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04 agosto 2015

#Los5DeSara


¡Llegaron los 5 años! El mundo dio varias vueltas al sol y casi sin darnos cuenta nos encontramos celebrando que hace 1.825 días Sara nos escogió como sus padres. Celebrar su vida, nuestra vida con ella, es de las cosas que más disfruto. Su cumpleaños es mi cumpleaños también. Y lo vivo a su manera, llena de emoción, sonrisas, felicidad y libertad. Con el corazón hinchado de orgullo y agradecimiento. 

Mi hija es una niña increíblemente auténtica, llena de una energía poderosa y una voluntad imparable. De ella he aprendido las más importantes lecciones y recibido los mejores regalos. Me ha hecho la mujer que soy hoy, de a poco, con cada abrazo, con cada lagrima, con cada gesto. Me ha llevado de la mano por la agridulce senda de la maternidad, dándole sentido a cada segundo de mis días. Así que hoy solo puedo decir que ser su mamá me hace una mejor mujer, una más reflexiva, humilde y feliz. Y que estoy inmensamente agradecida y maravillada, por que nada me hubiera podido anticipar lo que sería tenerla como parte de mi vida. 

Te amo Sara. 
Te amo así tal cual eres. 
Te amo ahora y siempre.  
Felices 5 y que sean muchísimos años más. 



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07 julio 2015

Los 5 años


Se acercan los 5 años. En pocas semana cumplimos 5 años de existir como una familia de tres. Lo pienso y no puedo dejar de sentir nostalgia y de sonreír. Estos han sido años maravillosos, duros y maravillosos. Ser mamá fue una metamorfosis para mi. Sara fue una explosión que no tenía como anticipar. Me cambio de repente y sin anestesia. Me hizo más consciente, más fuerte, más vulnerable,  poderosamente distinta, una mejor mujer, una persona más feliz. 

Estos han sido los mejores años de mi vida. Nunca había sentido tanto, aprendido tanto, cambiado tanto, reído tanto, sufrido tanto, entregado tanto, amado tanto. Sara me ha regalado 5 años de intensidad pura. De sueños cumplidos, de esperanzas, de magia, de energía, de aprendizajes. De amar profundamente y entregar sin medida. 

Así que no puedo más que estar agradecida. Feliz y agradecida por Sara y por esta familia de tres que cada vez me gusta más. Por eso celebremos desde ya. Celebremos a mi pequeña. Celebremos la maternidad. Celebremos lo maravillosa que es la vida. 

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31 mayo 2015

Reacción en cadena


Sara y yo vamos al parque juntas una tarde cualquiera. Ella, confiada, me asegura que puede pasar el pasamanos sin mi ayuda y de una sola vez. Yo, de inmediato, recuerdo que el pasamanos era mi tormento en el colegio. Que nunca, nunca, nunca pude pasarlo. Recuerdo el dolor en las manos, los brazos que no me daban más, la caída irremediable a la mitad, la vergüenza, el miedo.

Le pregunto a Sara: "Hija ¿estás segura?" y ella, parece leer con su mirada mis sentimientos, mi miedo, mi duda. Yo dudo y ella también duda. Y sólo segundos después, ya no parece tan resuelta y comienza a mirar el pasamanos como un desafío. Yo la afecto, mi experiencia de hace 25 años la afecta hoy. Y decide mejor jugar a otra cosa. Se baja del pasamanos. Ni siquiera lo intenta.

Yo quedo muda. Mi cabeza sólo se pregunta: ¿qué diablos pasó aquí?, ¿qué es esta trasferencia de sentimientos, de inseguridad, así, prácticamente de la nada?, ¿cómo de repente abandona su reto favorito en el parque con una actitud difícil de reconocer en ella?

Y pienso en la inseguridad y en su efecto contagioso que encadena temores, nervios, dolores, a través del tiempo y de la generaciones. Pienso en la confianza que necesitamos todos para atrevernos, para dar un pasó más, para arriesgarnos y seguir adelante. Pienso en cómo buscamos seguridad en las personas que queremos y admiramos; y en cómo a todos nos pasa muchas veces igual que a las dos en el parque cuando sentimos que los demás dudan de nosotros y nos niegan un merecido voto de confianza.

Pienso en la reacción en cadena de los sentimientos y en que nuestros hijos merecen que los contagiemos, principalmente de confianza, de seguridad, de ganas, de alegría, de energía, de arrojo, de poder, de humildad, de amor. El mundo y nuestros hijos no merecen menos.

Entonces, otra tarde cualquiera volvemos al parque. Y Sara, ante el pasamanos me mira y yo sólo sonrío. Sonrío tranquila, olvidándome de mi, de mis miedos, dejando que ella viva su experiencia sin tener nada que ver con la mía, confiando en que lo logrará y en qué si no lo logra, igual puede volver a intentarlo 1.000 veces más. Segura de que ella sabe lo que hace, que es fuerte, que tiene lo que se necesita. Que está en control de si misma. Me suelto y ella, sabia, me sonríe de vuelta y se lanza. Reacción en cadena. Maravillosa reacción en cadena de  libertad, confianza y amor.

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10 marzo 2015

Todavía me pasa


Te extraño.
Me pasa que todavía te extraño mucho.
No es más que un lunes cualquiera, pero aún no me acostumbro
y te extraño hija mía.

El tiempo que estamos juntas parece que no nos basta.
Los fines de semana son un bálsamo, pero llega la semana y nos pesa tanto tiempo la una sin la otra.
No nos conformamos.
¿Cómo conformarnos?

A diario me sorprendo pensándote.
Haciéndome preguntas que no debería hacerme.
Queriendo saber si tu también me estás pensando.
Si en el mismo instante en el que en medio de una reunión me pierdo en tus recuerdos, tu también estás queriendo abrazarme.

Todavía me pasa que me duele separarme de ti.
Todavía nos pasa que la separación es un momento terrible.
El tiempo no mata ni atenúa el vacío que siento cuando estamos lejos.
Intuyo que tu también sientes lo mismo.
Lo intuyo y lo confirmo en tu mirada, en tus abrazos,
en tu: "mamá, pero es que yo quiero estar contigo".

Todavía me pasa que extraño tu olor en el transcurso del día.
Y me pregunto que estarás comiendo y cuántos amigos estarás haciendo.
Y muero por recogerte del colegio cada día,
y que camino a casa me hables en italiano y me cuentes todo lo que has aprendido.

Todavía me pasa que siento miedo.
Que te extraño mucho y que temo que se abra una brecha.
Que de pronto, en un momento que no pueda identificar,
tanto tiempo separadas nos gane la partida.
Y todo entre nosotras cambie para siempre.

Todavía me pasa que siento un inmenso vacío cuando tengo que dejarte.
Y el vacío dura todo el día.
Y a veces no pasa, incluso cuando te vuelvo a ver.
Porque todavía siento que es nuestro momento.
No quiero que deje de ser nuestro momento.
No quiero que este vínculo único que nos une se diluya con el tiempo.

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28 febrero 2015

Sin temor de la verdad


No me acuerdo cuando fue que aprendí a mentir. Lo que si recuerdo es que de pequeña mentía de manera automática, en respuesta al miedo que sentía al verme descubierta y confrontada. Después entendí que necesitaba mantener mi personaje de niña-buena-correcta-perfecta, así que aunque sabía racionalmente que lo "correcto" era decir la verdad, me daba pavor las consecuencias y mentía. De adulta, aprendí a decir la verdad, a identificar ese impulso de cubrirme con una historia que no es cierta, enfrentando, asumiendo las responsabilidades que me toca, liberándome del peso y trabajo que implica mentir. Considero que en este tema estoy del otro lado, así el miedo y la tentación de "huir" del mal momento aparezcan en algunos momentos.

Tal vez por eso me maravilla observar que mi hija aún no miente. Una y otra vez la cuestiono cuando encuentro una pared "intervenida", o cuando toma alguno de mis collares o cuando acaba de tajo con el champú nuevo en la tina y, siempre siempre, sin importar mi reacción, me dice la verdad. Mi hija no tiene temor de decir la verdad. Ella, sin pensarlo reconoce la autoría de sus hechos, y la mayoría de las veces trata de redimir su travesura con besos y sonrisas, hablando libre y sin temor con la verdad. La entendería si me mintiera. Yo sé lo que se siente: conozco bien ese susto que nos lleva a no decir la verdad. Sin embargo, ella parece no conocer ese miedo. Decir la verdad es tan natural para Sara que me maravillo al verla diciendo sin filtro las cosas tal cual pasaron, sacando conclusiones acertadas de las situaciones, dando explicaciones, poniéndose en evidencia sin el menor sentimiento de angustia o temor. Asumiendo y reparando la travesura cometida. 

Muchos pensarían que tal desparpajo es casi un reto o una falta de respeto. Pero no, yo no lo veo así. Para mi es sinceridad y confianza en su estado más puro. Y me parece maravilloso que así sea. Su tranquilidad al decirme la verdad es la prueba más clara de que ella y yo podemos vincularnos sin que el miedo regule nuestra relación. Somos madre e hija, pero somos iguales, pares, con la confianza de que nos tendremos sin importar lo que hagamos. Ella sabe que no tiene que ser una niña bien portada para agradarme o para que yo la quiera. Sabe que puede ser ella, tomando sus propias decisiones con todo lo que eso implica. Tiene la certeza de que nuestro amor no tiene condiciones, ni reglas. Existe y existirá sin importar las cosas buenas o malas que hagamos en la vida. Por eso no miente. Por eso hace travesuras y me dice, "si mamá, fui yo, pero te prometo que no lo vuelvo a hacer" o "mamá no te preocupes, yo pinte la pared pero, tranquila, ¿me ayudas a limpiarla?". Y yo me maravillo. Y me muerdo la lengua para no perder la paciencia o para no sonreír. Me asombra y me llena de orgullo en un solo segundo. Y aprendo de sus ganas, de su honestidad, de su falta de miedo, de su desparpajo desmedido, de su seguridad. Gracias a Sara aprendo todos los días a no tener miedo, a decir siempre la verdad, a no mentir.

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30 enero 2015

Adictas a las series

Yo soy adicta a las series. Cuando descubro una que me gusta no paro hasta que termino con ella. Y mi hija heredó esa misma afición. Así que el plan de ver juntas las series infantiles que le gustan, se ha convertido en una oportunidad interesante de conocer sus intereses, aprender cosas interesantes y disfrutar un rato las dos, juntas. Entonces, si se animan a este plan con sus chiquitos estas son las 4 series infantiles por las que les recomiendo comenzar:

Tickety Toc
Mi hija habla de Tommy y Tatulah como si estuvieran aquí con nosotros. Disfruta tanto de sus aventuras dentro de ese colorido reloj cucú, que ya hasta quiere que tengamos uno, con la firme intención de meterse dentro de el, como ellos. 


La Sheriff Callie
Sara ama a la Sheriff Callie. Corre y se viste de vaquera (con todo y sombrero), mientras vemos las historias de esta gatita a cargo de un pueblo llamado "Lindo Rincón Amistoso". Lo que más me gusta de esta serie, a parte de la diversión por supuesto, es que todos aprendemos acerca de la convivencia, la amistad y el valor de la autenticidad.


El gato con botas
¿Quién no conoce a este personaje de leyenda? Entonces ya se imaginaran que la serie de este gato glotón, seductor y bailarín, es entretenida, llena de aventuras y personajes increíblemente divertidos. Yo creo que la disfruto incluso mucho más que mi pequeña.

JellyJam 
¡Esta es nuestra preferida! Tal vez porque todo gira al rededor de la música, su disfrute y su poderosa energía, que es el corazón y la vida del planeta Jammbo. JellyJam es una celebración de creatividad, diversión y amistad, que no se pueden perder. Para nosotras Rita, Bello, Mina, Goomo, Ongo, el Rey, la Reina y los dodos son parte de la familia. 




¿Te animas a engrosar con tus hijos la lista de adictos a las series?


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14 diciembre 2014

Pedir perdón


A medida que el tiempo pasa, Sara crece y todo cambia. No sólo lo obvio, como los cuidados, las conversaciones, las preguntas y los juegos. Sino también lo más profundo: las lecciones y retos, los desafíos emocionales, la necesidad de empatía, presencia y consciencia.  

Y esto supone que criar a mi hija me pone en evidencia. A medida que nuestra vida juntas se desarrolla, son mucho más claras y frecuentes mis carencias, mi faltas, mi limitada paciencia, mi enorme deseo de control y perfección. Veo todos mis errores ahí, juntos y revueltos, con una frecuencia alta y verdaderamente incómoda. Evidentes para mi y evidentes para ella que cuando yo los paso por alto (inadvertida o deliberadamente), los saca a la luz con desparpajo,  diciendo "mamá, ¿por qué estás gritando?", o "¿eso quiere decir que estoy castigada?". O, de una manera más sutil,  inventando historias, que no son más que la repetición de la situación que acabamos de vivir, en donde, tal cual como en una fábula, recita la moraleja que debo aprender (reconozco, que muchas veces ella tiene más claro que yo, lo que tengo que aprender). 

Tweet: Y en medio de esta maternidad real y accidentada, donde la culpa acecha sin descanso, pedir perdón nos salva.  Nos lleva de una relación de poder a un contacto desde el amor y la comprensión; y tiende una red que nos mantiene a salvo de las heridas involuntarias e inevitables de ser mamá e hija, de criar-nos. 

Tweet: Decir "lo siento" ha sido la mejor manera de aprender entre las dos que cometemos errores y que nos amamos a pesar de ellos , y que ninguna es una heroína perfecta e inmaculada, sino que somos mujeres hermosas y emocionalmente complejas, mágica y preciosamente humanas.

Pedir perdón es nuestra tabla de salvación. Y hemos aprendido a echar mano de ella siempre que lo necesitamos. Después de la ira, el desconcierto o el miedo, decir "lo siento, me equivoque, estuvo mal" nos humaniza, nos pone de nuevo cerca, de manera personal e íntima, de la manera como necesitamos estar. Nos vuelve seres reales, de carne y hueso, llenos de hermosos y malos momentos, eliminando las jerarquías y ese dañino estado de sumisión y control que muchas veces supone la maternidad.

Dis-culparnos, (disculparme con mi hija) nos libera y nos hace humildes e inmensamente vulnerables. Increíblemente y hermosamente vulnerables. Y en esa vulnerabilidad compartida sólo puede haber comprensión y empatía. En esos momentos, por fortuna, sólo predomina nuestro amor y la certeza de que en esa complejidad, sobrevive, se fortalece y crece de formas increibles e insospechadas.

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20 noviembre 2014

Cubos vacíos



Somos madres,
y estamos llenas de amor y de sueños,
pero también de miedos y de ansiedad.
Con nuestro hijo en brazos se nos exige pensar;
pensar en lugar de sentir... vivir, dar, sentir, amar.
La vida y sus habitantes llevan años diciéndonos
que no sabemos como ser lo que somos ahora.
Nos han metido en la cabeza que somos cubos vacíos que hay que llenar.
Recibimos consejos que nos invitan a pensar, a racionalizar, a decidir.
A dejar llorar, a ser egoístas, a no empatizar, a bloquear la compasión natural.
Cómo si ser mamá pasará por la cabeza,
cuando pasa por cada célula de nuestro cuerpo
de una manera que sólo se puede sentir
y que poco nos interesa explicar.

Somos madres y no somos cubos vacíos.
No necesitamos instrucciones, ni "escuela para padres".
Somos almas llenas esperando a ser libres para sentir,
para entregar, para dar, para amar.
No necesitamos de expertos.
Nuestros corazones son expertos en amar.

Somos madres y necesitamos libertad para vivir y para dar.
Para ser la madre que nos sale de las entrañas.
Para entender ese maravilloso mundo interior que nos llena de poder y fuerza.
Sin juicios, sin etiquetas, sin estereotipos.
Sin expectativas encasilladas en un modelo fallido que nos deja solas,
aisladas, sin tribu, sin leche, sin piel, sin conocernos, sin sentir-nos.

Somos madres sabias
pero ávidas de soporte y confianza,
de una ancla que posibilite entregarlo todo
y perdernos en nuestro mundo emocional.
De seguridad para conectar,
para destapar nuestro interior.
Sin miedo,
con certeza,
llenas de arrojo y valor,
con la seguridad interior de que no es necesario sabérselas todas.
Con la tranquilidad de que conectadas encontraremos,
naturalmente, nuestras propias respuestas.

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16 noviembre 2014

Mujeres Poderosas


Sonará pretencioso pero es cierto: las madres somos mujeres poderosas. No es que las que no tiene hijos, no lo sean. Es sólo que al convertirnos en madres, sin ninguna otra explicación, comenzamos a estar completamente seguras que somos capaces de hacer y enfrentar, todo aquello que se nos cruce en la vida.

La maternidad nos hace descubrir que siempre hemos tenido el poder de hacer lo que queremos, pero que nos faltaba confianza, certeza, arrojo y hasta ganas. Después de ser madres, las cosas tienen una perspectiva tan distinta, que ninguna montaña parece demasiado alta para poder ser escalada. Simplemente, comenzamos a sentir que somos capaces de dormir pocas horas al día, de emprender un nuevo negocio, de comer, dar teta y tuitear al mismo tiempo, de escribir un blog, o dos o tres... de hacer lo que siempre hemos soñado, lo que siempre hemos querido, de cumplir nuestros sueños y, al mismo tiempo, amar sin medida.

Y cuando nos sentimos así el universo conspira y todo parece encajar de manera perfecta para alcanzar lo que queremos. No digo que no existan problemas, ni mucho menos que no nos encontremos con dificultades y tropiezos. Es solo que, desde nuestra perspectiva, todo es simple y fácil de resolver. De repente todo se puede. Todo vale la pena. Nuestra actitud y disposición a que las cosas funcionen es tan clara y positiva, que todo se da. Es increíble palpar el poder que la maternidad despierta en nosotras. La capacidad de hacernos cambiar, de sacar lo mejor de todo y de todos. Las ganas de perseverar y sobreponernos que poseemos comienza a ser infinita.

Rodeada, física y virtualmente, de tantas mujeres poderosas, he terminado de confirmar que mi teoría, no es una teoría. Veo como se cumple a diario, todo el tiempo. Tengo la certeza de que lo que les digo no es simple palabrería, es pura realidad. Sin importar cuales sean los retos que la vida nos imponga, el poder que despierta en nosotras la maternidad, nos posibilita para salir adelante con optimismo, decisión, amor y felicidad. Lo veo en mi propia madre, en Bren, en Elva, en Oli, en Silvia, en mi vecina, en mis primas, en mis amigas, en el ejemplo que me dio mi abuela.

Así que quiero celebrarlas a todas. Celebrar su fortaleza y su arrojo, sus ganas y su valentía. Celebrar la maternidad como el mejor regalo que he podido recibir y que le a dado vida a una versión de mí que pocas veces imaginé y que, antes de ser mamá, ni siquiera soñaba con ser. 

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14 octubre 2014

Niña buena


Recuerdo que cuando era pequeña sólo quería ser una "niña buena". La recompensa era deseable: cariño y aceptación a raudales. Entonces, durante mucho tiempo fui una de esas mujercitas que van siempre bien puestas, que hacen caso sin dudarlo y que saben que el éxito de su papel radica en no molestar a los adultos. 

Ser niña buena tuvo sus pros y sus contras. Los pros creo que eran más para el entorno que me rodeaba: niña obediente y bien portada, cariñosa y complaciente, buena estudiante y cuidadosa. Los contras me pertenecían y aún, con alguna frecuencia, me pertenecen sólo a mí: miedo a fallar, pavor al que dirán, a no encajar, necesidad de aprobación, inseguridad.

Tal vez por eso de mamá, vivo en un constante debate interno. Me explico. Hoy, veo a mi hija y veo una niña que es de todo, menos una de esas "niñas buenas". Su espíritu está intacto, limpio y claro. Llena de una energía, incorruptible, imposible de chantajear, poderosa y muy temeraria. Veo como nos ama y al mismo tiempo como no nos teme. Como es capaz de opinar a su corta edad y de decir lo que piensa sin sentir ningún riesgo. Insistiendo en lo que desea con un fervor que pocas veces he tenido en mi vida. Nos escucha y observa con atención para luego recordarnos con toda autoridad que no somos coherentes y que, tal vez, estamos equivocados. Expresa su amor y su inconformidad a quien quiere, cómo y cuándo lo desea. Conclusión, hoy mi hija es muy distinta a una "niña buena" y eso me hace una mamá muy orgullosa.

Sin embargo, esto no quiere decir que todo sea color rosa. Amo descubrir a mi hija tan ella, tan genuina y con una capacidad inmensa de atreverse a todo, llena de autenticidad. Amo nuestra relación tan de tú a tú, sin temores ni malsanas expectativas de por medio. Pero tengo que reconocer también que muchas veces, a pesar de que sé lo que significa, me descubro deseando una niña dócil, calmada, una "niña buena". Quizá porque criar a una hija con este espíritu y voluntad no es una tarea sencilla y en medio del cansancio y de mi egoísmo, añoro una tarea más fácil y menos demandante, con una pequeña que juegue sola, que duerma sola, que me quiera mucho pero que me requiera poco.

Lo lógico sería que a una persona como yo este tipo de cosas ni se le ocurrieran. Pero ya ven, la lógica no tiene mucho espacio en la vida real. Y entonces yo, que sé la trampa que es ser esa niña complaciente que pospone sus deseos en aras de llenar las expectativas de los demás, a veces deseo una hija con esas características. Mis recursos emocionales me fallan y me traiciono. Y me sorprendo repitiendo muchos "no hagas", "quédate quieta", "no llores ahora", buscando la manera de una crianza menos demandante que me facilite la vida. Me descubro siendo de nuevo esa niña buena de antes en mi cuerpo de mujer adulta y de mamá abrumada.

Y resulta que lo que creía superado, no lo está del todo. Y en medio de la angustia todo tiene sentido. Porque esta fuerza de la naturaleza que es mi hija, me lleva de la mano a reflexionar, a sonreír montones, a respirar profundo antes de reaccionar, a entender que me tengo que fresquear mucho más, que aún me importa demasiado lo que los demás piensen de mi y de ella (como una extensión de mi misma) y que aún hay mucha "niña buena" que desterrar.


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09 septiembre 2014

Mamá celosa


Soy una mamá celosa y eso es un hecho. Nunca lo hubiera pensado pero soy de esas que se la pasan todo el día anhelando ver a su pequeña, pensando ¿qué estará haciendo?, ¿cuál será su última ocurrencia?, ¿con qué estará lidiando?, y sintiendo una opresión inmensa en el corazón por todo lo que se está perdiendo. 

Soy una mamá celosa y esta emoción me toma por sorpresa y no la comprendo. Esta mañana cuando llegó el bus del colegio y ella grito emocionada : "la ruta, la ruta", me dio mucha felicidad pero también mucho miedo. Miedo a montarla en un vehículo escolar en esta ciudad, miedo a no estar, miedo a perdérmela, a perdernos, a no disfrutar a su lado cada uno de estos nuevos momentos que le corresponde vivir con otros y sin mí. 

Soy una mamá celosa y no es fácil serlo. Estaría mejor tomarme todo con tranquilidad. Después de todo tengo una hija tranquila, segura, que se siente como pez en el agua en su nuevo colegio, que quiere asistir hasta los fines de semana, que se despide con un beso, un abrazo y una sonrisa en la boca. Y, como resultado, yo me siento celosa, desplazada, poco importante, abandonada, vacía.

Soy una mamá celosa y, al mismo tiempo, soy una niña insegura buscando atención. No entiendo muy bien como ni por qué pero esta etapa me conecta con ese lado mío que sólo yo sé que está vivo y que existe. Ese lado que se despierta en los momentos menos esperados y que me hace re-conocerme y re-descubrirme de maneras insospechadas. 

Soy una mamá celosa y tendré que aprender de este momento. Supongo que estoy acostumbrada a ser el centro de la vida de mi hija, y la entrada al colegio me enfrenta a otra realidad: eso está cambiando y con el tiempo cambiará mucho más. Y me niego a creerlo. Y, de alguna manera inconsciente, no quiero soltarla, soltarme y dejar que todo tome su curso, que fluya. 

Soy una mamá celosa y eso es lo que siento hoy... y espero poder darle a este sentimiento un curso acertado muy pronto. 


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02 septiembre 2014

El colegio grande


Pasado mañana comenzamos una nueva aventura. Y digo "comenzamos" porque esta es una nueva etapa para todos. Sara entra al colegio grande y la mezcla de sentimientos, por lo menos para mí, es un poco abrumadora: estoy feliz pero también preocupada, y un poco ansiosa, llena expectativas, conmovida y, por supuesto, muy emocionada. Todo al mismo tiempo y con una tendencia a incrementarse vertiginosamente, a medida que se acerca el momento. 

No me considero una madre sobreprotectora. De hecho, soy bastante tranquila y hasta "fresca". Sin embargo, llegó el colegio grande y con el un montón de temores y preocupaciones. Repentinamente se ha despertado en mi una faceta de madre ansiosa que hasta ahora desconocía, con una avalancha de preguntas que me rondan permanentemente: ¿y si no le gusta?, ¿y si son muchos niños?, ¿y si odia la comida o a las profesoras o si no hace amigos?, ¿y la madrugada y el desayuno, y la ruta, y las nuevas profesoras?, ¿y si no se adapta porque no es el colegio para ella?.... en fin, son tantas cosas que no hay como acabar de enumerar. Supongo que en unos días las cosas comenzarán a marchar viento en popa y leeré este post y no entenderé por qué me sentía de esta manera. Pero hoy quisiera instalar cámaras secretas por todo el colegio para estar al tanto de todos sus movimientos, o pedir vacaciones por 3 meses y solicitar trabajo en el colegio por el mismo periodo para estar a su lado o, simplemente, tener el tiempo para llevarla todas las mañanas y recogerla todas las tardes, y dedicarme el resto del día a ella, a escuchar sus historias, a consentirla mientras miramos juntas por la ventana de la sala.  Soy un manojo de pura ansiedad y nostalgia.

Por su parte, Sara está radiante y tranquila. Muere por llevar lonchera y usar uniforme por primera vez. No ve la hora de comenzar a aprender italiano y sueña con los nuevos amigos que está por hacer. Para ella, pasar del jardín al colegio es la confirmación tangible de que realmente es una niña grande. Y lo está asumiendo con la alegría, la valentía y el arrojo que la caracteriza. Pregunta todos los días si ya es "el día". Y me habla de lo que se imagina que hará y aprenderá y compartirá. Está feliz y eso debería ser suficiente para que yo estuviera tranquila. Pero no. Mi mente está alerta y no puede parar. Así que prometo contarles cómo nos va el primer día y cómo avanza todo. Deséennos (o mejor deséenme) suerte con el colegio grande. 


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23 julio 2014

Cierres


Sara pronto cumplirá sus 4 años. Está emocionada. Ya tiene conciencia de lo que significa. Sabe que está creciendo y eso la llena de una especie de "felicidad ansiosa-nerviosa". Sabe que pronto ya no habrá más jardín, que sus amigos de siempre ya no estarán ahí a diario y que se tendrá que enfrentar a otras experiencias en el colegio grande. Sueña con aprender italiano e inglés. Y con vestir uniforme por primera vez. Tiene plena consciencia de que realmente ya no es más una bebé. Pero no piensa mucho en lo que deja atrás. Como todos cuando niños, tiene mucho afán por crecer. Su cierre es fácil, natural. No tiene tantos apegos. Está feliz de volver a comenzar. 

Yo, por mi parte, ¡pronto cumpliré 4 años de ser mamá! 4 años que parecen una eternidad, una montaña rusa emocional, demasiadas cosas sentidas, vividas y aprendidas. Y ahora, es para mi también un nuevo comienzo. Ya no soy más la mamá de una bebé. De hecho, a veces creo que soy la mamá de una pequeña niña con rasgos muy pre-adolecentes. La maternidad para mi ahora es una aventura distinta, a ratos más difícil, inmensamente retadora pero también igualmente placentera. Una tarea constante de equilibrio entre mis necesidades como individuo y mis responsabilidades como madre, con reflexiones complejas, llena de voluntades y deseos enfrentados con una niña llena de determinación, carácter, claridad y ternura. Con un control diferente sobre las cosas (para mi que soy una controlador empedernida) o, de hecho, sin mucho control. Consciente de mi rol de madre pero también de las necesidades y responsabilidades que tengo conmigo misma como mujer. Con nuevos retos profesionales (cambio pronto de trabajo), con mucha felicidad pero también llena de nostalgia y algo de melancolía.

Así que estamos ad portas de terminar un hermoso ciclo. Es tiempo de cierres, de balances, de tener el corazón abierto y los sentidos despiertos, de agradecer, de dar amor, de estar felices por los lazos construidos, por todo lo entregado y todo lo vivido, recibiendo con muchas ganas lo nuevo que la vida tiene para nosotras. Plenas y a la expectativa por todo lo que nos espera.

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17 junio 2014

Sin ceder


Ayer, después de llegar a casa y seguir la rutina de siempre, estaba realmente agotada. Tu, en cambio, estabas llena de energía, espabilada, con ganas de seguir jugando, sin ninguna intensión de descansar. Pero era tarde y era hora de dormir. 

Y aunque yo no suelo ser tan estricta en esas cosas, ayer realmente no daba más. Así que después de ver mil veces el video que adoras, decidí apagar todo para tratar de bajarte las revoluciones. Pero tu sencillamente no querías dormir. Estabas cansada, eso era evidente, pero deseabas seguir como si fueran las 10 de la mañana. 

Y te frustró mucho mi decisión. Y lloraste, y te enfadaste, y pataleaste, me peleaste. Y yo, mientras, respiré mucho y muy profundo, y trate de estar, de hablarte, de no sentirme desesperada por tu llanto, de ponerme en tus zapatos sin ceder. No porque ceder esté mal, sino porque no era lo que necesitábamos en ese momento, porque muchas veces prefiero ceder, porque me queda fácil, lo mío contigo, es evitar el conflicto a toda costa y, en algunos momentos, es necesario estar, con amor, pero ser firme. 

Parece fácil. Se escribe fácil pero no lo es. Mantenerme firme cuando lo necesitamos es absolutamente necesario para las dos, para nuestra relación, para que ambas aprendamos. Para que descubras y le pongas nombre a tus emociones, y me digas después del llanto: "Mamá es que me siento triste", "Estoy fastidiosa", "Creo que estoy ansiosa". Para que aprendas que cuando no se puede lo que quieres es valido estar triste y sentirse frustrado. Que no complacerte no significa que no te ame. Es más, que cuando no puedo hacerlo o no debo hacerlo, te amo mucho más porque me cuesta, porque tu llanto me duele físicamente, porque mantenerme firme es un trabajo tremendamente difícil para mi. 

Parece fácil pero me resulta complejo aprender a entender tu inconformidad, a acompañarte cuando lloras, cuando estas furiosa y no pareces quererme tanto. Muchas veces te he contado lo que tu llanto trae en mí, esa sombra, la niña asustada, triste y furiosa que vive en mí y que me recuerdas, que no me gusta y que veo a través de ti en estas ocasiones.

Parece fácil pero es muy difícil ser firme y amorosa al mismo tiempo. Sin embargo, es posible y se siente muy bien. Porque a pesar de la dificultad y el miedo que siento, ayer lo logre, lo logramos. Y estoy feliz por eso, porque sé qué es un gran paso.

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29 marzo 2014

Mentir


Las madres mentimos, y mentimos mucho y a diario. Muchas más veces de lo que los demás siquiera se dan cuenta. Mentimos acerca de lo que sentimos, de lo que nos pasa. Porque una buena madre es fuerte y feliz, a pesar de todo, pase lo que pase. Mentimos cuando somos madres recientes o tenemos años siendo mamás. Mentimos acerca de donde duermen nuestros hijos, de cuantas veces se despiertan en las noches, de si toman teta o tetero, de si ya gatean o aún no caminan, de si con 3 años llevan pañal. Mentimos cuando nuestros hijos son unos bebés y seguimos mintiendo cuando crecen.

Y mentimos por temor. Nos sentimos inseguras, le tenemos miedo al juicio detrás de la pregunta, amenazadas por las palabras que ponen en duda lo que hacemos y decidimos como madres. La mentira opera para nosotras como una protección. Ninguna madre necesita más culpa en su vida, por eso mentir es quizá, la manera más fácil de sobrevivir a ciertas situaciones y seguir adelante. Nos ocultamos, de manera cómoda y segura, detrás de la mentira, sin darnos cuenta de lo que eso implica y representa. 

Y todo el tema nada tiene que ver con los demás se trata solo de nosotras mismas. Por que estoy segura de que en algún momento, al principio, todas intentamos ser sinceras y honestas, pero serlo implicaba un peso enorme, así que nos rendimos, nos cansamos, nos dio jartera, desidia, y resultó, aparentemente, mejor negocio decir lo que la gente quiere escuchar a decir lo que queremos, lo que nos pasa, la verdad.

Entonces es cuestión nuestra empoderarnos y dejar de mentir. Para ser libres de nuestros propios miedos, para ser las madres que queremos, las mujeres que deseamos, sin pensar mucho en los demás, visilizando, normalizando lo que todas sabemos, sentimos y ocultamos. Siendo nosotras mismas, sin silencios, con la confianza y la certeza de que nuestro instinto nos guía por el mejor de los caminos. Sin necesidad de protección, sin necesidad de ocultarnos.

Prometo intentarlo. Prometo dejar de mentir. 

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20 marzo 2014

Instantes



Ayer, temprano en la mañana, cuando estaba a punto de parquear, me tropecé con una mamá que iba con su bebé de brazos y su niña pequeña caminado por la acera. Por un momento nuestras miradas se cruzaron y nos regalamos una sonrisa sincera, de empatía y complicidad. 

Este pequeño encuentro desató en mí una nostalgia que hace rato no sentía. Unas ganas de ser la Zarina de hace dos años, la que estaba en casa, la que disfrutaba sus días entre pañales, tetadas y paseos al parque. Tuve de nuevo ese sentimiento tan conocido, que casi había olvidado porque no me visitaba hace bastante rato. Añoré, en medio segundo y con una intensidad arrolladora, una vida menos agitada, más hacia dentro, sin tanta exposición, enfocada en lo simple, en una felicidad predecible y sencilla. 

Lo curioso es que en ese instante en que mi ojos se cruzaron con los ojos de esta madre, pude ver en ella una nostalgia parecida a la mía. Mas bien noté la misma nostalgia pero en sentido contrario. Leí en su rostro unas ganas de poder salir de casa a vivir una vida adulta, llena de retos laborales, con la prisa de tener mil cosas en la cabeza, con "independencia", persiguiendo logros y reconocimiento público.

¡Qué ironía! Dos caras de una misma moneda. Dos madres, que se miran a los ojos y se leen tranquila y cristalinamente, que se entienden, que se envidian, que son felices, pero que al mismo tiempo están buscando más. Que en un instante y sin mediar palabra, ven el pasto de su vecina frondoso y mucho más verde que el propio, que pierden el foco o que, tal vez, encuentran su verdadera perspectiva. De instantes como estos, mágicos, poderosos y efímeros, se compone la vida.

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12 marzo 2014

Días oscuros



Llevo varios días en silencio. Varios días en el que las palabras se apilan en mi mente para quedarse allí enterradas, en la oscuridad profunda de mi alma, huyéndole a esta página en blanco. 

Estos han sido días difíciles, días oscuros, días sin palabras. Mi abuela murió hace dos días. Y con su muerte mi pesadilla recurrente de niña se hizo realidad. Mi mayor miedo de la infancia cobro vida de repente, ante mi mirada asustada e impotente. La mujer que me cuidó, que me acunó en su regazo, que me consintió, que me hizo sentir especial e inmensamente querida, que me enseñó a entregar sin esperar nada a cambio, que fue mi mamá cuando mi mamá no estuvo, se ha ido. Y yo estoy aquí, ahora, en este mundo, sin ella. Mi familia está ahora sin ella y todo se hace difícil. 

He sentido tanto en estos días que quizá, lo natural sería que tuviera mucho que decir. Pero la verdad es que no hay nada más difícil que darle cuerpo a los sentimientos a través de la palabras. Tal vez por que los sentimientos son un abstracto, un cúmulo de acontecimientos internos, particulares, personales, y las palabras son limitadas en este terreno. Simplemente, para mi, en estos momentos, se quedan cortas. Nada de lo que pueda escribir le hará justicia a lo que siento. 

Así que en este momento las palabras no existen. Solo hay vacío, y tristeza, y amor, y agradecimiento por haberla tenido cuando más lo necesitaba, por que hubiera podido conocer a Sara, por saberme amada por ella, por amarla sin medida y tenerla metida en mi alma y en mi corazón.

Te amo abuelita Carmen. Te amo ahora y para siempre. 


PD: Estos son los resultados del sorteo. Felicidades Beatriz. Pronto me pondré en comunicación contigo. :)



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08 febrero 2014

Insoportablemente simple


Mi hija tiene mucho carácter. Y aunque me encanta que así sea, tengo que reconocer que lidiar con este detalle deseable todos los días me está resultando un gran reto. Desde que comenzó a hablar la animé mucho para que aprendiera a tomar sus propias decisiones en cosas sencillas como la comida, el juego y la ropa. Todas las noches ella escoge que cuentos quiere leer, en muchas oportunidades decide lo que quiere comer y, a diario, elige como quiere vestir. Suena maravilloso, ¿cierto?. Y lo es, solo que de un tiempo para acá el tema de la ropa que quiere usar, se ha convertido en una película dramática con visos de película de terror. 

Cada noche, después de cepillarle los dientes y ponerle la pijama, llega la hora de sacar la ropa del día siguiente, y ella, por supuesto, tiene las ideas bien claras sobre lo que quiere usar y lo que no. Y resulta que siempre, por una u otra razón, la escena termina en llanto y tragedia. La ropa que quiere esta sucia, el pantalón que se le antoja ya no existe, la camisa que elige es inapropiada para el clima o para la ocasión. Y, mientras le explico porque el pantalón verde menta es historia o le hago la  sugerencia de que debería usar otra cosa, ella tiene un berrinche inmediato. Llora, grita y no escucha. Así de simple. Así de insoportablemente simple. Y toda la escena me supera. 

Yo, la mayoría de la veces respiro profundo y trato de hablarle, intento que entienda, la abrazo, la escucho, me esfuerzo por explicarle que no hay por que llorar, que tiene montones de cosas que usar, pero ella está tan ensimismada en su rabia que es prácticamente imposible que reaccione. Otras veces, lloro a la par, me enfurezco, grito.... Casi siempre después de 20 o 30 minutos de semejante locura, después de pasar por todos los estados y todos los intentos, se comienza a calmar y, o se decide por otra cosa, o acepta mi sugerencia, o simplemente lo deja y ya. Es agotador. Lo peor es que muchas veces a la mañana siguiente, simplemente cambia de opinión, y la ropa que termino escogiendo después del berrinche la noche anterior, resulta que ya no es lo que quiere, y todo vuelve a comenzar, con la presión del tiempo corriendo en nuestra contra. 

Como ya les había contado antes el llanto de Sara me descoloca, y esta es una muestra clara de que aún me queda mucho por trabajar al respecto. Supongo (y deseo con ansias locas) que todo esto es temporal y que pronto pasará. Por ahora, intento manejarlo con los recursos emocionales que tengo. Espero que por ahora sea suficiente.

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31 enero 2014

La lección


Me cuesta aceptar. Esa es una verdad muy mía, imposible de negar. No se porque pero siempre quiero hacer, cambiar, intervenir todo para que sea como yo quiero, para que esté a mi acomodo. Y resulta que mi empeño por moldear el mundo a mi manera, parece un disco rayado que me dice : "aprende a aceptar"

Lo duro, para mi, es entender que aceptar no quiere decir darse por vencida, resignarse o perder. Aceptar significa amar sin condiciones, recibir agradecida, estar sin esperar. Aceptar es relajarse; ser, sin falsas expectativas; dejar ser a los demás, sin esperanzas equivocadas. Aceptar es tolerar con una sonrisa, complacida por lo que la vida y lo que los demás tienen para nosotros, sin tristezas, sin frustración. Es saber que por fortuna, no todo es mi culpa, ni todo depende de mi. Es tirar esa carga pesada de responsabilidad  auto-impuesta, renunciar a la ilusión de perfección que he creado en mi cabeza, pensando que solo cuando las cosas sean como quiero, encontraré la felicidad. 

Aceptar es la lección que tengo que aprender. Es una lección del tamaño del mundo, que me invita a vivir más, a disfrutar mejor, a no forzar. A entender que muchas cosas son como son, por una razón que me sobrepasa. Y que no gano nada tratando de cambiar al que duerme conmigo en mi cama, o luchando contra la pequeña de 3 años que le encanta gritar y patalear cuando le cepillan los dientes, o negando las decisiones que tome y la vida que elegí, los pasos que me trajeron aquí.

Aprender a aceptar es un camino que estoy llamada a recorrer, por mi, por los que quiero, por mi hija. Es el camino que toca. Es la mejor manera de escubrir, que cuando aprendes a recibir sin esperar nada, sin miedo, no puedes encontrar nada más que felicidad.

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