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12 marzo 2014

Días oscuros



Llevo varios días en silencio. Varios días en el que las palabras se apilan en mi mente para quedarse allí enterradas, en la oscuridad profunda de mi alma, huyéndole a esta página en blanco. 

Estos han sido días difíciles, días oscuros, días sin palabras. Mi abuela murió hace dos días. Y con su muerte mi pesadilla recurrente de niña se hizo realidad. Mi mayor miedo de la infancia cobro vida de repente, ante mi mirada asustada e impotente. La mujer que me cuidó, que me acunó en su regazo, que me consintió, que me hizo sentir especial e inmensamente querida, que me enseñó a entregar sin esperar nada a cambio, que fue mi mamá cuando mi mamá no estuvo, se ha ido. Y yo estoy aquí, ahora, en este mundo, sin ella. Mi familia está ahora sin ella y todo se hace difícil. 

He sentido tanto en estos días que quizá, lo natural sería que tuviera mucho que decir. Pero la verdad es que no hay nada más difícil que darle cuerpo a los sentimientos a través de la palabras. Tal vez por que los sentimientos son un abstracto, un cúmulo de acontecimientos internos, particulares, personales, y las palabras son limitadas en este terreno. Simplemente, para mi, en estos momentos, se quedan cortas. Nada de lo que pueda escribir le hará justicia a lo que siento. 

Así que en este momento las palabras no existen. Solo hay vacío, y tristeza, y amor, y agradecimiento por haberla tenido cuando más lo necesitaba, por que hubiera podido conocer a Sara, por saberme amada por ella, por amarla sin medida y tenerla metida en mi alma y en mi corazón.

Te amo abuelita Carmen. Te amo ahora y para siempre. 


PD: Estos son los resultados del sorteo. Felicidades Beatriz. Pronto me pondré en comunicación contigo. :)



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04 mayo 2013

Fluir


Intento fluir y parece que mientras más lo intento, más difícil resulta. La verdad es que no se como sincronizar mi ritmo con el ritmo de mi hija. Ella va a una velocidad distinta, con unas energías enormes. Yo ya no tengo 15 y la mayoría del tiempo libre quiero estar con ella pero en un plan más pausado que, por supuesto, no le llama para nada la atención. Resultado: no fluímos. Más bien vamos transitando el mismo camino pero a destiempo, tropezando, asincrónicas, con enfoques encontrados. 

No sé que pasó, o más bien si: Sara creció y ya no es la misma niña tranquila, fácil de complacer y entretener. Y es que hasta hace tan poco no era así. Hace nada estábamos sumergidas en una época de perfecta sintonía. De conexión completa. De oxitocina fluyendo libremente por nuestro sistema, de éxtasis pleno, de tiempo sin tiempo..... añoró esa época... creo que ambas la añoramos. 

Pero el tiempo ha pasado y ahora las cosas son radicalmente diferentes. Ella ha crecido y cambiado tanto, que creo que no lo he podido asimilar realmente. Adoro su personalidad, su carácter, su voz, sus discurso, su lenguaje, su energía. Pero tengo que decir que al mismo tiempo también lo detesto un poco, por que todo eso que me emboba, que la hace única y adorable, nos lleva también directo al conflicto. Y todo se junta: el cansancio, la frustración, el desespero, "su deseo" versus "mi deseo". Una bomba atómica. Y así, nuestro mundo no fluye para nada.

Y estamos agotadas. Realmente agotadas de tratar de convencernos mutuamente, necesitadas del equilibrio restaurado, muertas de ganas de volver a hablar el mismo idioma, de disfrutar juntas con el mismo nivel de energía, con las mismas fuerzas y ganas, de volver a fluir como antes, de reencontrarnos.  

Y me pregunto de donde puedo sacar energías y paciencia o sino es, simplemente, un tema de entrega, de recibir y de dejar de luchar. De entender que no todo va a ser como ha sido hasta ahora, de recibir el cambio, de aceptar y amar el presente, de vivir la incomodidad con comprensión infinita, de entregar la batuta y confiar. 

Me pregunto mucho y espero encontrar pronto una buena respuesta.



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12 marzo 2013

Esta semana


Ésta está siendo una semana agotadora. No solo por las mil cosas que tengo que hacer sino más bien porque nuestro descanso esta siendo mínimo: Sara tiene gripa y esos supone pocas, poquísimas horas de sueño. Y yo, la verdad, no se vivir sin, mínimo, 6 horas de sueño profundo. Así que voy como zombie, irritable, cansada. A las 4 de la tarde soy un ente y solo puedo pensar en la cama. Pero llego a casa y quiero hacer lo habitual: jugar con Sara, besarla, dormirla, leer, trabajar en mis temas, chequear las redes...cosas que puedo realizar sin problema cuando no hay trasnocho de por medio...cosas que me roban preciosos minutos para recuperar el sueño atrasado de estos últimos días.

Y esta situación me recuerda un poco los 1eros meses de ser mamá. Esas levantadas tortuosas a las 3 de la mañana, cambiando pañal, dando teta y meciendo a Sara, muchas veces como por inercia. La diferencia de aquella época a hoy era que si no dormía de noche, lo hacía de día, a cualquier hora, en cualquier momento. Por fortuna desarrolle la capacidad de profundizarme en 5 segundos y dormir a penas tenía oportunidad, sin importar el lugar y la hora. Hoy la historia es bastante distinta. Y aun así estoy aquí, con la pequeña pegada a la teta, roncando de la congestión nasal, contándoles de lo cansada que estoy en lugar de irme a dormir. Con una mínima chispa de energía a punto de extingirse, tratando de dar más, por que sí, por que así soy yo.

Entonces confío y espero que la gripa pase, y que con los días, de a poco, el cansancio se vaya. Y esta semana agotadora quede como una nueva anécdota en la memoria, un recuerdo de donde echar mano. Un entrenamiento  más para todas las semanas agotadoras que me hacen falta.


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06 marzo 2013

De allá para acá


Hace ya casi 20 días que Sara duerme en su cama. La verdad, ella y yo estábamos felices durmiendo juntas, pero papá ya reclamaba de vuelta su espacio. Y, como el colecho es cosa de todos los que comparten la cama, decidimos intentar que la pequeña comenzara a dormir en su cuarto. Entonces, ese día sin mayor preámbulo (y un poco en contra de mi voluntad) hable con Sara desde muy temprano. Le conté, como si fuera un cuento, que de ahora en adelante comenzaría a dormir en su cuarto, en su cama, cada noche. Ella, sin entender muy bien de que le estaba hablando - o eso pensaba yo -, me dijo "bueno, mamá". Yo durante todo el día le mencioné varias veces el tema. Y ella, simplemente repetía y asentía. Al llegar la noche, después de comida, pijama y dientes, le conté cual sería nuestra rutina de ahora en adelante: cuento, arrunche, teta y a dormir. Así que leímos tres cuentos, nos arrunchamos un rato, y con la luz tenue y un buen rato de teta, mi hija se quedo profunda en su cama. 

Yo era consciente de la noche que me esperaba. Obviamente se iba a levantar varias veces. Llevaba toda la vida durmiendo a nuestro lado, sintiéndonos cerca, al alcance de estirar su mano. Y no hubo sorpresas. La 1era noche, creo que fueron 3 o 4 despertares. Yo, que realmente estaba totalmente desvelada, me levanté todas las veces que fue necesario, me pase todo el tiempo de un cuarto al otro, de allá para acá. La consolé, la abracé, la calme y ella, simplemente al constatar que yo estaba allí, a su lado, acompañándola como siempre, se durmió nuevamente casi de inmediato. 

Desde ese día, hemos tenido noches buenísimas y otras malísimas. Algunas con un solo despertar y otras con tantos, que me cuesta bien recordar. Realmente, nunca ha llorado mucho. Hace ruidos, tal vez lloriquea, - para cuando eso sucede yo ya estoy a su lado- y casi siempre después, me llama fuerte y duro: "Mamaaá".  Yo corro como por inercia, brinco de la cama como un ringlete, y la toco, la abrazo, la consiento un rato y ella vuelve a dormir sin problema. He descubierto que los despertares muy de madrugada son por hambre. Y entonces pide teta, leche, pan y hasta helado de chocolate. A veces simplemente tiene sed y se toma de un solo el vasito completo de agua. Otras quiere a mamá. Supongo que necesita mi olor, mi calor. Y al sentir mi presencia unos cuantos segundos, sigue durmiendo como si nada hubiera pasado.

Para mí esta nueva situación también ha sido todo un proceso. Los 1eros días simplemente no podía dormir nada, de nada. Oscilaba entre el insomnio total y un sueño ligerísimo, en el cual hasta el más mínimo ruido me despertaba. Me preocupaba quedarme profunda y no oírla (cosa por demás imposible). Con el paso de los días, aunque continúo de aquí para allá, he podido comenzar a dormir mejor, he soltado la aprensión del cambio, relajándome para poder descansar. 

Y así vamos ahora, y aunque estoy cansada y con unas ojeras que van y vienen cada tercer día, la realidad es que las cosas han salido mejor de lo que esperaba. Sara parece estar bien, feliz con sus nuevas sábanas de mariposas. Yo he comenzado a cogerle el gusto otra vez a dormir a mis anchas. No niego que a veces la extraño. De hecho, casi siempre antes de amanecer, inevitablemente ella termina en mi cama o yo termino en la de ella. Pero creo que estamos del otro lado y pronto estas "malas noches", parecidas a las de recién nacida, pasarán. Por que es una nueva etapa, por que no aguanta estar de aquí para allá, para siempre. Y por que todo pasa. Y si no, simplemente lo resolveremos de otra manera. 

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30 diciembre 2012

La presión

La presión me está enloqueciendo. Por mucho que trato de ignorarla, ella parece ser más fuerte que yo y, sinceramente, ya no la soporto. Me persigue día y noche, sin darme 5 minutos de tregua. Y yo la esquivo sin suerte, tropezándomela de frente, en forma de "y, ¿cuándo la van a educar para que vaya al baño?", "¿y hasta cuándo la teta?", "¿ y, aún duerme con ustedes?", y me cuesta sonreír, ignorar, explicar, justificar lo injustificable, entender. 


Tal vez "entender" es lo que más difícil se me hace. Por que no me cabe en la cabeza este afán que le cae al mundo entero porque los niños crezcan a destiempo, por someterlos a la voluntad egoísta de los adultos, convencidos de que es lo mejor para ellos, sin cuestionarse, sin tratar de empatizar, sin la más mínima gana de dejarlos ser, considerando sus tiempos, dejando que se descubran así mismos, tratando de  meterlos en un molde sin pensar ni sopesar sus verdaderos y validos deseos y necesidades infantiles. Pensando desde la visión de los adultos, con más afán por disciplinar y regañar, que por compartir y dar amor. El amor visto como debilidad. La naturaleza infantil vista como un estorbo.

Y ahí comienza a cabalgar la presión sobre los padres, o por lo menos, sobre mí. La diferencia me pone un punto rojo en la frente cual tiro al blanco y si, como negarlo, me siento atacada, señalada, sin importar si cada comentario, frase, palabra o silencio, tiene otra intención. Y tengo que oír cada cosa, que a veces me provoca coger a mi hija y salir corriendo sin dar la más mínima explicación. La mayoría del tiempo lo manejo o lo evito, pero me incomoda. Y me molesta dejarme incomodar. Me irrita sentirme cuestionada como madre. No hay nada que me afecte más, sin importar lo convencida que estoy de la crianza que intento llevar. 

La situación entera me entristece, por cómo me hace sentir y por los niños en general, la gran mayoría criados sin mirada, sin empatía, sin ser considerados como lo que son, desde lo que realmente necesitan. Y no se me hace extraño que la mayoría siga la corriente, y crié con imposiciones y violencia, que eduque como fue criando, perpetuando los mismos comportamientos, convencidos de estar haciendo lo correcto. Por que cuesta mucho seguir otros caminos, cuestionarse y enfrentar los propios demonios. Cuesta lidiar con la presión, que viene de todas partes, en todo momento y de quién uno menos se imagina. Cuesta.. si que cuesta...pero a pesar de estos sentimiento, sé que vale toda la pena. 

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22 octubre 2012

Por eso


En este instante vuelve a llover.
Acá, está lloviendo a diario y mientras, no me queda más que ver caer agua. No odio la lluvia ni mucho menos, pero definitivamente no son mi elemento. Para mi el frío y los aguaceros lo complican todo: me cambian el genio, me estresan, me hacen ver las cosas más grades y graves de lo que realmente son. 
Y eso es lo que creo que me pasa en este preciso instante. 
Por eso el silencio. 
Por eso el cansancio. 
Por eso las ganas de escapar y dejar todo botado. 
Por eso, esta sensación de dolor de estómago permanente, de nervios, de inseguridad, de desazón que se traga por completo mi energía. 
Por eso.. se en el fondo que no es solo por eso. 

Y en medio de mi "mood" que ni yo misma me aguanto me tropiezo esto en el Blog de Abrazarte

"Cuando no estamos bien, no es fácil actuar bien. Tanto niños como adultos necesitamos primero calmar nuestras emociones y luego sí, buscar soluciones.Como sabemos, el ejemplo enseña más que las palabras, así que construyamos juntos una lista de lo que podríamos hacer como educadores para retirarnos y sentirnos mejor (no siempre nos podemos retirar físicamente, en estos casos podemos retirarnos del problema con distractores).
Es importante que antes de retirarte en un momento de estrés, les informes a tus hijos qué harás y por qué, así sabrán que no es personal, ni es abandono y que tú eres quien necesita volver a retomar el control de tus emociones."
Y siento que no puede llegar en mejor momento.  :)
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17 mayo 2012

También me pasa

No sé a ustedes pero a mi también me pasa que después de un día agitado, lleno de mil cosas y mucho trabajo, no puedo desconectarme al llegar a casa, para simplemente estar. Me pasa que los días transcurren demasiado rápido y, en un abrir y cerrar de ojos, se me escapan, casi sin haberlos disfrutado. Me pasa que no tengo tiempo para muchas cosas, y me canso y me agoto y pierdo la paciencia. Y sueño cosas extrañas y, a pesar de haber dormido, me levanto cansada.

También me pasa que soporto poco y espero mucho. Y añoro poner la mente en blanco y no pensar en nada. Y me descubro un tanto molesta, perdida, pensando en el pasado, ignorando sin querer el presente. Deseando realidades irreales, desperdiciando las energías en utopías. Y entonces, trato de concentrarme y centrarme, dándole el valor justo a las cosas y a las situaciones. Porque sé con certeza que nada es tan grave, que todo pasa, que cuando el horizonte se ve negro, realmente no lo es tanto, es solo el efecto distorsionado del cansancio, el desespero, la impaciencia.

Y de repente el mundo se ilumina. La risa desenfrenada de Sara aclara la bruma. El tiempo se detiene y la mente parece por fin encontrarse nuevamente, viendo claramente lo que vale la pena, lo que le da sentido a todo, viendo una pequeña niña correr, llorar, reír, hablar, descubrir el mundo. Un abrazo de mi esposo me conforta. Y ahora el sol brilla y el resto de universo pierde importancia. Y el mundo se detiene nuevamente. Por un momento ya no gira. Y sé que soy afortunada. De repente, tengo la certeza de mi fortuna, por que sé que a pesar del cansancio y de la falta de tiempo, y de los aparentes problemas, vivo una vida maravillosa, llena de personas valiosas, de momentos perfectos, de sonrisas eternas. 

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19 marzo 2012

Mi carta

Querida hija mía,
te escribo por que desde que no estamos todo el día juntas, tengo mil cosas atoradas que no he podido decirte. Los días transcurren y, ahora nuestro tiempo es corto, y yo no te he dicho todo lo que estoy sintiendo. No lo he hecho porque no haya querido, sino por que llego cansada, y la memoria se aprovecha de mi y me juega una mala jugada, o por que no me salen las palabras, solo las lágrimas, o porque no quiero pensar en ello, o por cualquier otra excusa que ahora no recuerdo. En estos momentos, trato de vivir un día a la vez, sin pensar mucho en el mañana. Y así han transcurrido estos primeros 15 días, con momentos ideales y momentos fatales, con vacíos permanentes en el estómago y con sobresaltos de felicidad en el corazón. Para mi, todo ha sido como ir en una montaña rusa: un sube y baja de emociones e incertidumbres, que me toman por sorpresa y que apenas estoy descubriendo y aprendiendo a controlar. 

Quiero que sepas que te quiero. O mejor dicho, que te sigo queriendo más que siempre. Que ahora que comencé a trabajar, me he dado cuenta de la dimensión de nuestro vínculo y de lo poderoso de nuestro amor. Imagino, que tu sentirás que las cosas han cambiado mucho. Tal vez, pensarás, que tu mamá ha cambiado demasiado. Y, aunque la realidad es que ya no estamos pegaditas todo el día, la verdad es, mi pequeña, que sigo siendo la misma que conoces de toda la vida. La misma que piensa en ti todo el día. La misma que te ama sin dimensión y con locura. Y así no esté físicamente 24 horas al día, no te he olvidado, ni mucho menos abandonado. Necesito que sepas que mi corazón y mi bendición te acompaña permanentemente. No pienses que no me acuerdo de ti. Lo hago cada segundo, desde que salgo de casa hasta que regreso. No pienses que tu madre te ha relegado. Sigues siendo y siempre serás, la prioridad en mi vida. No creas que he cambiado. Lo que pasa es que nuestra vida ahora es distinta. Esta es tan solo una de las muchas etapas que nos tocará vivir como madre e hija, y mientras nos acoplamos al cambio, las dos, tu y yo, vamos a pasar por una periodo extraño, agridulce, lleno de sentimientos nuevos, de tristes despedidas y emocionantes encuentros.

Por fortuna el tiempo pasa y las cosas se decantan. Solo quiero que mientras eso sucede estés tranquila y segura de que tu mamá no ha dejado de amarte. Que sepas, que pase lo que pase, algo como eso nunca ocurrirá. Todo los cambios parecen terribles al principio, pero luego entendemos el verdadero sentido que tiene lo que nos está sucediendo. Espero que eso pase pronto. Pero por ahora, en el entretiempo, solo quiero recordarte con esta carta, con cada abrazo y con cada beso, que te quiero y te necesito, ahora más que nunca.

Tu mamá que ta ama profundamente.

PD: gracias a Chris Guillebeau por si post There´s a letter you need to write . Ésta es la carta que necesitaba escribir hace días. No solo para sacar lo que llevo dentro sino también para que Sara, en un futuro, cuando la lea, entienda mejor a su mamá y tenga una prueba más del amor que siento por ella.  Como dice Chris "Si amas a alguien, debes decírselo. No esperes. Elije siempre el amor y trata de vivir una vida sin remordimientos". 


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19 diciembre 2011

Viejos Conocidos

No sé que me pasa con esta época del año que la sensibilidad y la "bobada" llorona se me alborota. No se que se remueve dentro de mi, que el nudo en la garganta y la dificultad de respirar se disparan igual cuando escucho "All I want for Christmas is you", que cuando suena en la tv la canción de navidad de Dora La Exploradora. Esta mañana, mientras tendía la cama, pensaba y me preguntaba, qué será lo que estás fechas revive en mi inconsciente que me pongo tan sensible y me siento tan vulnerable. Todos los años es lo mismo. Llega diciembre y, casi de inmediato, me enfrento a una avalancha de nostalgia, acompañada de una tristeza extraña y abrumadora pero perfectamente conocida.

Luces de navidadLa navidad y el año nuevo siempre fueron fechas extrañas para mi. Mi mamá, que no es católica ni cristiana tradicional, nunca celebró estas festividades. Es decir, en mi casa nunco hubo árbol, ni pesebre, ni adornos de papa Noel. Mis hermanos y yo, nunca escribimos cartas al niños Dios, ni recibimos regalos al amanecer del 25 de diciembre. Sin embargo, conocimos y vivimos de cerca el espíritu de la navidad por que apenas salíamos de vacaciones, viajábamos casi al instante a visitar a mi abuela y a mis primos, y allá, el 24 y el 31 de diciembre, siempre se han festejado en grande. Así fue como cantamos villancicos y rezamos novenas, haciendo coreografías como show central de cada celebración, dando el feliz año en medio de pitos y fanfarrias. La pasábamos felices, pero para mi, siempre se sintió extraño. Es decir, era como si me faltara algo o le temiera a algo. Como si tantos momentos de felicidad y euforia fueran un presagio de que la decepción y la tristeza nos estaban esperando a la vuelta de la esquina. O como si, de repente, esos momentos tan esperados, revivieran dentro de mi un sentimiento de perdida vivido cuando era más niña, tal vez cuando era bebé. Y así, con un montón de sensaciones contradictorias que aún me cuesta enunciar, lloraba desconsolada cada 31 de diciembre mientras mi abuela me besaba y me bendecía, llena de felicidad pero también de una inmensa sensación de desamparo. Era como un transe que no podía controlar ni evitar, por mucho que me esforzará. Como un tipo de exorcismo personal e íntimo, que se repetía año tras año. Como si me enfrentara a una suerte de demonios internos que me recordaban un miedo inmenso a perder a los que más quiero.

Con el pasar de los años y el recorrer del tiempo, aprendí a controlarme mucho mejor. Ahora, puedo contener las lagrimas que sin motivo aparente quieren brotar desesperadamente, apenas suenan los pitos y comienzan a repartirse los besos y los abrazos. Sin embargo, aunque las lagrimas se escondan, los sentimientos y la nostalgia aún revolotean en mi alma y en mi corazón. Y, ahora, después de mucho tiempo, tal vez por la luz y la sabiduría que me ha dado la maternidad, intento enfrentarme a estos "viejos conocidos" de otra manera. Creo sentirme capaz de entenderlos y de mirarlos de frente. Los reconozco, y quiero escudriñarlos para tratar de resolver ese sinsabor interno que me angustia y que me llena de lagrimas. Por eso, para mi, estos días más que de fiesta serán de reflexión, de búsqueda. De pensarme mucho, de intentar recordar dónde y cómo algo se rompió dentro de mi hace mucho, y de buscar la goma y la técnica perfecta de unir las piezas, con un nuevo y mejor sentido, para que quizás el próximo año, ya no duela. O por lo menos, duela mucho menos.


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01 diciembre 2011

Los miedos

Tengo claro que los niños son niños y que gracias a eso las travesuras están aseguradas. Y aunque ya estoy bastante acostumbrada a las caídas y golpes que Sara se da a diario, cada vez que ocurre algo más allá de las pilatunas normales, no puedo evitar que mi cabeza se inunde de manera instantánea de miedos. Los miedos... esos mismos que me atormentaron durante los dos primeros meses de mi vida como mamá. Recuerdo que en medio de la avalancha de hormonas y de cambios, los miedos me acosaban. Se ocultaban detrás de cualquier cosa, para asustarme, permanentemente y sin tregua. Eran miedos de todo tipo y clase. Miedo a que se ahogara, a que dejará de respirar, a que no comiera lo suficiente, a que tuviera cólicos, a que se enfermara, a que se me resbalara durante el baño,...miedos a herirla, a perderla. Y ahora, que ya esta grandecita, que dice varias palabras, que camina, que hace mil y una travesuras, los miedos vuelven irremediablemente. 

El lunes salí para mi clase de pilates como todos los días. Llegué me relaje, y me concentré en mi respiración. Extrañamente olvidé poner el celular en silencio como siempre lo hago. Sólo habían pasado 15 o 20 minutos cuando timbró. Y yo, que siempre lo ignoro cuando suena en medio de la clase, sin dudar, me levanté a mirar de quien era la llamada. Mi primer impulso fue ignorarla, para que el celular dejara de timbrar, pero de pronto caí en cuenta que era de la casa. Me pareció muy extraño que la niñera me llamara. En los 12 meses que lleva cuidando de Sara, una o dos horas al día, nunca me había llamado. Tuve la certeza de que algo había pasado. Sentí como los miedos comenzaban a desperezarse, abriendo los ojos, estirando los brazos y asomándose tímidamente de donde habían estado escondidos, descansando, todo este tiempo. Me llene de adrenalina, pero mantuve, con mucho esfuerzo, la calma. Llamé a casa y cuando me contesto la niñera, visiblemente (o más bien audiblemente) nerviosa y asustada me contó que Sara se había encerrado con seguro en la alcoba principal y que no podía sacarla. Yo solo atiné a decir "Ya voy para allá" y salí corriendo como loca, mientras los miedos taladraban mi cabeza. Me la imaginaba llorando a grito herido dentro del cuarto. Pensaba en los peligros del baño, la tina, la ventana, la cama....En 5 minutos estaba en casa. Y efectivamente, como mi esposo ya había vaticinado, Sara, jugando, cerró la puerta detrás de la niñera y acto seguido oprimió el botón del seguro. Intentamos abrirla con todo lo que se nos ocurrió, mientras el cerrajero venía en camino. Yo sentía que la cabeza me iba a explotar y Sara, en el interior del cuarto, hablaba solita, se asomaba por debajo de la puerta pero no lloraba. No quedaba más que guardar la calma y esperar. Los miedos seguían apoderados de mis pensamientos. La niñera le hablaba y le daba indicaciones para que abriera la puerta. Sara, como si no fuera con ella jugaba y hablaba sola por todo el cuarto. Por fin, después de 40 minutos eternos llegó el cerrajero. En 5 minutos había abierto la puerta y la tranquila Sara, para la que todo el momento no había sido más que un divertido juego, ya estaba afuera en mis brazos. 

Como siempre me pasa, después de que este tipo de episodios están resueltos, los miedos me destruyen. Me toman como si fuera un saco de box y me golpean. Mi mente, gracias a su efecto, se vuelve un remolino de malas ideas, de todo lo trágico que hubiera podido pasar, de culpa, de malas posibilidades. Quedo agotada y exhausta debido a una incontrolable paliza de malos pensamientos. Por fortuna, el tiempo pasa y los miedos se cansan, entrando de nuevo en stand by, dándome un espacio, un respiro, dejandome volver a la normalidad.

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13 noviembre 2011

Peleando conmigo misma

Hoy amanecí peleando conmigo misma, en contra de mis teorías y deseos conscientes. Hoy, mi lado oscuro, mi inconsciente, me traiciona, me hace sentir exhausta de tanta teta, de los paños de agua tibia, de los masajes, de los chorros de leche retenidos y estancados que se niegan a salir. Hoy, cuando mis senos se congestionan y los conductos se tapan, y todo el tejido se pone duro como piedra y duele, duele mucho, odio la lactancia materna. Y comienzo a pensar y a desear cosas indeseables. Sintiéndome prisionera del dolor. Pensando, incluso, en terminar con todo esto pidiendo a mi ginecólogo una inyección.

La noche de anoche fue terrible. El dolor no me dejaba dormir. La ansiedad por que Sara mamara para amanecer mejor, me despertada a cada momento. Entre sueños trataba de adivinar que pasa, por qué de repente, sin ninguna razón real o aparente, mi cuerpo se descuadra y no funciona como siempre. Y me castiga, haciéndome dudar, sembrando semillas de astío, acercándome de a poco a tirar la toalla. Añorando cosas que mi yo consciente, de solo escuchar, se aterraría. 

Hoy amanecí peleando conmigo misma. Con ganas de no sentir lo que siento. Con ganas de desahogarme. No quiere decir que no este feliz de todo lo que la lactancia nos ha regalado. Ha sido hermosa y llena de cosas positivas: un vínculo inigualable con mi hija, una conexión mágica, una bebé de 15 meses saludable, que nunca se ha enfermado, que es tremendamente feliz, que sonríe todo el día. Gracias a ella, estamos colmadas de momentos maravillosos, que no tienen precio. Sin embargo, días como hoy pienso si ya no es suficiente. Si después de 15 meses no es hora de parar. El dolor y el cansancio nubla mi mente y no logro ver más allá con claridad. 

Nuestra lactancia ha sido un camino fácil y dulce. Tal vez por eso estas esporádicas crisis, son verdaderas crisis para mi. Entiendo(y siento) perfectamente porque tantas madres abandonan: con dolor, sin apoyo, con las hormonas y los sentimientos revueltos, con la sombra de las carencias infantiles acechando, con el regreso al trabajo, no dudo que yo también habría abandonado. Días como hoy me doy cuenta que no soy tan fuerte ni tan valiente como pienso. Días como hoy estoy segura de que mi lactancia ha sido exitosa más por que la suerte nos ha acompañado, que por mi entereza de carácter. La verdad es que hoy quisiera dejar de lactar, sin reparar en si es o no el tiempo, sin pensar en nada más. 


06 septiembre 2011

Sin derecho a quejarnos


Creo que ayer descubrí porque son muy pocas las mujeres-madres que se atreven a contarle a las futuras mamás, que la maternidad no es solo felicidad, sino que también está llena de momentos agridulces y difíciles. La concepción de que la maternidad es un estado perfecto donde todo transcurre en calma y paz, levitando con una sonrisa permanente de oreja a oreja, transciende todos los ámbitos. Estamos tan impregnados de imágenes que nos transmiten una idea rosa y romántica al respecto, que para la  mayoría de los círculos sociales parece una herejía ver una mamá que se niega a continuar propagando la farsa gritando a los cuatro vientos, que se siente mal, que no sabe qué hacer, que no puede más. Esas mamás valientes son miradas como bichos raros y, en el peor de los casos, tildadas de flojas, escandalosas y exageradas. Desde hace varios días he tenido que escuchar cómo se critica a una nueva mamá que se siente sobrepasada por la maternidad y, que sin ningún temor ni tapujo lo ha contado, seguro buscando alguna explicación a sus expectativas insatisfechas. Ayer, me tocó otra tanda de "pero que exagerada", "pero que poca voluntad tiene", "quien dijo que ser mamá es así de dificil como lo pinta". Y ya no aguante más. No saben como me afectan este tipo de cosas. Me resulta muy triste e injusto ser espectadora, y reconozco que a veces me falta claridad mental y fluidez de palabra para explicar el tema de manera clara, lógica y coherente. Sobretodo cuando la indignación me embarga.

En este tema yo solo puedo hablar por mi, desde mi experiencia personal y, tal vez, desde la experiencia de varias de las mamás de mi tribu. Y lo que sé muy bien al respecto es que desde que una mujer se convierte en madre se enfrenta permanentemente a muchas presiones y cuestionamientos, cuando debería ser todo lo contrario: lo único que necesitamos las madres recientes es apoyo y comprensión; una voz cercana que nos soporte llenándonos de tranquilidad y de confianza, mientras nosotros podemos comenzar a digerir todo lo que nos está pasando. Por el contrario, estamos rodeadas de un montón de gente que opina desde el desconocimiento y que ante un comentario que no cumpla con los estándares de una "feliz mamá", no abrazan, no alientan, sino que aplastan de manera desconsiderada, saboteando la autoconfianza de la madre y la relación mamá-bebé. Lo peor de todo es que lo hacen sin siquiera caer en cuenta de lo que propician, respaldados en sus buenas intensiones. 

Al parecer, socialmente, para la mujer puérpera solo hay una opción: ser feliz sin derecho a quejarse. Cualquier otra variante, la pone directo en la picota pública. Entonces, con esta situación la ecuación es sencilla: si expresar sin tapujos que te sientes inmensamente sola, que no sabes ni para dónde vas ni de dónde vienes, que la lactancia es difícil y agotadora, que no hay nada más triste y deprimente que mirarte al espejo, que a veces no quieres ni que te determinen pero que si nadie lo hace pareces morirte, que todo tu mundo se convirtió en algo caótico e incontrolable, te expone a las criticas, es más conveniente decir lo que los demás quieren oír y guardar para nosotras lo que realmente sentimos. Por eso, las mamás callamos o mentimos a cerca de experiencia de ser mamá. Generalmente nos sentimos cohibidas de expresar lo que nos pasa, porque nuestra experiencia no coincide en nada con la versión azucarada que nos habían contado acerca de la maternidad. Y eso no quiere decir que no amemos con locura y sin medida, a ese pequeñito/ta que nos ha cambiado la vida. No, simplemente también nos pasan muchas otras cosas, menos amables, menos fascinantes y mucho más desafiantes, que además no podemos compartir. En definitiva, son escasos los espacios en los que nos sentimos libres de abrir nuestra alma y corazón para contar la realidad, sin sentirnos juzgadas. Frente a esa presión, la mayoría de las mujeres calla o finge ser pura felicidad, perpetuando, sin querer, un mensaje equivocado para todos. 

Y al final, no entiendo cual es el problema de decir y enfrentar la verdad. El hecho de que la maternidad no sea un cuento de hadas, no es ni malo ni bueno, es la realidad. Y qué bueno sería para madres e hijos, y para el bienestar final de toda la sociedad que se llamara a las cosas por su nombre, sin juicios de valor. Es increíble que las mamás no tengamos derecho a ser sinceras con la vorágine de sentimientos y cambios que nos atropellan cuando nos encontramos con un bebé en brazos. Se nos niega el derecho a decir lo que sentimos y a encontrar la deseada comprensión. Y claro, cuando existe una mamá valiente que se atreve a decir lo que la mayoría no, medio mundo le cae encima, condenándola sin ni siquiera escuchar con atención sus argumentos. Ser mamá es hermoso, pero es duro, es difícil, es desestabilizador. Tal vez para unas sea menos traumático que para otras, pero en general, todas pasamos por situaciones y sentimientos muy parecidos, donde vemos nuestra vida patas arriba, sin saber muy bien cómo hacernos cargo hasta de las cosas cotidianas que antes eran tan sencillas de resolver. Lo cierto es que ya está bueno de callar. ¿Qué hay de malo en eso?, ¿por qué no podemos decirlo?, ¿no tenemos ni siquiera derecho a quejarnos, a desahogarnos?

02 septiembre 2011

Des-interés

Algunos habrán notado, sobretodo en twitter, que llevo varios días un poco desconectada, cosa que no es nada habitual en mí. No sé cuál es la razón pero no me apetece para nada el computador, muchos menos el BB. No me muero por estar navegando, mucho menos siento (las normales) ansias de devorar todos los blogs que encuentro a mi paso, ni siento el permanente interés por no perderme ni un tweet de mi timeline. 

Tampoco he tenido muchas ganas de escribir. Después de casi 10 meses escribiendo mínimo una vez por semana, de pronto, no siento tantas ganas. Y no es que no tenga tema, de hecho tengo en mente varias entradas (una sobre "Una nueva maternidad", otra sobre mis positivas experiencias en el parque con Sara, una más sobre nuestra rutina sin rutina, otra sobre el maravilloso libro de Carlos González, "Bésame Mucho", que estoy por terminar de leer), es solo que se me pasa. Los días llegan y se van y no me dan ganas.

También, me he sorprendido inusualmente callada. No me provoca mucho hablar, y quienes me conocen saben que eso si es bien raro en mí, porque soy una parlanchina consumada. De hecho, me ha costado mucho hacer MamáPos, y públicamente he culpado de mi desidia a la falta de tiempo, aunque en el fondo sé que no es más que desconcentración, puro y físico des-interés. Si, des-interés...pero no en el sentido peyorativo de la expresión. Es más bien como si este no fuera el momento de "esas" cosas que me gusta hacer, es como si este fuera el tiempo de interesarme en algo más. Y no es que este mal de ánimo, ni que tenga la depre, es, simplemente, que mi cabeza está en otro lado. 

Tal vez sea una especie de etapa de reflexión interior, de conversación interna, donde no necesito un interlocutor, sino que necesito escucharme sólo a mí, donde estoy re-descubriendo el disfrute de cosas triviales, olvidadas por alguna razón. Tal vez es una re-conexión: al encontrarme des-interesada de mis habituales intereses, me he sorprendido disfrutando más del sol, de la lluvia, de una taza de té, de un paseo hasta la tienda, de un libro, de la música... Me he descubierto des-interesada en muchas cosas, pero más interesada en mí. Como si por 1er vez después de 13 meses comenzara a recuperar la consciencia propia como persona, como individuo, más allá de mi rol de madre, más allá de Sara. 

No sé si me explico, pero en el fondo es como si muchas piezas de quién soy yo, de quien he sido por 30 años, comenzaran a re-encajar de manera armoniosa después de haber estado guardadas en el fondo del cajón de mi vida, dándole prioridad a las nuevas fichas que aparecieron cuando me convertí en mamá. Es una sensación nueva, y extraña. De cambio y conmemoración a la vez. Siento que estoy asimilando nuevamente mi vida y que estos espacios colmados de des-interés, no son más que necesarias capsulas de tiempo para poder entender, para poder digerir, para comprender, para asimilar. 

Supongo que en algún momento la etapa culminará y volverá el interés, y regresaré a ser y a sentirme "normal" otra vez, concentrada en lo habitual, conectada con ustedes y con el mundo, otra vez.

24 junio 2011

¿Qué hacer con los bebés cuando estamos enfermas?

Ni idea... yo precisamente ahora estoy con un resfriado que ni se imaginan, donde los escalofríos y el dolor de cabeza-garganta-cuerpo (como le digo yo), se han manifestado en todo su esplendor. Si no fuera por mi empleada y mi marido, no sé qué haría. Solo que me toquen, es doloroso. Y, como es lógico, Sara ni se da por enterada. Ella sigue a su ritmo, o, más bien, acelera el ritmo día tras día, sin importar si los demás estamos bien o mal. Gracias a Dios en el día está Nelsy, para seguirle la jarana y, en la noche, su papá se encarga de ella si es necesario. Menos mal y para mi fortuna tipo 6:30 p.m. se duerme, y por lo pronto, yo, detrás de ella.
Ayer pase una noche malísima: escalofríos, insomnio, dolor en el cuerpo, mucho calor, más insomnio, ardor en la garganta, en fin...Como estoy lactando no he tomado más que acetaminofén, lo que quiere decir que me esperan 3 o 4 días de malestar hasta que se me pase. Espero que no sea nada viral, para que no se le pegue a Sara o a mi esposo. Eso sería FATAL. No me imagino un cuadro de los 3 enfermos. Lo que me tiene pensando es que hoy es viernes y todo este malestar me va  tocar en un fin de semana con puente: NO PUEDE SER!!!! No solo me voy a perder de disfrutar estos días, sino que además, no va a estar Santa Nelsy para ayudarme....no hay duda...me esperan unos días difíciles, por eso, estoy tratando de mentalizarme y ser consciente de que así será, para ver si logro no estresarme ni sobre exigirme (tengo esa muy mala costumbre), lo que por lo general termina con frustración, cansancio, mal genio y malos recuerdos. 

Entonces, ¿qué hacer con los bebés cuando estamos enfermas? repito, no tengo ni idea. Escucho sugerencias. Por lo pronto, a mi me tocará sacar fuerzas de donde no las tengo y rogar al cielo para que mi pequeña se entretenga feliz con Baby Tv, sus juguetes y el papá. Deséennos mucha suerte!!
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