otro, de allá para acá. La consolé, la abracé, la calme y ella, simplemente al constatar que yo estaba allí, a su lado, acompañándola como siempre, se durmió nuevamente casi de inmediato. 

Desde ese día, hemos tenido noches buenísimas y otras malísimas. Algunas con un solo despertar y otras con tantos, que me cuesta bien recordar. Realmente, nunca ha llorado mucho. Hace ruidos, tal vez lloriquea, - para cuando eso sucede yo ya estoy a su lado- y casi siempre después, me llama fuerte y duro: "Mamaaá".  Yo corro como por inercia, brinco de la cama como un ringlete, y la toco, la abrazo, la consiento un rato y ella vuelve a dormir sin problema. He descubierto que los despertares muy de madrugada son por hambre. Y entonces pide teta, leche, pan y hasta helado de chocolate. A veces simplemente tiene sed y se toma de un solo el vasito completo de agua. Otras quiere a mamá. Supongo que necesita mi olor, mi calor. Y al sentir mi presencia unos cuantos segundos, sigue durmiendo como si nada hubiera pasado.

Para mí esta nueva situación también ha sido todo un proceso. Los 1eros días simplemente no podía dormir nada, de nada. Oscilaba entre el insomnio total y un sueño ligerísimo, en el cual hasta el más mínimo ruido me despertaba. Me preocupaba quedarme profunda y no oírla (cosa por demás imposible). Con el paso de los días, aunque continúo de aquí para allá, he podido comenzar a dormir mejor, he soltado la aprensión del cambio, relajándome para poder descansar. 

Y así vamos ahora, y aunque estoy cansada y con unas ojeras que van y vienen cada tercer día, la realidad es que las cosas han salido mejor de lo que esperaba. Sara parece estar bien, feliz con sus nuevas sábanas de mariposas. Yo he comenzado a cogerle el gusto otra vez a dormir a mis anchas. No niego que a veces la extraño. De hecho, casi siempre antes de amanecer, inevitablemente ella termina en mi cama o yo termino en la de ella. Pero creo que estamos del otro lado y pronto estas "malas noches", parecidas a las de recién nacida, pasarán. Por que es una nueva etapa, por que no aguanta estar de aquí para allá, para siempre. Y por que todo pasa. Y si no, simplemente lo resolveremos de otra manera. 

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05 noviembre 2012

Criar no es competir

                                          Source: etsy.com via A on Pinterest


Me sorprende mucho como la crianza de los niños se ha convertido en una competencia para muchos padres. Escucho con demasiada frecuencia una suerte de detalles de lo que hacen o dejan de hacer los pequeños, no con ánimo de compartir sin expectativas, sino más bien con intenciones directas de comparar  para que los demás se enteren que "mi hijo" lo hizo primero, o que "mi hijo" sabe más, o que "mi hijo" es mejor. 

Y tengo que reconocer que toda esta carrera me saca un poco de quicio. No solo porque me parece odioso comparar, sino porque desconoce totalmente los tiempos y ciclos de los pequeños, los estandariza y les niega la posibilidad de crecer a su ritmo, como corresponde. 

Es cierto que cada avance y logro de nuestros pequeños nos llena de orgullo. Sin embargo, debería primar su bienestar y felicidad por encima de nuestra expectativas como adultos. Lamentablemente pasa todo lo contrario y me entristece ver a madres y padres preocupadas por que el bebé con tanto meses aún no gatea, o porque ya tiene un año y no controla esfínteres o porque no hace o hace, lo que se supone no debería hacer a cierta edad. Una vez más confirmo que este mundo esta al revés. Nuestra preocupaciones como padres deberían estar en otro nivel abarcando el bienestar físico y emocional de nuestros pequeños, esforzándonos por conectarnos con el ellos, por conocerlos y comprenderlos. Por fortalecer el vínculo, por acompañarlos a crecer, a descubrir que le gusta, y que los hace realmente feliz. 

No digo que no estemos atentos al desarrollo normal de nuestros pequeños, a revisar y verificar que estén dentro de lo debido. No. Solo pienso que no debemos montarlos en una carrera que no les corresponde, forzándolos a hacer y a ser lo que no son, solo para poder sacar pecho y mostrarlos como trofeos. Por que criar no es forzar, obligar y competir. Criar es amar, comprender, consolar, ayudar, ponerse en los zapatos de ese pequeñito, con consciencia y con respeto. Criar es acompañar, enseñar, guiar, sin condiciones y presiones. Respetarlos y aprender a leer sus tiempos y sus necesidades, y a identificar que les conviene y en que momento. Es construir una relación padre/madre e hijo, con tiempo, con dedicación y entereza. Criar no es una competencia de quien es el mejor padre/madre, por que su hijo habló primero o por que con 2 años se sabe las tablas de multiplicar. Criar es una tarea dura pero gratificante, cuyo principal objetivo debería ser formar niños saludables, libres y felices. Que triste ver como muchos padres desconocen este objetivo y se sumergen en una competencia ilógica, inútil y estéril que nos hace tanto daño a todos. 

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30 octubre 2012

10 cosas que debes saber antes de ser mamá


  1. El embarazo no es una enfermedad, es un estado maravilloso, mágico, que te conecta como nunca con la magia de la vida, la perfección de tu cuerpo femenino y la capacidad de amar sin medida.
  2. Disfruta cada segundo, gózate este aventura. El tiempo pasa muy rápido, y más aún cuando somos mamás. A veces trato de recordar como se sentía tener la panza gigante y me lleno de nostalgia. Tuve la fortuna de disfrutar de mi embarazo, de deleitarme mientras mi cuerpo cambiaba y mi barriga crecía. Eso me permitió conectarme con mi instinto y con mi bebé desde los 1eros momentos. Así, que sin importar tus circunstancias personales recuerda que este es un momento especial, que es hora de detenerse y de contemplar como la vida se abre paso a través de ti.
  3. Empodérate. Lee mucho, infórmate, aprende, conoce de todo lo que creas necesario: gestación, parto, lactancia, crianza, familia, tribu, cambios físicos y emocionales. El conocimiento es nuestra principal fuente de poder, tranquilidad y confianza.
  4. Concéntrate en lo realmente importante. Y lo más importante no es el cuarto del bebé, ni la ropa, ni el montón de artilugios innecesarios que la industria nos vende como imprescindibles. No, lo importante es el vínculo, la relación que vas a construir con tu pequeño desde el vientre a través del amor, la consciencia, el contacto y el tiempo que disfruten juntos. 
  5. El bebé necesita a su mamá, la mamá necesita a su bebé. Nada más cierto y verdadero. Los bebés nacen indefensos y necesitan de la cercanía y el contacto permanente de su mamá o en su defecto, de su cuidador permanente. Y eso solo se construye sumergiéndose en un tiempo sin tiempo, lleno de piel, de leche materna, de contacto, amor y proximidad. Así que mi recomendación es que desde el 1er segundo trates de estar el mayor tiempo posible con tu bebé. Hazte a un buen portabebé, llévalo contigo, esfuérzate por sacar adelante la lactancia materna, tomate el tiempo que necesites para conocerlo y para que él te conozca.  
  6. Busca una tribu. Cada día me convenzo más de esta realidad: las madres necesitamos apoyo y soporte, principalmente durante estos 2 primeros años de crianza.  Así que habla con tu pareja si la tienes, asegúrate de que entiende el tipo de apoyo que vas a necesitar, lleguen a acuerdos que te permitan dedicar tu tiempo y energía al bebé, lo máximo posible. Contacta otras madres como tú, asiste a grupos de crianza y lactancia. Si no te es posible, igual únete a nuestra tribu virtual. Aquí en internet somos muchas y todas estamos dispuestas a compartir y apoyarte.
  7. No todo va a ser color de rosa. Estamos acostumbrados a la imagen de la maternidad que vemos en las revistas y la televisión. Una maternidad poco realista con madres de imagen perfecta, siempre felices, con niños sonrientes, poco demandantes, que duermen toda la noche y nunca lloran. Pues es hora de que te enteres que la realidad dista mucho de ese imaginario edulcorado, traído de los cuentos de hadas. No quiero decir con esto que la felicidad no será inmensa e increíble, no. Pero lo cierto es que este es un periodo difícil, lleno de cambios, que nos exigen y nos retan, y para lo cual necesitamos tiempo y espacio de entendimiento y asimilación.
  8. Confía, confía, confía. Tu cuerpo es perfecto, así que confía en sus capacidades y en tu instinto materno. Somos capaces de concebir y de tener a nuestros hijos de manera natural y placentera. También somos capaces de amamantarlos, y de criarlos con amor, consciencia y respeto. Por eso, lo único que necesitas es confiar en ti, en tu poder y en tu naturaleza femenina. La confianza hará realidad la magia.
  9. Todo el mundo va a opinar, pero la unica opinión que importa es la tuya y la de tu pareja. No creo que haya mucho más que agregar. No hace falta ser grosero ni tajante cuando recibimos consejos no pedidos a diestra y siniestra. La mejor opción es escuchar, tomar lo que te sirva y dejar de lado lo demás. Es tu hijo, tu familia y son tus decisiones. Solo tuyas, de nadie más.
  10. Lo más importante es el amor, el tiempo y la conciencia. No somos madres perfectas y la verdad es que, por fortuna, nunca lo seremos. A través de estos dos años larguitos de ser mamá me he dado cuenta que la perfección no es lo importante. Nuestros hijos no necesitan madres ideales sino madres (y, por supuesto, padres también) amorosas, respetuosas y conscientes. Comprometidas con ellos y llenas de ganas de dar lo mejor, de aprender cada día de sus errores, de crecer de la mano con sus hijos.
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29 agosto 2012

Cantidad y calidad

Después de ver este video de Leslie no he podido dejar de pensar en lo cierto y contundente de sus palabras, y en lo anesteciados que estamos todos, la sociedad en general, frente a algo tan importante y evidente: nuestros hijos nos necesitan y nosotros los necesitamos a ellos. Y esta necesidad primaria y primordial de presencia y compañía es muy difícil de satisfacer, actualmente por la mayoría de los padres, de manera efectiva y real, por que no tenemos tiempo. La mayoría de los padres y madres, estamos 10 o más horas del día en la oficina, mientras nuestra vida pasa y nuestros hijos crecen sin nosotros.


Aquí es cuando nace el tema de "calidad vs cantidad" en un intento de disculparnos, de no sentirnos tan mal, de pensar que así es la vida y que no hay nada que hacer al respecto, que todos hemos crecido así, con los papás trabajando y que aquí estamos, aparentemente bien. Y entonces, sin mucho esfuerzo, mi memoria me juega una mala pasada y casi sin advertirlo, recuerdo un vacío, un sentimiento de "falta", tardes enteras con la empleada, unas ganas inmensas de estar más tiempo con mi papas, un "rencor" por todo aquello que me los robaba... un rencor principalmente por que sentir que dedicaban más tiempo a trabajar que a estar conmigo. Y eso no quiere decir que no me sintiera amada, simplemente necesitaba más tiempo para ser y estar con ellos, con su atención, con su presencia. 

No quiero que Sara tenga esos recuerdos. No quiero anestesiarme frente a mi deseo y mis ganas de estar más tiempo con ella, presente, día a día, todos los días. No quiero aceptar y olvidar que lo que me hace sentir más plena y feliz es ser su mamá, compartir con ella cada minuto del día, maravillándome con sus ocurrencias, acompañándola, velando su sueño y su fiebre, estando a su lado, observando de cerca como crece y aprende. Quiero tener tiempo para ser una mamá presente de manera permanente, con calidad y cantidad, con tiempo para ella y para mi, para volver al gimnasio, para escribir, para aprender italiano y perfeccionar el inglés, para terminar mi libro, para trabajar también, claro que si, pero sin que el trabajo se convierta en lo único en mi vida. 

Por eso estoy decidida a hacer algo, a cambiar esta realidad, este sentimiento de que no hay más que vida para trabajar. Estoy decidida y con las manos y la mente en la obra, para que las cosas,  más pronto que tarde, funcionen de otra manera.


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17 agosto 2012

Hacer el bien no alcanza

                                          Source: oprah.com via Gennia on Pinterest

Flor, tu comentario en mi anterior entrada me ha hecho pensar y mucho. Lo he leído una y otra vez, y cada vez que lo leo, me hace más sentido. Quiero decirte que tienes razón. Y aunque es necesario aclarar que no soy tan cercana a mi amiga de la historia, creo que ese hecho no es razón suficiente para guardar silencio. Como dices en tu comentario, es hora de comenzar a meternos, de decir, con respeto pero en voz alta, lo que creemos con relación a la crianza de los niños, por ellos y por nosotros. 

He tratado de identificar porque me quede en silencio. Por que sentí miedo de decir lo que debía decir. Y comencé a recordar otros episodios en los que he actuado de manera parecida. Momentos en los que Sara me pide teta frente algunos amigos y siento pena; conversaciones en las que evito el tema del colecho porque me da "jartera"; momentos en los que calló cuando alguien, con la mejor intención, habla de lo "manipuladores" que son los niños, incluida mi hija. 

Y después de pensar y buscar en mi cabeza y corazón, he llegado a la conclusión de que, tal vez, de alguna manera, soy una madre con "doble" personalidad. Tal vez soy una mientras escribo en este blog y estoy en la intimidad de mi casa, y otra, no tan pública y arrojada, cuando estoy en otros espacios diferentes. O tal vez es que se me había olvidado que a veces me cuesta decir lo que pienso por miedo a generar conflicto o a sentirme juzgada; o que desde pequeña e odiado ser la niña diferente y aún, inconscientemente, me cuesta entender que todos lo somos, de una u otra manera, y que no hay nada de reprochable en ello. 

Lo cierto es que este episodio y tus palabras no sólo me han calado hondo, sino que también me han hecho caer en cuenta que tenemos que comprometernos mucho más, como tu dices, y visibilizarnos. Tenemos que abrir la boca y hablar de la crianza de nuestros hijos, siempre que haya oportunidad, en todos los espacios, respetuosamente pero también alto y fuerte, para lograr el mayor alcance posible, para que lo bueno que hacemos tenga un eco más allá de las 4 paredes de nuestro hogar. Nuestra responsabilidad va más allá de las fronteras de nuestra casa. Como bien dices, "hacer el bien no alcanza, hay que impedir que se haga el mal". No es una opción, tenemos que hacerlo. Me comprometo a hacerlo.

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06 agosto 2012

Sueño, espero, alucino, confío

Sueño con una época en la que pueda estar con mi hija la mayor parte del día, mucho más tiempo, una gran tajada de los momentos de mi vida. Donde los demás comprendan que realmente me siento realizada siendo sólo mamá, y que aunque amo mi trabajo podría prescindir de él sin reparo. Que mi realización personal está en cosas más simples, realmente sencillas, que me llenan el alma y el corazón de vida.


Sueño con un tiempo en el que los parques estén llenos de madres y padres con sus hijos. En que las vacaciones de los pequeños sean un tiempo para disfrutar y explorar en familia. En el que el llanto de un pequeño toque las fibras de la sociedad como toca las mías.

Espero un tiempo en el que todos sonrían cuando me vean dando teta; sin importar las edad del pequeño, ni el lugar, ni el momento. Y que este acto de dar de mamar a mi bebé no sea algo privado y escondido, que sonroja a los demás y que nos hace sentir tímidas y ocultas.

Alucino con criar en tribu, en manada, rodeada, apoyada. Con espacios llenos de comprensión y oxitocina, viéndome de frente con mis pares, consolándoles y consolándome en ellos. Con padres conectados con sus pequeños, dispuestos a criar a la par con nosotras, apoyándonos, respetando nuestros transes, nuestros tiempos, nuestro puerperio, las introspecciones y complejidades del alma femenina, del alma materna.

Espero ver a mi hija siendo mujer libre, madre instintiva, conectada con su alma femenina, empoderada desde su escencia, clara, serena, sabia, bella; sabiendo ser la madre que sus entrañas le dictan, al ritmo de su corazón y de su naturaleza. Con una familia extensa. Con sus objetivos claros, con una mente amplia, fuerte pero al mismo tiempo tierna.

Confío en que llegará el momento en que la maternidad y la infancia recuperen el lugar privilegiado que merecen. Y que la gente entienda que el sentir de una madre no es despreciable, que está lleno de un valor profundo y ancestral, que nos hace felices a todos y que garantiza los cimientos de una sociedad amorosa y en paz.


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24 mayo 2012

Sin prisa



Me encanta ver crecer a Sara. Disfruto ver sus fotos de cuando era una bebé y compararlas con las que tengo ahora que está a punto de ser una niña. Ayer precisamente miraba algunas de ellas. Fotos de cuando tenía solo 4 meses. La recordaba pequeña, hermosa, con una sonrisa enorme, con unos cachetes gigantes, sin un pelo en la cabeza y llena de rollitos por todas partes. 

La miro, ahora dormida aquí a mi lado, y me parece mentira que este tan grande. Repito: me encanta ver como está creciendo. Y tengo que reconocer que, aunque cada uno de sus avances me llena de felicidad y orgullo, no tengo ninguna prisa de que crezca y deje de ser mi pequeña. Tal vez por que tengo la certeza de que cada uno de los momentos de este tiempo que estamos viviendo a su lado, no se repetirá jamas. Entonces he decidido disfrutarlo todo, sin apresurar nada de nada. 

Así se me han pasado estos, casi, dos años. Y a medida que avanza el tiempo, confirmo mi teoría de vivirla, a medida que crece, sin ninguna urgencia ni prisa. Disfrutando las cosas buenas, las buenísimas y las que, a ojos de los demás, no lo son tanto. Viviendo el día a día, el presente, las trasnochadas, los cambios de pañal, los berrinches (que ya están llegando), los balbueceos, las palabras, las frases, su carácter, su energía, su voluntad.

Lo repito otra vez: no me interesa que Sara crezca. O mejor dicho, no me interesa que crezca más rápido de lo que tenga que crecer, cumpliendo expectativas ajenas sobre lo que tiene o no que hacer a su edad. Por eso, no me preocupa mucho si se supone que debe hablar ya o si, según algunos, le llegó la hora de dejar el pañal. Mi único interés es dejarla que avance a su ritmo, que descubra el mundo como ella quiera. Que madure y supere las etapas a su debido tiempo, sin presiones ni expectativas sobre dimensionadas. Mi único fin es ser su mamá y que ella sea mi hija, hoy y ahora. Mañana...mañana será otro día.

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