Mostrando entradas con la etiqueta malos días. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta malos días. Mostrar todas las entradas

15 abril 2013

Lamento

Lo siento hija mía, lo siento.
Siento no ser lo que necesitas, siento no llenar tus expectativas.
Lamento no estar para ti todo el tiempo. Lamento estar aquí pero no realmente presente. Lamento olvidar como simplemente "estar".
Lamento no coincidir con tu padre.
Lamento ser un bando.
Lamento querer tanta o más atención que la que tu esperas.
Lamento competir contigo, con tu padre y con el mundo entero.
Lamento no estar a veces feliz y no ser siempre positiva.
Lamento estar llena de rabia y haberte regañado como en automático, diciendo y haciendo cosas que no me gusta, que detesto de mi misma.
Lamento no tener fuerzas para luchar, y querer que seas una que no eres, ser quien no soy.
Lamento haber deseado que el tiempo se detuviera, o que se devolviera, para saltarme este pedacito de vida que a veces no me cuadra y que me sabe amargo. Lamento no poder tragarme el mal sabor para no transmitirte mi desencanto.
Lamento mi falta de decisión y de claridad, que te afectan y te generan incertidumbre.
Lamento no ser honesta y firme, y saberme defender y explicar, como la adulta que soy.
Lamento ser un fiasco más veces de lo necesario y sentirme aplastada por mis propias palabras, por mis altas expectativas, por las expectativas gigantes de los otros, por un mundo que espera no sé que tantas cosas de mí.
Lamento ser de nuevo una niña asustada, invadida de soledad.

Quisiera que todo fuera más sencillo. 
Quisera haber tomado mejores decisiones.
Quisiera que ser tu mamá, que ser la madre que quiero, la mujer que espero, fuera lo mismo que ser la madre que necesitas. 
Pero no es lo mismo y no es sencillo. 
Y en el intento de que coincidan, me caigo en un profundo y oscuro hoyo que parece no tener salida. 
Y dejo de ser. 
Y soy otra, gris, tenue, débil, vengativa, herida, fracasada, vencida. 
Y el sentido de todo cambia a uno egoísta, uno solo mío, profundamente egoísta.
Y me pregunto si vale la pena tanta lucha. Si hacer de mi vida, de nuestra vida una batalla campal es la manera. Si mi sueño es una utopía. Si mi esfuerzo me mina. Si estoy en guerra y tu eres el botín de la misma. 
¿En qué momento comenzó esta guerra?

Lo lamento Sara, lo lamento mucho. Y espero que algún día leas este blog, repases estas líneas y me entiendas un poco y, quizá comprendas que mi deseo es hacer las cosas lo mejor que puedo, confiando en lo que creo pero que a veces, o más bien muchas veces, no lo logro, no es fácil, no me sale. Y no se que hacer con esto, no se que hacer contigo, no se que hacer conmigo misma.


¿Te gusta "La mamá de Sara"?
Inscribe acá tu mail para recibir notificaciones de mis entradas.

Delivered by FeedBurner

04 febrero 2013

La huella del abandono


Recuerdo que desde pequeña me cuesta mucho, muchísimo, las despedidas. Recuerdo, como si fuera hoy, la angustia que me daba despedirme de mi abuela a los 6 años después de unas largas vacaciones. O el vacío inmenso que sentí cuando mi mamá estuvo trabajando en otra ciudad por casi un mes, a los 10. Y la soledad que viví a los 16 cuando dejé mi casa y me mude a la "gran ciudad". Decir adiós, desde siempre, me ha enfrentado a unos sentimientos que me cuesta digerir y procesar, y de los que, tengo que reconocer, he huido durante casi toda la vida. 

Desde que soy mamá, la cosa no ha cambiado. Más bien diría que va en franco incremento con visos de no encontrar un "pare" en el camino. Al principio, mi niña era una bebé, yo estaba siempre con ella y ella estaba siempre conmigo, así que los sentimiento no tenían fisura alguna por donde aflorar. Luego, con la entrada al trabajo y la llegada del jardín, regresó la inevitable despedida y reviví de sopetón esa angustia que había olvidado. Con los días se fue disipando, diluyendo, dando paso a cierta calma o, quizás mejor, a la costumbre. Pero, la angustia sigue presente, no desaparece del todo realmente. Más bien a comenzado a ser un sentimiento permanente con el que (odio decirlo), me estoy acostumbrando a con-vivir. 

Tal vez por eso, decidí no huirle más y gracias a esa decisión, poco a poco, el panorama parece aclararse. Así que me propuse enfrentar para entender. Quiero entender. Entender qué pasa y por qué me pasa. Entender qué es ese "no se que" que no se va aún, pero que espero me abandone algún día (o más bien, espero permitirme dejarlo ir muy pronto). Quiero entender para tratar de superar.

Y en ese laberinto de preguntas sin lógica ni orden aparente, logre un avance. No se por que no lo había notado antes. O más bien, si lo había hecho, pero lo había "ignorado" deliberadamente, restándole importancia. Y hace unas semanas, cuando Sara volvió al colegio lo entendí. Lo sentí, como lo siento desde que la dejo todas las mañanas en su jardín, pero esta vez no lo deseche, le dedique un rato y lo vi. Pude identificar con claridad que el momento exacto en que la dejo allá, dispara "ese no se que" dentro de mi. Y no se trata de ella, es decir, no es por que ella este mal, por que se quede llorando o algo por el estilo. No, ella se queda feliz siempre, y yo me voy con ese "no se qué" alborotado, siempre. Y me puse a pensar y, de repente, recordé que me pasa lo mismo con ciertas canciones infantiles. Solo escucharlas me genera de inmediato ganas de llorar, de llorar de verdad a moco tendido. Me alborotan también ese "no se que" sin explicación.

Y así comencé a identificar más cosas, situaciones, momentos, disparadores de la angustia, de mi "no se qué". Cosas que remueven algo en mi inconsciente despertando esa sentimiento que no entiendo. Entonces lo que parece obvio es que no se trata de ahora, se trata de mi pasado, de mis recuerdos que no recuerdo porque la memoria no me da. Es un recuerdo de abandono. De abandono puro y simple. Es su huella que tengo muy grabada y marcada, y que aflora acercándome a mi propia niña sola y triste, a través de mi hija. Que debe ser de mi infancia temprana. De esa niña pequeña que lloraba mucho, que no estuvo con su mamá el 1er año, que recibió poca teta, que se vestía y bañaba sola, que extraño a su abuela casi toda su infancia, que conoció el jardín muy pero muy pequeña, y quizá no quería quedarse allí. Eso es lo que yo me imagino, o más bien lo que siento. Ahora falta mucho, mucho más que entender y enfrentar. Pero ya estoy en el camino.  

¿Te gusta "La mamá de Sara"?
Inscribe acá tu mail para recibir notificaciones de mis entradas y mi boletín de noticias.
Delivered by FeedBu

30 diciembre 2012

La presión

La presión me está enloqueciendo. Por mucho que trato de ignorarla, ella parece ser más fuerte que yo y, sinceramente, ya no la soporto. Me persigue día y noche, sin darme 5 minutos de tregua. Y yo la esquivo sin suerte, tropezándomela de frente, en forma de "y, ¿cuándo la van a educar para que vaya al baño?", "¿y hasta cuándo la teta?", "¿ y, aún duerme con ustedes?", y me cuesta sonreír, ignorar, explicar, justificar lo injustificable, entender. 


Tal vez "entender" es lo que más difícil se me hace. Por que no me cabe en la cabeza este afán que le cae al mundo entero porque los niños crezcan a destiempo, por someterlos a la voluntad egoísta de los adultos, convencidos de que es lo mejor para ellos, sin cuestionarse, sin tratar de empatizar, sin la más mínima gana de dejarlos ser, considerando sus tiempos, dejando que se descubran así mismos, tratando de  meterlos en un molde sin pensar ni sopesar sus verdaderos y validos deseos y necesidades infantiles. Pensando desde la visión de los adultos, con más afán por disciplinar y regañar, que por compartir y dar amor. El amor visto como debilidad. La naturaleza infantil vista como un estorbo.

Y ahí comienza a cabalgar la presión sobre los padres, o por lo menos, sobre mí. La diferencia me pone un punto rojo en la frente cual tiro al blanco y si, como negarlo, me siento atacada, señalada, sin importar si cada comentario, frase, palabra o silencio, tiene otra intención. Y tengo que oír cada cosa, que a veces me provoca coger a mi hija y salir corriendo sin dar la más mínima explicación. La mayoría del tiempo lo manejo o lo evito, pero me incomoda. Y me molesta dejarme incomodar. Me irrita sentirme cuestionada como madre. No hay nada que me afecte más, sin importar lo convencida que estoy de la crianza que intento llevar. 

La situación entera me entristece, por cómo me hace sentir y por los niños en general, la gran mayoría criados sin mirada, sin empatía, sin ser considerados como lo que son, desde lo que realmente necesitan. Y no se me hace extraño que la mayoría siga la corriente, y crié con imposiciones y violencia, que eduque como fue criando, perpetuando los mismos comportamientos, convencidos de estar haciendo lo correcto. Por que cuesta mucho seguir otros caminos, cuestionarse y enfrentar los propios demonios. Cuesta lidiar con la presión, que viene de todas partes, en todo momento y de quién uno menos se imagina. Cuesta.. si que cuesta...pero a pesar de estos sentimiento, sé que vale toda la pena. 

¿Te gusta "La mamá de Sara"?
Inscribe acá tu mail para recibir notificaciones de mis entradas y mi boletín de noticias.
Delivered by FeedBurner

17 septiembre 2012

El Monstruo

La puerta se abre de manera sigilosa, casi imperceptible y, simplemente, no me doy cuenta, no se que pasa, el monstro aparece. 
Al principio no lo identifico, no se quien es, creo que no lo conozco. 
Mentira. 


La verdad es que es un viejo amigo, por llamarlo de alguna manera. 
Hace años que no le veía la cara. 
Hace mucho tiempo que no sentía su aliento, su furia invadiendo mi alma. 
No recuerdo cuando fue la última vez que lo mire de frente, cuando lo despedí pensando que nunca volvería. 
Pero ha vuelto y de la peor manera.
Y me avergüenza.
Me entristece. 
Por que en un momento de cansancio, de disgusto, de sentirme presionada, sobrepasada, juzgada, no pude respirar profundo, no logre ver más allá del momento, saqué mi lado más oscuro, me deje dominar.

Y por un rato, que pareció eterno, fuí "otra". 
Otra muy diferente. 
Otra sin amor, sin compasión. 
Otra que existe y que, inevitablemente, también soy yo. 
Y tuve un sentimiento horrible, pero increíblemente familiar. 
Un sentimiento de impotencia, de soledad, de furia, de destruir todo a mi paso. 
De desahogarme sin pensar en las consecuencias, de explotar.

Y ahora, que el monstruo se ha ido, que vuelve a estar dormido, trato de entender que pasó y no lo logro. Racionalmente, tal vez, puedo verbalizarlo. Emocionalmente no logro digerir esta sopa extremadamente espesa, que parece que se venía cocinando hace mucho, que esta repleta de recuerdos, de silencios, de palabras atragantadas, de deseos, de fragilidades e inseguridades que parecen eternas. 

¿Te gusta "La mamá de Sara"?
Inscribe acá tu mail para recibir notificaciones de mis entradas y mi boletín de noticias.
Delivered by FeedBurned
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Lilypie Breastfeeding tickers

Yo