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27 noviembre 2015

Todo llega


Vivimos en un mundo cortoplacista donde las cosas tienen que ser ya y ahora. Y, gracias a esa cultura de la inmediatez, muchas veces pensamos que todo vale con tal de conseguir nuestros objetivos. No queremos pagar el precio, no queremos ninguna espera. Se nos olvida que si trabajamos con amor y disciplina en lo que queremos, tarde o temprano, todo llega.


Yo lo he vivido en muchos sentidos. Soy impaciente por naturaleza y hace unos años, recién parida, me montaba en la báscula, veía mis 16 kilos de más y pensaba: “voy a hacer la dieta más estricta del mundo porque en 3 meses tengo que entrar en mis jeans talla 8 otra vez”. Estaba obsesionada con adelgazar. Pensaba que si comía 1.000 calorías y hacia 2 horas de ejercicio al día, todos los días, sería, en uno o dos meses, una esbelta mamá de revista.


Me da risa ahora, pero en ese momento estaba convencida. Tanto lo estaba que intente todas esas fórmulas extremas, sin ningún éxito, por supuesto. Se me olvidaba que esos 16 kilos los acumule durante 12 meses, que engordar es más fácil que adelgazar, que ya no tengo 15, que estaba amamantando, que las dietas exageradas no son lo más recomendable. En fin, el tema era mucho más complejo y con montones de variables.  Por fortuna, al poco tiempo recapacité y me relajé.


Entonces decidí comenzar a vivir para mi maternidad con mi nueva figura, y no para ser flaca otra vez. Me enfoque en lo que me hacía feliz, en mi hija, en mi familia, en mi blog, en mi nueva vida. Claro, sin dejar de trabajar en mi objetivo pero sin desesperarme, comiendo mejor, yendo al gimnasio una hora larga, cada vez que podía. Y solo cuando me tranquilice y me enfoque en lo realmente importante, poco a poco los kilos de más comenzaron a desaparecer.


Esta mañana mientras me vestía y pensaba: “¿en qué momento adelgace?”, entendí que si hacemos las cosas como corresponde, todo llega: la talla de tu pantalón, el hombre que esperas, el hijo que deseas, el trabajo que añoras, el tiempo que anhelas, la vida que sueñas. Todo llega si nos enfocamos, sin ansiedad, y trabajamos un poco todo los días por ello.


Hoy, me acuerdo de esos primeros meses, llena de frustración porque no bajaba ni una libra, desesperada porque nada me quedaba y veo, claramente, lo equivocada que estaba pensando que, en ese momento de mi vida, iba a encontrar la felicidad en la talla de mi pantalón y no en el tamaño de mi corazón, en todo lo que mi mente y mi alma necesitaban recibir y entregar.


Me miro a mi misma, y a pesar de esta pequeña victoria siento que tengo mucho aún que trabajar al respecto. Miro a mi alrededor y veo un montón de mujeres igual que yo, dejando de vivir su vida por cuestiones similares, porque quieren resultados ya y ahora sin pagar el precio, sin hacer el trabajo, sin en enfocarse en lo importante, pensando que parte de la felicidad está en llenar las expectativas físicas e intelectuales que los demás tienen de nosotras.

Por eso necesito recordar, permanentemente, que el control de mi vida lo tengo yo y que la solución de aquello que no me gusta (mi peso, mi casa, mi trabajo, mi vida) está en mis manos, y que si le dedico el tiempo, la constancia y el esfuerzo requerido, las cosas cambian y todo, absolutamente todo lo que queremos, llega.


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10 septiembre 2015

Envejecer


Ayer de repente me descubrí de pie, frente al espejo, observando como en mis ojos comienza a notarse que ya no tengo 25. Si, se me nota. Yo lo noto y, supongo, que los demás también. La verdad es que los años llegan y no podemos hacer nada para detenerlos. Sin embargo, solo caemos en cuenta de esta realidad cuando, de un día para otro, observamos con sorpresa que tenemos unas cuantas líneas debajo del párpado o que cuando reímos, se nos marcan muchas más cosas que nuestra sonrisa encantadora.

Recuerdo la 1era vez que le vi una arruga a mi mamá. Yo debería tener unos 11 o 12 años, y un día observando su rostro caí en cuenta que ya no se veía tan fresco y lozano como siempre, que no se veía como el que conocía de toda la vida, que no se veía como el mío. Simplemente ahora era diferente. Tenía unas pequeñas arrugas alrededor de los ojos que la hacían ver mayor, igual de hermosa, pero mayor. Creo que mi mamá tenía, más o menos 32 años. La misma edad que tengo yo ahora. Ese día con 12 años entendí que mi mamá no era una niña, que estaba envejeciendo, que se estaba pareciendo mucho más a las mamás de mis amigas, que físicamente no sería la misma siempre, que llegaría el día que envejecería.

Hoy, racionalmente, he caído en cuenta que yo estoy recorriendo el mismo camino. Que todos lo estamos haciendo. Puede parecer obvio, pero hasta ahora lo siento así. Y aunque envejecer nunca me ha preocupado demasiado, ya que estoy segura que las mujeres (y los hombres también) podemos ser hermosos y encantadores sin importar la edad, ayer sentí por primera vez, que el tema era conmigo.

Antes hablaba de este asunto desde la seguridad y la distancia de la juventud. Ahora, cuando transcurro por mis 30s, creo que me llego la hora de saber que se siente ver realmente los años reflejados en tu rostro y en tu figura. No es que me sienta vieja, ni mucho menos anciana. De hecho me sorprende la capacidad que tengo de hacer mil cosas, de aprender, de reinventarme. Pero el hecho es que ya deje de ser una mujer joven y estoy en el tránsito de ser una mujer madura. Me leyeron: Una mujer madura. ¡Eso son palabras mayores! 

Y si, estoy sorprendida, sin miedo ni preocupación pero sorprendida y con la pensadera alborotada. Por eso, esta mañana, mientras detallaba otra vez mis incipientes líneas de expresión, comencé a pensar en mi, en mi vida, en mi sueños cumplidos y por cumplir, en mi hija, en los demás hijos que quisiera tener, en el e-book que tengo a medias y no he terminado de escribir, en mis proyectos, en la ciudades del mundo que me falta conocer, en mis padres, en mi abuela que ya no está, en mi relación de pareja, en mi futuro... ¡ahh! claro, y también en donde conseguiré una crema antiarrugas mucho más efectiva que me ayude a dilatar un poco lo inevitable. Por fortuna, este camino hacia la madurez toma su tiempo y aún me quedan unos añitos más para digerirlo y acostumbrarme a ello.

Este post fue publicado en "De mujer a mujer" en abril de 2012. Aplicaba hace 3 años, y también aplica hoy perfectamente.

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20 noviembre 2014

Cubos vacíos



Somos madres,
y estamos llenas de amor y de sueños,
pero también de miedos y de ansiedad.
Con nuestro hijo en brazos se nos exige pensar;
pensar en lugar de sentir... vivir, dar, sentir, amar.
La vida y sus habitantes llevan años diciéndonos
que no sabemos como ser lo que somos ahora.
Nos han metido en la cabeza que somos cubos vacíos que hay que llenar.
Recibimos consejos que nos invitan a pensar, a racionalizar, a decidir.
A dejar llorar, a ser egoístas, a no empatizar, a bloquear la compasión natural.
Cómo si ser mamá pasará por la cabeza,
cuando pasa por cada célula de nuestro cuerpo
de una manera que sólo se puede sentir
y que poco nos interesa explicar.

Somos madres y no somos cubos vacíos.
No necesitamos instrucciones, ni "escuela para padres".
Somos almas llenas esperando a ser libres para sentir,
para entregar, para dar, para amar.
No necesitamos de expertos.
Nuestros corazones son expertos en amar.

Somos madres y necesitamos libertad para vivir y para dar.
Para ser la madre que nos sale de las entrañas.
Para entender ese maravilloso mundo interior que nos llena de poder y fuerza.
Sin juicios, sin etiquetas, sin estereotipos.
Sin expectativas encasilladas en un modelo fallido que nos deja solas,
aisladas, sin tribu, sin leche, sin piel, sin conocernos, sin sentir-nos.

Somos madres sabias
pero ávidas de soporte y confianza,
de una ancla que posibilite entregarlo todo
y perdernos en nuestro mundo emocional.
De seguridad para conectar,
para destapar nuestro interior.
Sin miedo,
con certeza,
llenas de arrojo y valor,
con la seguridad interior de que no es necesario sabérselas todas.
Con la tranquilidad de que conectadas encontraremos,
naturalmente, nuestras propias respuestas.

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16 noviembre 2014

Mujeres Poderosas


Sonará pretencioso pero es cierto: las madres somos mujeres poderosas. No es que las que no tiene hijos, no lo sean. Es sólo que al convertirnos en madres, sin ninguna otra explicación, comenzamos a estar completamente seguras que somos capaces de hacer y enfrentar, todo aquello que se nos cruce en la vida.

La maternidad nos hace descubrir que siempre hemos tenido el poder de hacer lo que queremos, pero que nos faltaba confianza, certeza, arrojo y hasta ganas. Después de ser madres, las cosas tienen una perspectiva tan distinta, que ninguna montaña parece demasiado alta para poder ser escalada. Simplemente, comenzamos a sentir que somos capaces de dormir pocas horas al día, de emprender un nuevo negocio, de comer, dar teta y tuitear al mismo tiempo, de escribir un blog, o dos o tres... de hacer lo que siempre hemos soñado, lo que siempre hemos querido, de cumplir nuestros sueños y, al mismo tiempo, amar sin medida.

Y cuando nos sentimos así el universo conspira y todo parece encajar de manera perfecta para alcanzar lo que queremos. No digo que no existan problemas, ni mucho menos que no nos encontremos con dificultades y tropiezos. Es solo que, desde nuestra perspectiva, todo es simple y fácil de resolver. De repente todo se puede. Todo vale la pena. Nuestra actitud y disposición a que las cosas funcionen es tan clara y positiva, que todo se da. Es increíble palpar el poder que la maternidad despierta en nosotras. La capacidad de hacernos cambiar, de sacar lo mejor de todo y de todos. Las ganas de perseverar y sobreponernos que poseemos comienza a ser infinita.

Rodeada, física y virtualmente, de tantas mujeres poderosas, he terminado de confirmar que mi teoría, no es una teoría. Veo como se cumple a diario, todo el tiempo. Tengo la certeza de que lo que les digo no es simple palabrería, es pura realidad. Sin importar cuales sean los retos que la vida nos imponga, el poder que despierta en nosotras la maternidad, nos posibilita para salir adelante con optimismo, decisión, amor y felicidad. Lo veo en mi propia madre, en Bren, en Elva, en Oli, en Silvia, en mi vecina, en mis primas, en mis amigas, en el ejemplo que me dio mi abuela.

Así que quiero celebrarlas a todas. Celebrar su fortaleza y su arrojo, sus ganas y su valentía. Celebrar la maternidad como el mejor regalo que he podido recibir y que le a dado vida a una versión de mí que pocas veces imaginé y que, antes de ser mamá, ni siquiera soñaba con ser. 

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28 mayo 2014

Treinta y cinco


Mañana cumplo años. 35 años para ser exacta. Y tengo que reconocer que me aterroriza un poco crecer y volverme mayor. No por las arrugas, ni por los kilos de más o las canas. No. Más bien por el tiempo que pasa tan rápido, por la vida que avanza y que, con el tic tac del reloj, se acorta.

Me parece que la vida es muy corta. Eso es lo único que pienso desde que, hace unas semanas atrás, caí en cuenta de que ahora sí soy una mujer adulta. Ya no tengo que jugar más a ser adulta. Resulta que ahora sí lo soy, lo siento y sé que lo soy. Y con esta adultez, a la que aún no me acostumbro y que, irónicamente, me parece bastante prematura, llegan claridades y certezas inesperadas, dudas y anhelos ocultos, deseos de explorar y de arriesgarme, ganas de vivir con más intensidad, simplemente por que la vida es un milagro inmenso y finito.

Así que la víspera de convertirme en una mujer de 35 años, con la pensadera activada y el corazón pleno, tengo solo razones para celebrar, para recordar, para avanzar, para crecer, para seguir sintiendo con intensidad, para llorar, para sufrir, para darlo todo, para ponerme al límite, para descubrir, para ser la de siempre, para ser mucho más, para disfrutar, para fracasar, para sufrir, para hacer solo lo que quiero, para obligarme a hacer lo que debo, para sorprenderme, para añorar, para bailar y cantar, para aprender, para enseñar, para desear, para amar, para vivir. Para ser quien quiero ser. Para ser feliz.

Felices 35 a la mujer que soy y a la mujer que fui.

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08 enero 2014

Recuento

Vuelvo 15 días después con un post que debí haber publicado la víspera de año nuevo. La verdad es que he estado tan metida en descansar que, aunque lo tenía en mi cabeza desde mucho antes que repuntara el 2014, solo hasta hoy he sentido ganas de sentarme a escribirlo.


Este año que se acaba de terminar fue realmente intenso para mi. Estuvo lleno de gratos reencuentros y descubrimientos. Si lo analizo en retrospectiva fue como una montaña rusa: una gran consecusión de momentos intensos de felicidad y realización, rodeados de muchos cambios que implicaron frustración, tristeza y dolor. 

2013 fue el año en el que deje de ser la madre fusionada que estaba habituada a ser. De alguna manera recupere la mujer que siempre he sido, con un impetú y una fuerza que nunca había sentido. La misma de siempre con un "no se que" que me ha regalado la maternidad y que me hace sentir realmente a gusto conmigo misma. Soy la misma y soy otra. Y todos estos cambios, del fin del puerperio y de la vida misma, implicaron cosas que pueden parecer sencillas pero que para mi fueron emocionalmente muy complejas. Cosas como el fin de la lactancia; el colecho; el jardín tiempo completo; comenzar a buscar y decidir colegio; aprender a confiar en mi, pero principalmente en Sara; intentar fluir para entenderme y entender a mi niña; renunciar a mis ansias de perfección; mirarme y procurar aceptarme con mis luces y mis sombras para descubrir lo maravilloso de este camino juntas.

Este año descubrí, gracias a ella (y sin anestesia), que me falta mucha paciencia, que su llanto me trasporta a los peores lugares que he conocido, que su sonrisa lo cura todo, que yo puedo con la vida que he elegido, que puedo ser manipuladora y chantajista y que eso no está cheveré, que nuestra felicidad sabe a sal y huele a mar, que no vale la pena pensar en el futuro cuando me estoy perdiendo del presente, que no he vencido a la culpa (y que tal vez, nunca la venza), que soy su modelo de mujer y que mi autoestima su legado, que nuestra conexión sobrevive por que es fuerte aunque ahora sea diferente, que mi cuerpo es sabio y que puedo entenderlo y leerlo si me tomo el tiempo, que soy poeta y que ella es la inspiración para hacer poesía, que la felicidad es un estado que decido yo independiente de cual sea la situación, que soy " La mamá de Sara" pero sigo siendo "Zarina". 

Espero que este año que llega también esté lleno de montañas de aprendizaje, disfrute, tristeza, frustración, reflexión, reencuentros y momentos increíbles. Espero que el amor sea la fuerza que guíe mis actos y mis pensamiento.Confío en que así sea.


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24 octubre 2013

Mujeres Madres

Para nosotras, las protagonistas de una revolución silenciosa.



Imposible sentirme más identifica y reflejada. Gracias a Cami por difundirlo y a Las Casildas por ayudarnos a visibilizar lo que somos y sentimos las mujeres madres, y lo maravillosa y confrontadora qué es la maternidad.

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09 octubre 2013

Sigues aquí


Pasan los días y sigues aquí. No me molestas, de hecho a menudo alegras mis días trayendo recuerdos que no quiero olvidar, cosas que ya abría archivado si no estuvieras. Pasan los días y sigues aquí. Algunos días más presente, otros ligeramente perceptible. He leído que es normal - aunque inusual- que no hayas desaparecido, y me pregunto, si no será que mi mente o mi añoranza de otras épocas es lo que te mantiene viva y fluyendo en mis pechos. 

Pasan los meses y la verdad es que estoy tan acostumbrada a tenerte conmigo que casi olvido que a pesar de que Sara no mama, continuas produciéndote dentro de mi. Y, pienso, ¿por qué sigues acá?, ¿cuanto más durarás?, ¿qué tengo que aprender?, ¿qué me quieres enseñar? Y te siento y lo sé. 

Si recapitulo, tengo la certeza de que ahora te conozco mejor que antes. Y a través de esta observación inconsciente de ti, he descubierto como cambias con mi ciclo, como estás viva y como mi cuerpo acoge tu vitalidad y se nutre de ella de mil maneras distintas, en cada momento del mes. Como haces crecer el volumen de mis curvas, como a veces eres clara y otras, espesa, aceitosa y mucho más oscura. Estás tan viva. Y ese sentimiento me confirma mi propia fuerza, haciéndome sentir viva, útil, fértil. 

Pasa mi vida, nuestras vidas y sigues aquí. Y no tengo idea de cómo será cuando no estés. De cómo sentiré tu vacío después de que has ocupado tanto espacio físico y emocional en mis días. Por que no estarás para siempre, no necesitas estar para siempre. Así que disfruto y trato de entender lo que me regalas, hoy, ahora, aquí: conexión conmigo misma, conversaciones con Sara que antes eran imposibles, conocimiento de mi cuerpo, de su poder, de nuestro maravilloso poder.  

Gracias por llegar, seguir aquí y permanecer el tiempo necesario.

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17 julio 2013

El camino


Cuando comencé esta aventura de ser madre nunca imaginé la dimensión del asunto en el que me estaba metiendo. No imaginaba la felicidad y mucho menos los retos emocionales y personales que enfrentaría. Era imposible saber las fibras del alma que tocaría, los recuerdos que despertaría, las ideas que nacerían en mi cabeza y crecerían en mi alma, de manera tan fuerte e instintiva. 

Tampoco sabía que me descubría niña, sola, desamparada, triste, egoísta, manipuladora, impositiva, queriendo hacer todo a mi manera, solo a mi manera. Y este descubrimiento ha sido, tal vez, el más importante. El más duro y difícil, pero el más importante. Por que me ha permitido ver de frente esa mujer poco luminosa que también soy. Esa parte que oculto con mucha habilidad pero que existe, y que no es tan linda y deseable. Ese lado, mi lado poco amable, que no sabe y no quiere conciliar, que cree que ceder es perder, que encuentra la manera de salirse con la suya a como de lugar, que esta seguro de tener la verdad revelada y la razón. Demasiado convencido y seguro de eso. 

Y entonces, en medio de la vida que han sido estos tres años de ser mamá solo hasta ahora he logrado entender la dimensión de este camino. Los regalos y los increíbles retos que me trae. La responsabilidad que enfrento conmigo misma, que es directamente proporcional a la responsabilidad que tengo para con mi hija. Lo mucho que tengo que enderezar, y trabajar, e integrar. Las heridas que tengo que sanar. La potencia de mis deseos y de mis ganas de agradar. El miedo que me ahoga. Lo mucho que tengo que seguir buceando en mi para conocerme, entenderme y aceptarme. Para tratar de llegar a un lugar más honesto y claro, donde no soy la "niña perfecta", donde soy simplemente yo, con todo lo que este paquete implica, sin juzgarme, sin sentir culpa o malestar. Consciente de mi ser en todas sus dimensiones, con lo bueno y lo no tan bueno, con mis cualidades y mis defectos, con mis aciertos y mis errores, con mis capacidades y mis inmensas incapacidades. Tratando de alcanzar una visión personal un poco más real y objetiva, que me permita transitar de una manera distinta, dejando de exigirme lo imposible, estando aquí y ahora, perdonando y perdonándome, dando sin esperar nada cambio, enseñándole a mi hija con hechos más que con palabras. Entendiendo que mi maternidad es un camino de autoconocimiento que puedo aprovechar y capitalizar al máximo.

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08 julio 2013

Modelo de mujer


Estos días he pensado mucho en el modelo de mujer que soy para mi hija. La veo crecer, y cada día que pasa es evidente que me observa con detenimiento y me imita en cosas aparentemente superficiales (como mi manera de hablar y de vestir, mi manía de decir gracias por todo y a todos), así como en cosas más de fondo (actitudes, reacciones, posturas frente a una u otra cosa). Y entonces, he comenzado a cuestionarme mucho. A pensarme más como mujer, no tanto como madre, esposa o hija. A observarme, simplemente como el ser que soy y a preguntarme por los mensajes tácitos que le trasmito, por mi amor propio y mi autoestima, por la visión que tengo de mi cuerpo y de la belleza, por el ser humano femenino que soy a diario, no racionalmente sino realmente. Tratando de verme sin juzgarme, buscando identificar, con claridad y sin excusas, mi lugar en este mundo, con el único fin de sentirme tranquila y cómoda, no para ser un modelo "perfecto" o " bueno" de mujer (no creo que eso realmente exista) sino para que a través del encuentro conmigo misma pueda llegar a estar más conectada y a ser más auténtica, más honesta y real, más humana e imperfecta. Ojalá algún día lo logre, por que se que este es el camino que me exige mi existencia y que le debo a mi hija.

Paseando por la blogósfera me topé con este post de Proyecto Alegría, que a propósito de este tema, reproducía una carta que Kasey Edwards escribió para su mamá. Me ha parecido clara, fuerte y reveladora, por eso la comparto aquí nuevamente, como una oportunidad de abrir los ojos y observarnos como seres humanos y como modelos de hombres y mujeres que somos para nuestros pequeños hijos.

“Querida mamá,
Cuando tenía 7 años descubrí que eras gorda, fea y horrible. Hasta ese momento había creído que eras preciosa – en todos los sentidos de la palabra. Me recuerdo ojeando viejos álbumes y mirando fotos tuyas sobre la cubierta de un barco. Llevabas puesto un bañador blanco sin tirantes que me parecía súper glamuroso,  parecías una estrella de cine. Cada vez que tenía oportunidad sacaba de tu último cajón ese maravilloso bañador blanco e imaginaba el día en que sería lo suficientemente mayor para llevarlo; el día en que me parecería a ti.
Pero todo eso cambió una noche en que, vestidas las dos para ir a una fiesta, me dijiste: “Mírate, tan delgada, tan guapa y tan preciosa. Y mírame a mi, gorda, fea y horrible.”
Al principio no entendía qué querías decir. “Tú no estás gorda” te dije con fervor e inocencia, “Sí, cariño, yo siempre he estado gorda, incluso cuando era niña”.
En los días que siguieron tuve algunas revelaciones dolorosas que han marcado toda mi vida. En los días que siguieron aprendí que:
1.  Efectivamente debías estar gorda porque las madres no mienten.
2.  La gordura es fea y horrible.
3.  Cuando creciera me iba a parecer a ti y por lo tanto yo también sería gorda, fea y horrible.
Años más tarde recordé esta conversación y todas las que le siguieron y te maldije por sentirte tan poco atractiva, por ser tan insegura y por considerarte tan poco valiosa. Porque, como mi primer y más importante modelo a seguir, me enseñaste a pensar lo mismo sobre mi persona.
Con cada mueca de disgusto que dedicabas a tu imagen en el espejo, con cada nueva dieta milagrosa que iba a cambiar tu vida, con cada cucharada culpable de “realmente-no-debería”, aprendía que las mujeres debían ser delgadas para ser validas y merecedoras. Las chicas tienen que privarse porque su mayor contribución al mundo es su belleza física.
Al igual que tú, he pasado mi vida sintiéndome gorda. ¿Pero cuándo se convirtió la gordura en un sentimiento? Y porque pensaba que estaba gorda, sabía que no era valida.
Pero ahora que soy más mayor y que yo también soy madre, sé que culparte por el odio que siento hacia mi cuerpo es inútil e injusto. Ahora puedo entender que tú también eres producto de un largo y nutrido linaje de mujeres a las que enseñaron a despreciarse a si mismas.
Fíjate en el ejemplo que la yaya sembró en ti. A pesar de poseer ese tipo de belleza y elegancia que solo puede considerarse como esquelética, estuvo a dieta todos y cada uno de los días de su vida hasta el día en que murió con 79 años. Solía maquillarse incluso para salir a coger las cartas del buzón por miedo a que alguien pudiera verla sin pintar.
Recuerdo su “compasiva” respuesta cuando le anunciaste que papá te había dejado por otra mujer. Su primer comentario fue “No puedo entender por qué te ha dejado. Te cuidas y te pintas los labios. Y es verdad que tienes sobrepeso, pero no tanto.”
Antes de irse, papá tampoco te proveyó de ningún bálsamo para calmar tu tormento sobre tu aspecto físico.
“Jesús, Jan” le oí decirte “No es tan difícil. Energía hacia dentro contra energía hacia afuera. Si quieres perder peso solo tienes que comer menos.”
Durante la cena de esa noche te vi poner en práctica la cura para perder peso de papá. “energía hacia dentro contra energía hacia afuera: Jesús, Jan, ¡come menos!”. Habías preparado chow mein para cenar y a todos nos serviste en platos llanos, a todos excepto a ti misma. Tu ración de Chow Mein la serviste en un platillo de café.
Mientras estabas sentada delante de esa patética ración de comida te resbalaban lágrimas silenciosas por las mejillas, y yo no te dije nada. Ni siquiera cuando tus sollozos aumentaron de intensidad y hacían que te temblaran los hombros. Nosotros nos comimos nuestra cena en silencio. Nadie te consoló. Nadie te dijo déjate de ridiculeces y sírvete una ración decente en un plato decente. Nadie te dijo que ya eras amada y merecedora de ese amor. Tus logros y tu valía – como profesora de niños con necesidades especiales y como dedicada madre de 3 hijos – palidecían hasta hacerse insignificantes comparados con los centímetros de cintura que no podías perder.
Me rompió el corazón ser testigo de tu desesperación y siento no haber corrido a defenderte. Ya había aprendido que el hecho de que estuvieses gorda era culpa tuya. Había incluso oído a papá decir que perder peso era un proceso “simple” y aún así tú no parecías ser capaz de entenderlo. La lección obtenida fue que no te merecías comer más y desde luego no te merecías ninguna simpatía.
Pero estaba equivocada, mamá. Ahora entiendo lo que significa crecer en una sociedad que dice a sus mujeres que la belleza es lo más importante mientras al mismo tiempo establece unos parámetros de belleza que están permanentemente fuera de su alcance. También conozco el dolor de haber interiorizado estos mensajes.  Nos hemos convertido en nuestros propios carceleros y nos infligimos nuestros propios castigos por no estar a la altura. Nadie es más cruel con nosotras que nosotras mismas.
Pero esta locura tiene que acabar, mamá. Termina contigo, termina conmigo, y termina ahora mismo. Nos merecemos más – mucho más que un montón de días arruinados por pensamientos negativos sobre nuestros cuerpos deseando que pudiesen ser de otra manera.
Porque ya no tiene que ver solo contigo y conmigo, ahora también tiene que ver con Violet. Tu nieta solo tiene 3 años y no quiero que el odio hacia su propio cuerpo eche raíces dentro de ella y estrangule sus posibilidades de ser feliz, su confianza en si misma y su potencial. No quiero que Violet piense que su belleza es su mayor virtud; que será la que defina su valía para el mundo. Cuando Violet nos mire para aprender cómo ser mujer, tenemos que ser los mejores modelos posibles. Tenemos que enseñarle con nuestras palabras y acciones que las mujeres somos suficientemente buenas tal y como somos. Y para que nos crea, tenemos que creérnoslo nosotras.
Cuanto más mayores nos hacemos más son las personas amadas que hemos perdido debido a accidentes o enfermedades. Sus muertes son siempre una tragedia y suceden demasiado pronto. A veces pienso en lo que estos amigos  – y las personas que les amaban – no darían por poder pasar un poco más de tiempo en un cuerpo sano. Un cuerpo que les permitiría vivir un poco más. El tamaño que tendrían los muslos de ese cuerpo o las arrugas que tendría esa cara, no tendrían ninguna importancia. Sería un cuerpo vivo y por lo tanto perfecto.
Tu cuerpo también es perfecto. Te permite conquistar a una habitación entera con solo una de tus sonrisas y contagiar a todo el mundo que haya en ella con tu risa. Te permite tener brazos con los que rodear a Violet y achucharla fuerte hasta que no puede parar de reír. Cada momento que pasamos preocupándonos por nuestros “defectos” físicos estamos malgastando una preciosa rebanada de vida que no podremos recuperar.
Honremos y respetemos nuestros cuerpos por todo lo que nos permiten hacer en vez de despreciarlos por su apariencia. Concentrémonos en vivir vidas saludables y activas, dejemos que el peso caiga donde tenga que caer y consignemos al pasado, que es donde pertenece, el odio hacia nuestros cuerpos.
Cuando hace todos esos años miraba esas fotos tuyas con el bañador blanco, mis ojos inocentes aún podían ver la verdad. Yo veía amor incondicional, belleza y sabiduría. Veía a mi madre.
Te quiero
Kasey”

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12 junio 2013

Para bien y para mal


He estado alejada, y la gripa es la culpable.

Llevo dos semanas con ella acuesta, y ha sido pesada, muy pesada, pero también, en algunos casos, me ha hecho la vida más ligera.

La gripa es la culpable de mi creciente impaciencia pero también de mi atención extrema. 

Y de que el mal genio se haya instalado y se me note a leguas. 

De mis ganas de llorar y de sentir a millón, como si el mundo se fuera a acabar. Y de reconocer que a veces no puedo con todo... si, yo no puedo con todo.

De forzarme a bajar el ritmo y calmarme, por qué se me estalla la cabeza. De aprender a pedir ayuda y a delegar y a confiar.

De sacar tiempo para estar y para pensar, y también de mandar todo al cuerno por qué estoy harta y no aguanto más. 

De volver a conversar, en la cama, con la cabeza en la almohada como hace tanto, como siempre.

De dedicarme a mi casa y a esos detalles que el día a día agitado no me deja ver. 

Y de pasar noches enteras en vela por que respirar es casi imposible de hacer.

La gripa me regalo un fin de semana junto a mi hija, con mi esposo, en familia. Sin compromisos sociales ni obligaciones que distraen, permitiéndonos almorzar juntos,  dormir temprano y levantarnos un poco más tarde. 

Pero también ha sido una compañera insufrible que a traído de nuevo al monstruo, que me hace gritar y ser esa mamá que odio ser... ese ser lleno de mala energía que lo repele todo, absolutamente todo.

Y acá estoy, tratando de sobrevivir a ella, con afán de sacármela de encima pero no se logra. Y ella está feliz, a sus anchas, acomodada y nada que se va. Sigue aquí, viviendo entre nuestra cobijas, colándose en el desayuno y en la comida, para bien y para mal. 


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17 abril 2013

Ser mujeres sabias

Me tropecé con este fragmento en un blog que frecuento mucho y no pude resistirme a compartirlo en este, mi espacio. Tal vez con la intensión de hacer eco, quizá con el propósito de repetírmelo a mi misma para no olvidarlo.



Una vez escuche a un monje budista decir que si querías que tu vida fuera un desastre, salieses a buscar la felicidad fuera de ti. Entonces tu vida se iba a hacer tan complicada que ibas a añorar tus viejos problemas. Creo que tenía razón. Buscar ser felices en las relaciones con los demás, en las circunstancias laborales o económicas, en la consecución de logros... no es nada práctico y muy poco realista. Si quieres tener una vida plena de verdad, con esa felicidad que emana por la simplicidad de estar viva, busca en tu interior. Atraviesa tus capas de dolor y miedo y encuentra el espacio en el que la plenitud surge, sin más, como parte de lo que eres. 

REGLAS DE LAS MUJERES SABIAS

Las mujeres sabias no viven quejándose, generan cambios.
Las mujeres sabias son atrevidas
Las mujeres sabias tienen buena mano con las plantas
Las mujeres sabias confían en su intuición y respetan la de los demás
Las mujeres sabias meditan diariamente y están en comunión con su interioridad
Las mujeres sabias defienden con firmeza lo que más les importa
Las mujeres sabias disciernen su camino también con el corazón
Las mujeres sabias dicen la verdad con compasión
Las mujeres sabias escuchan su cuerpo
Las mujeres sabias improvisan y juegan
Las mujeres sabias no imploran de manera dependiente
Las mujeres sabias se ríen juntas
Las mujeres sabias saborean lo positivo de la vida y lo comparten con sencillez

Tomado del libo: "Las Brujas no se quejan"- Jean Shinoda Bolen -

PD: espero encontrar pronto el libro para no quedarme únicamente con este fragmento


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15 abril 2013

Lamento

Lo siento hija mía, lo siento.
Siento no ser lo que necesitas, siento no llenar tus expectativas.
Lamento no estar para ti todo el tiempo. Lamento estar aquí pero no realmente presente. Lamento olvidar como simplemente "estar".
Lamento no coincidir con tu padre.
Lamento ser un bando.
Lamento querer tanta o más atención que la que tu esperas.
Lamento competir contigo, con tu padre y con el mundo entero.
Lamento no estar a veces feliz y no ser siempre positiva.
Lamento estar llena de rabia y haberte regañado como en automático, diciendo y haciendo cosas que no me gusta, que detesto de mi misma.
Lamento no tener fuerzas para luchar, y querer que seas una que no eres, ser quien no soy.
Lamento haber deseado que el tiempo se detuviera, o que se devolviera, para saltarme este pedacito de vida que a veces no me cuadra y que me sabe amargo. Lamento no poder tragarme el mal sabor para no transmitirte mi desencanto.
Lamento mi falta de decisión y de claridad, que te afectan y te generan incertidumbre.
Lamento no ser honesta y firme, y saberme defender y explicar, como la adulta que soy.
Lamento ser un fiasco más veces de lo necesario y sentirme aplastada por mis propias palabras, por mis altas expectativas, por las expectativas gigantes de los otros, por un mundo que espera no sé que tantas cosas de mí.
Lamento ser de nuevo una niña asustada, invadida de soledad.

Quisiera que todo fuera más sencillo. 
Quisera haber tomado mejores decisiones.
Quisiera que ser tu mamá, que ser la madre que quiero, la mujer que espero, fuera lo mismo que ser la madre que necesitas. 
Pero no es lo mismo y no es sencillo. 
Y en el intento de que coincidan, me caigo en un profundo y oscuro hoyo que parece no tener salida. 
Y dejo de ser. 
Y soy otra, gris, tenue, débil, vengativa, herida, fracasada, vencida. 
Y el sentido de todo cambia a uno egoísta, uno solo mío, profundamente egoísta.
Y me pregunto si vale la pena tanta lucha. Si hacer de mi vida, de nuestra vida una batalla campal es la manera. Si mi sueño es una utopía. Si mi esfuerzo me mina. Si estoy en guerra y tu eres el botín de la misma. 
¿En qué momento comenzó esta guerra?

Lo lamento Sara, lo lamento mucho. Y espero que algún día leas este blog, repases estas líneas y me entiendas un poco y, quizá comprendas que mi deseo es hacer las cosas lo mejor que puedo, confiando en lo que creo pero que a veces, o más bien muchas veces, no lo logro, no es fácil, no me sale. Y no se que hacer con esto, no se que hacer contigo, no se que hacer conmigo misma.


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04 febrero 2013

La huella del abandono


Recuerdo que desde pequeña me cuesta mucho, muchísimo, las despedidas. Recuerdo, como si fuera hoy, la angustia que me daba despedirme de mi abuela a los 6 años después de unas largas vacaciones. O el vacío inmenso que sentí cuando mi mamá estuvo trabajando en otra ciudad por casi un mes, a los 10. Y la soledad que viví a los 16 cuando dejé mi casa y me mude a la "gran ciudad". Decir adiós, desde siempre, me ha enfrentado a unos sentimientos que me cuesta digerir y procesar, y de los que, tengo que reconocer, he huido durante casi toda la vida. 

Desde que soy mamá, la cosa no ha cambiado. Más bien diría que va en franco incremento con visos de no encontrar un "pare" en el camino. Al principio, mi niña era una bebé, yo estaba siempre con ella y ella estaba siempre conmigo, así que los sentimiento no tenían fisura alguna por donde aflorar. Luego, con la entrada al trabajo y la llegada del jardín, regresó la inevitable despedida y reviví de sopetón esa angustia que había olvidado. Con los días se fue disipando, diluyendo, dando paso a cierta calma o, quizás mejor, a la costumbre. Pero, la angustia sigue presente, no desaparece del todo realmente. Más bien a comenzado a ser un sentimiento permanente con el que (odio decirlo), me estoy acostumbrando a con-vivir. 

Tal vez por eso, decidí no huirle más y gracias a esa decisión, poco a poco, el panorama parece aclararse. Así que me propuse enfrentar para entender. Quiero entender. Entender qué pasa y por qué me pasa. Entender qué es ese "no se que" que no se va aún, pero que espero me abandone algún día (o más bien, espero permitirme dejarlo ir muy pronto). Quiero entender para tratar de superar.

Y en ese laberinto de preguntas sin lógica ni orden aparente, logre un avance. No se por que no lo había notado antes. O más bien, si lo había hecho, pero lo había "ignorado" deliberadamente, restándole importancia. Y hace unas semanas, cuando Sara volvió al colegio lo entendí. Lo sentí, como lo siento desde que la dejo todas las mañanas en su jardín, pero esta vez no lo deseche, le dedique un rato y lo vi. Pude identificar con claridad que el momento exacto en que la dejo allá, dispara "ese no se que" dentro de mi. Y no se trata de ella, es decir, no es por que ella este mal, por que se quede llorando o algo por el estilo. No, ella se queda feliz siempre, y yo me voy con ese "no se qué" alborotado, siempre. Y me puse a pensar y, de repente, recordé que me pasa lo mismo con ciertas canciones infantiles. Solo escucharlas me genera de inmediato ganas de llorar, de llorar de verdad a moco tendido. Me alborotan también ese "no se que" sin explicación.

Y así comencé a identificar más cosas, situaciones, momentos, disparadores de la angustia, de mi "no se qué". Cosas que remueven algo en mi inconsciente despertando esa sentimiento que no entiendo. Entonces lo que parece obvio es que no se trata de ahora, se trata de mi pasado, de mis recuerdos que no recuerdo porque la memoria no me da. Es un recuerdo de abandono. De abandono puro y simple. Es su huella que tengo muy grabada y marcada, y que aflora acercándome a mi propia niña sola y triste, a través de mi hija. Que debe ser de mi infancia temprana. De esa niña pequeña que lloraba mucho, que no estuvo con su mamá el 1er año, que recibió poca teta, que se vestía y bañaba sola, que extraño a su abuela casi toda su infancia, que conoció el jardín muy pero muy pequeña, y quizá no quería quedarse allí. Eso es lo que yo me imagino, o más bien lo que siento. Ahora falta mucho, mucho más que entender y enfrentar. Pero ya estoy en el camino.  

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