15 septiembre 2013

Conexión



Estamos conectadas desde siempre, desde el primer instante en mi vientre, desde la primera vez que te tuve en mis brazos. Sin embargo hemos crecido, no somos las mismas. Ya no estamos fusionadas como antes, como si fuéramos una sola. El vínculo permanece seguro pero todo ha cambiado, mucho, demasiado rápido.

Las horas diarias separadas también nos pasan factura. Me concentro montones en el trabajo, y aunque no me olvido de ti, me resta energía para reconectarnos a mi regreso. Me cuesta reconectarme contigo a mi regreso. Hay días que son perfectos. Fluímos simplemente y esas dos horas antes de irte a dormir son el mejor regalo. Otros, todo es caos: vamos en contravía, no te entiendo, no me entiendes, desastre total. Y después que lo superamos y te duermes, me pregunto: ¿por qué todo tiene que ser tan complicado?

A veces quisiera devolver el tiempo a cuando eras una pequeña bebé. Pero ya no eres una bebé. Nos corresponde afrontar lo que somos ahora. No me mal entiendas, no es que no me gusté: adoro tu manera de ser, tu carácter, tu nobleza. Me encanta que podamos tener nuestras conversaciones y las maravillas con las que sales, tu punto de vista y tus ganas de verlo y conocerlo todo. Eres otra persona, independiente y distinta. Y eso demanda mucho más de mí, sobretodo emocionalmente hablando. Tienes derecho a disentir, a querer algo diferente, a exigirme más atención y presencia. Y muchas veces no lo logro. Estar siempre en balance no es fácil. No se me da natural y, la mayoría de las veces, me agota el esfuerzo.

Sin embargo, nuestra conexión sobrevive, muta, se adapta pero se mantiene. Confieso que he temido que se rompa y que no tenga remedio. Esos días en los que el enfrentamiento reina, lo temo más que nunca. Entonces me afano y trato de sanarnos, de darte espacio, de tomar mi espacio, pero dejando pistas para que no olvides que nos tenemos a pesar de cualquier cosa, de las peleas y lo desacuerdos.

Siento que nuestro vínculo es lo más preciado que tenemos. Y he comprobado que es bien fuerte. Sin embargo, ahora tengo la certeza, de que mantenerlo vivo y saludable, depende de mi. De mi capacidad de sentir empatía, de respirar hasta 10 antes de reaccionar, de ejercitar a diario el difícil y esquivo don de la paciencia, de amarte de manera incondicional, consciente del respeto que mereces, de la niña que eres, desterrando el egoísmo que a veces siento, aprendiendo a desconectarme y recargarme de energía con tu sonrisa, descifrando la manera de sortear todos los retos que me pones, intentando una y otra vez, sin rendirme.

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