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14 diciembre 2014

Pedir perdón


A medida que el tiempo pasa, Sara crece y todo cambia. No sólo lo obvio, como los cuidados, las conversaciones, las preguntas y los juegos. Sino también lo más profundo: las lecciones y retos, los desafíos emocionales, la necesidad de empatía, presencia y consciencia.  

Y esto supone que criar a mi hija me pone en evidencia. A medida que nuestra vida juntas se desarrolla, son mucho más claras y frecuentes mis carencias, mi faltas, mi limitada paciencia, mi enorme deseo de control y perfección. Veo todos mis errores ahí, juntos y revueltos, con una frecuencia alta y verdaderamente incómoda. Evidentes para mi y evidentes para ella que cuando yo los paso por alto (inadvertida o deliberadamente), los saca a la luz con desparpajo,  diciendo "mamá, ¿por qué estás gritando?", o "¿eso quiere decir que estoy castigada?". O, de una manera más sutil,  inventando historias, que no son más que la repetición de la situación que acabamos de vivir, en donde, tal cual como en una fábula, recita la moraleja que debo aprender (reconozco, que muchas veces ella tiene más claro que yo, lo que tengo que aprender). 

Tweet: Y en medio de esta maternidad real y accidentada, donde la culpa acecha sin descanso, pedir perdón nos salva.  Nos lleva de una relación de poder a un contacto desde el amor y la comprensión; y tiende una red que nos mantiene a salvo de las heridas involuntarias e inevitables de ser mamá e hija, de criar-nos. 

Tweet: Decir "lo siento" ha sido la mejor manera de aprender entre las dos que cometemos errores y que nos amamos a pesar de ellos , y que ninguna es una heroína perfecta e inmaculada, sino que somos mujeres hermosas y emocionalmente complejas, mágica y preciosamente humanas.

Pedir perdón es nuestra tabla de salvación. Y hemos aprendido a echar mano de ella siempre que lo necesitamos. Después de la ira, el desconcierto o el miedo, decir "lo siento, me equivoque, estuvo mal" nos humaniza, nos pone de nuevo cerca, de manera personal e íntima, de la manera como necesitamos estar. Nos vuelve seres reales, de carne y hueso, llenos de hermosos y malos momentos, eliminando las jerarquías y ese dañino estado de sumisión y control que muchas veces supone la maternidad.

Dis-culparnos, (disculparme con mi hija) nos libera y nos hace humildes e inmensamente vulnerables. Increíblemente y hermosamente vulnerables. Y en esa vulnerabilidad compartida sólo puede haber comprensión y empatía. En esos momentos, por fortuna, sólo predomina nuestro amor y la certeza de que en esa complejidad, sobrevive, se fortalece y crece de formas increibles e insospechadas.

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29 marzo 2014

Mentir


Las madres mentimos, y mentimos mucho y a diario. Muchas más veces de lo que los demás siquiera se dan cuenta. Mentimos acerca de lo que sentimos, de lo que nos pasa. Porque una buena madre es fuerte y feliz, a pesar de todo, pase lo que pase. Mentimos cuando somos madres recientes o tenemos años siendo mamás. Mentimos acerca de donde duermen nuestros hijos, de cuantas veces se despiertan en las noches, de si toman teta o tetero, de si ya gatean o aún no caminan, de si con 3 años llevan pañal. Mentimos cuando nuestros hijos son unos bebés y seguimos mintiendo cuando crecen.

Y mentimos por temor. Nos sentimos inseguras, le tenemos miedo al juicio detrás de la pregunta, amenazadas por las palabras que ponen en duda lo que hacemos y decidimos como madres. La mentira opera para nosotras como una protección. Ninguna madre necesita más culpa en su vida, por eso mentir es quizá, la manera más fácil de sobrevivir a ciertas situaciones y seguir adelante. Nos ocultamos, de manera cómoda y segura, detrás de la mentira, sin darnos cuenta de lo que eso implica y representa. 

Y todo el tema nada tiene que ver con los demás se trata solo de nosotras mismas. Por que estoy segura de que en algún momento, al principio, todas intentamos ser sinceras y honestas, pero serlo implicaba un peso enorme, así que nos rendimos, nos cansamos, nos dio jartera, desidia, y resultó, aparentemente, mejor negocio decir lo que la gente quiere escuchar a decir lo que queremos, lo que nos pasa, la verdad.

Entonces es cuestión nuestra empoderarnos y dejar de mentir. Para ser libres de nuestros propios miedos, para ser las madres que queremos, las mujeres que deseamos, sin pensar mucho en los demás, visilizando, normalizando lo que todas sabemos, sentimos y ocultamos. Siendo nosotras mismas, sin silencios, con la confianza y la certeza de que nuestro instinto nos guía por el mejor de los caminos. Sin necesidad de protección, sin necesidad de ocultarnos.

Prometo intentarlo. Prometo dejar de mentir. 

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02 octubre 2013

Quiero crecer


Soy la mamá de una niña de 3 años. Una niña, que a veces no parece tan niña, y que ayer en medio de su frustración porque no la dejaba ver más televisión me dijo: "Mamá quiero crecer". Al escucharla no pude decir nada, simplemente atiné a abrazarla, mientras sonreía llena orgullo. Me emociona pensar que mi pequeña esta creciendo. Me alegra evidenciar que con esas tres palabras me dijo, sin vacilación, que quiere tomar sus propias decisiones. Y eso tiene un significado inmensamente importante. Es la prueba reina de que la fusión de la diada madre-hija ha terminado y, precisamente por eso, Sara tiene perfectamente claro que es un ser independiente, distinto a su mamá y que puede -y tiene el derecho- de querer, sentir y pensar diferente a mi. Tiene claro que no está en la obligación de complacerme, y que podemos disentir, sin dejarnos de respetar y amar.

Reconozco que sería mucho más fácil y cómodo tener un hijo alineado con mamá. Sería más sencillo tratar de convencerla de que yo soy la dueña de la verdad y la razón, y que, por lo tanto, lo que ella quiera o piense no tiene mucha importancia. En definitiva, implicaría para mi un trabajo menos demandante e intenso, en la crianza diaria. Sin embargo, el costo para mi pequeña sería demasiado alto: adormecería su voluntad, minaría su autoconfianza, destruiría su deseo natural de ser en función de su propia existencia y anhelos personales. Yo misma fui una niña muy pendiente de complacer a mamá y a los demás. Con más miedo a fallarles, que a renunciar a mis sueños. Así que sé exactamente de que les hablo y no es nada sencillo.

No quiero decir con esto que pasar de criar a una bebé "obediente" y "sumisa", a criar una niña "rebelde" y "voluntariosa", sea simple. La realidad es que para mi representa un reto de proporciones inmensas. Es un esfuerzo permanente de empatía y respeto, que implica una dosis gigante de consciencia y paciencia, que muchas veces no tengo y no se de dónde sacar. Implica trabajar en lo que más me cuesta. Ejercitar mi capacidad de negociación. Aprender que merece, desde ya, tomar muchas decisiones de su vida por si sola: qué desea comer, cómo se quiere vestir, que le gustaría jugar o hacer. Implica aprender a lidiar con el sentimiento absurdo de inconformidad que estos desacuerdos cotidianos me generan. Requiere explicarle con amor por qué algunas veces la respuesta es "no", y que eso no significa que su deseo no se valido, que la desprecie por eso, o que la amé menos.

Oficialmente puedo decir que soy la mamá de la niña que quiere crecer, y me siento feliz y complacida  por eso.

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15 septiembre 2013

Conexión



Estamos conectadas desde siempre, desde el primer instante en mi vientre, desde la primera vez que te tuve en mis brazos. Sin embargo hemos crecido, no somos las mismas. Ya no estamos fusionadas como antes, como si fuéramos una sola. El vínculo permanece seguro pero todo ha cambiado, mucho, demasiado rápido.

Las horas diarias separadas también nos pasan factura. Me concentro montones en el trabajo, y aunque no me olvido de ti, me resta energía para reconectarnos a mi regreso. Me cuesta reconectarme contigo a mi regreso. Hay días que son perfectos. Fluímos simplemente y esas dos horas antes de irte a dormir son el mejor regalo. Otros, todo es caos: vamos en contravía, no te entiendo, no me entiendes, desastre total. Y después que lo superamos y te duermes, me pregunto: ¿por qué todo tiene que ser tan complicado?

A veces quisiera devolver el tiempo a cuando eras una pequeña bebé. Pero ya no eres una bebé. Nos corresponde afrontar lo que somos ahora. No me mal entiendas, no es que no me gusté: adoro tu manera de ser, tu carácter, tu nobleza. Me encanta que podamos tener nuestras conversaciones y las maravillas con las que sales, tu punto de vista y tus ganas de verlo y conocerlo todo. Eres otra persona, independiente y distinta. Y eso demanda mucho más de mí, sobretodo emocionalmente hablando. Tienes derecho a disentir, a querer algo diferente, a exigirme más atención y presencia. Y muchas veces no lo logro. Estar siempre en balance no es fácil. No se me da natural y, la mayoría de las veces, me agota el esfuerzo.

Sin embargo, nuestra conexión sobrevive, muta, se adapta pero se mantiene. Confieso que he temido que se rompa y que no tenga remedio. Esos días en los que el enfrentamiento reina, lo temo más que nunca. Entonces me afano y trato de sanarnos, de darte espacio, de tomar mi espacio, pero dejando pistas para que no olvides que nos tenemos a pesar de cualquier cosa, de las peleas y lo desacuerdos.

Siento que nuestro vínculo es lo más preciado que tenemos. Y he comprobado que es bien fuerte. Sin embargo, ahora tengo la certeza, de que mantenerlo vivo y saludable, depende de mi. De mi capacidad de sentir empatía, de respirar hasta 10 antes de reaccionar, de ejercitar a diario el difícil y esquivo don de la paciencia, de amarte de manera incondicional, consciente del respeto que mereces, de la niña que eres, desterrando el egoísmo que a veces siento, aprendiendo a desconectarme y recargarme de energía con tu sonrisa, descifrando la manera de sortear todos los retos que me pones, intentando una y otra vez, sin rendirme.

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24 julio 2013

Ten paciencia mamá


El domingo pasado, que estuvo muy movido por cierto, Sara se acostó inusualmente temprano. Tipo 5:30 de la tarde pidió pijama, cena y ella solita se arrunchó en la cama para caer profundamente de inmediato. 11 horas después de sueño profundo, ya estaba despierta y enérgica. 11 horas después eran la 4:30 de la mañana, y mientras yo estaba en lo más profundo de mi descanso, (me acosté rozando las 12 de la noche), una vocecita me despertaba y me decía que quería jugar y desayunar y hablar y ver tele y leer cuentos y jugar con la pelota y tomar cafecito y hablar sin parar. 

Yo, zombie y muerta de sueño y cansancio, solo atinaba a decirle que era de noche, que había que dormir. Ella, con una voz decidida y llena de ganas, insistía e insistía con toda la voluntad del mundo, sin escucharme en lo más mínimo. Al principio pensé que era cuestión de unos segundo para que se volviera a dormir, pero no. Ella estaba totalmente descansada y lucida, y con ganas de comenzar el día en medio de la noche. Yo, en cambio, hecha una piltrafa humana solo atinaba a contestarle con monosílabos y a decirle: "Si. No. Es hora de dormir".

Así pasaron unos pocos minutos (que parecieron largas y tortuosas horas) y mi paciencia, la poca paciencia que tengo en esas circunstancias a las 4:30 a.m, se consumió en un santiamén. Y el monstruo, ese que vive en mí, ese que también soy yo, se despertó furioso, y asomó la cabeza altivo, alzando la voz, y con aire de superioridad y suficiencia, diciendo tajantemente: "No más Sara!!!!! No más!!! a dormir!!! Ya es suficiente!!!"

Y mi hija, esa pequeña que en pocos días cumple 3 años, en lugar de ponerse a llorar o armar pataleta como hubiera sido normal, llena de calma y muy lúcida, me puso la manito en la cara para decirme de manera pausada: "Ten paciencia mamá, ten paciencia". Y fue como si de repente se hubiera hecho la luz. Sus palabras simples y sencillas dieron justo en el blanco, así de la nada, con una simpleza que parecía magia y que me tocó el alma.

Después simplemente la abrace y ella, como habiendo terminado una misión importante, no hablo más y se durmió. Yo en cambió no pude pegar el ojo de nuevo. No pude dejar de pensar en su sabio consejo, en que su respuesta llena de luz, es quizá la respuesta a muchas de las preguntas que me hago ahora, en cómo me ve tal y como soy, sin disfraces ni máscaras, en cómo es mi mejor maestra cada día que pasa.

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06 diciembre 2012

El poder del silencio

Me cae como anillo al dedo. Así que imposible no compartirlo. Seguro a muchos de ustedes también les resonará en los oídos. ;)



El silencio es una invitación a la experiencia directa. 
Sin palabras de por medio. Desplegados en el eterno ahora.
Este es el idioma preferido por los recién nacidos, y desde que eras un bebé lo conoces - aunque lo hayas olvidado.

En silencio, puedes sentir tu Guía Emocional más claramente. Puedes escuchar tus pensamientos, y elegirlos más deliberadamente. ¡Diez segundos de silencio pueden transformar una conversación!

Hoy en día, a medida que interactuas con los niños y con otras personas, observa cuánto tiempo puedes pasar sin hablar. Haz un juego de esta tarea:

  • Habla menos, pero comunícate más - sin palabras pero intuitivamente.
  • Utiliza el lenguaje corporal y el tacto, en lugar de palabras.
  • Cuando tengas una pregunta, trata de "sintonizarte" con la respuesta en lugar de preguntar.
  • Si suena el teléfono mientras estás "en la zona ", ignóralo.
  • Boca: cerrada. Corazón: abierto.

El objetivo de este juego es divertirse descubriendo el montón de comunicación que es posible sin palabras - "sintiendo" las cualidades de la presencia y la conexión más allá de lo verbal.

Un pensamiento más:
El silencio ES un sonido, al igual que cero ES un número. No es nada. 
Cuando estás realmente presente, el silencio puede decir mucho más que las palabras.

The power of silience por Scott Noelle. Tomado de Enjoy Parenting.

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03 diciembre 2012

El peso de la sombra

He estado durante varios días con un sinsabor en el estomago que me molesta. No se bien que es, ni como procesarlo. Me despierta en las noches y me desconcentra en las mañanas. Me hace sentir insegura, temerosa, tímida. Me lleva a lugares que había olvidado y que pensaba que no conocía. Me reclama silencio, reflexión, soledad. Y yo no he encontrado la manera de darle curso, de permitirle seguir su camino, de concentrarme en ese "no se que" para que salga adelante. No he encontrado el espacio, o no he querido hallarlo. No lo sé. 

Lo que si sé es que, irónicamente, esta penumbra, que no se nombrar, me conecta de manera especial con mi hija. Sé que ella siente mi "no se que". Sé que lo lee en mi piel. Lo comprende mucho mejor que yo. De hecho lo manifiesta abiertamente, a su manera, retándome, forzándome, llorando sin razón, llevándome sin sutilezas por la ruta que me reclama. Es mi guía. 

Mientras, yo hago lo que puedo. Yo, intranquila, turbia, indecisa, temerosa, trató de tomar su mano y seguirla...pero me cuesta. Mis sombras me pesan, me duelen... y me cuesta. Y no sé como hacer para perder el miedo al dolor y seguir, y recordar, y conectarme con mi niña sola, herida, madurada biche y a la fuerza, llorona, ronca, aparentemente independiente, sola.. muy sola.  

Por fortuna estás tu, mi princesa. Y no tengo opción. 

En otra época de mi vida esto que me pasa solo sería un malestar de unos pocos días, sin mayor trascendencia, por que me falta valentía. Pero estás tú, que me obligas a no obviar el camino, a vivir este proceso, a recordar lo impronunciable, a organizar mis recuerdos, sin importar el dolor, sin importar el tiempo que tome, para ser la mujer que tengo que ser, la madre que tu te mereces, la esposa que deseo. Para poder comprender por qué a veces tu llanto me desestabiliza, por qué temo perderte casi a diario, por qué a veces no tengo resto suficiente para sostenerte, ni la paciencia necesaria para las cosas de tu padre, por qué huyo más veces de las que quisiera, por qué hay días que no me hallo en mi propia piel.

Por fortuna no tengo opción y estoy en el camino. Tratando de mirarme a los ojos, de limpiar las lagrimas de mi niña, tratando, tratando cada segundo, llevando luz a mi sombra, para entenderla, para ver el panorama despejado, claro, para que no pese tanto.

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18 junio 2012

Perdidas y ganancias

                                           Source: images.piccsy.com via Lisa on Pinterest


Husmeando por mis mensajes de facebook, me encontré con uno que escribí hace, más o menos, tres años, en uno de los momentos más difíciles que me ha tocado vivir: la perdida de mi bebé. Mi amiga, a la que le escribí en ese momento, enfrentaba también una etapa dolorosa: ver sufrir a los que amas, sin poder hacer absolutamente nada. 

Hoy, cuando el tiempo ha pasado y mi vida es otra, lo leo y mis sentimiento son diferentes. Me siento capaz de compartirlo con ustedes, con la certeza del dolor vivido y las cicatrices de un vacío inmenso, que siempre, siempre, guardaré en lo profundo de mi alma. Por que para mí ese diminuto bebé fue real, existió y lo fue todo. Y ahora vive en mí para siempre.

Y hoy, en parte gracias a él, sé que a pesar de todo, del tiempo, de los nuevos comienzos y de los finales felices, el "cuerpo" de nuestra existencia es un mar infinito lleno de momentos duros e inmensas felicidades, construido a punta de perdidas y ganancias que nos marcan, que nos cambian, que son reales y que nos hacen ser quienes somos, en este preciso instante.

5 de junio de 2009

Hola.
Lamento mucho la perdida de tu amiga. Me alegra mucho ser la parte buena de una noticia como esa. Entiendo perfectamente lo que dices cuando hablas de ilusiones y planes derrumbados en un segundo. Lamentablemente perdí el bebé hace 12 dias. Estuve incapacitada varios días, pero ya estoy mucho mejor, en todos los sentido.
Para bien o para mal, así es la vida. Y aunque ahora el dolor no nos permita entender ni visualizar con claridad por qué nos pasan ciertas cosas, el tiempo es el único que, poco a poco, nos descubre las razones de todo. Que bueno que tu amiga cuente contigo.
Quiero que sepas que tu mensaje también es una muy buena noticia para mi. 
Le doy tus saludos a mi esposo.
Un abrazo.
Zary.

24 mayo 2012

Sin prisa



Me encanta ver crecer a Sara. Disfruto ver sus fotos de cuando era una bebé y compararlas con las que tengo ahora que está a punto de ser una niña. Ayer precisamente miraba algunas de ellas. Fotos de cuando tenía solo 4 meses. La recordaba pequeña, hermosa, con una sonrisa enorme, con unos cachetes gigantes, sin un pelo en la cabeza y llena de rollitos por todas partes. 

La miro, ahora dormida aquí a mi lado, y me parece mentira que este tan grande. Repito: me encanta ver como está creciendo. Y tengo que reconocer que, aunque cada uno de sus avances me llena de felicidad y orgullo, no tengo ninguna prisa de que crezca y deje de ser mi pequeña. Tal vez por que tengo la certeza de que cada uno de los momentos de este tiempo que estamos viviendo a su lado, no se repetirá jamas. Entonces he decidido disfrutarlo todo, sin apresurar nada de nada. 

Así se me han pasado estos, casi, dos años. Y a medida que avanza el tiempo, confirmo mi teoría de vivirla, a medida que crece, sin ninguna urgencia ni prisa. Disfrutando las cosas buenas, las buenísimas y las que, a ojos de los demás, no lo son tanto. Viviendo el día a día, el presente, las trasnochadas, los cambios de pañal, los berrinches (que ya están llegando), los balbueceos, las palabras, las frases, su carácter, su energía, su voluntad.

Lo repito otra vez: no me interesa que Sara crezca. O mejor dicho, no me interesa que crezca más rápido de lo que tenga que crecer, cumpliendo expectativas ajenas sobre lo que tiene o no que hacer a su edad. Por eso, no me preocupa mucho si se supone que debe hablar ya o si, según algunos, le llegó la hora de dejar el pañal. Mi único interés es dejarla que avance a su ritmo, que descubra el mundo como ella quiera. Que madure y supere las etapas a su debido tiempo, sin presiones ni expectativas sobre dimensionadas. Mi único fin es ser su mamá y que ella sea mi hija, hoy y ahora. Mañana...mañana será otro día.

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17 mayo 2012

También me pasa

No sé a ustedes pero a mi también me pasa que después de un día agitado, lleno de mil cosas y mucho trabajo, no puedo desconectarme al llegar a casa, para simplemente estar. Me pasa que los días transcurren demasiado rápido y, en un abrir y cerrar de ojos, se me escapan, casi sin haberlos disfrutado. Me pasa que no tengo tiempo para muchas cosas, y me canso y me agoto y pierdo la paciencia. Y sueño cosas extrañas y, a pesar de haber dormido, me levanto cansada.

También me pasa que soporto poco y espero mucho. Y añoro poner la mente en blanco y no pensar en nada. Y me descubro un tanto molesta, perdida, pensando en el pasado, ignorando sin querer el presente. Deseando realidades irreales, desperdiciando las energías en utopías. Y entonces, trato de concentrarme y centrarme, dándole el valor justo a las cosas y a las situaciones. Porque sé con certeza que nada es tan grave, que todo pasa, que cuando el horizonte se ve negro, realmente no lo es tanto, es solo el efecto distorsionado del cansancio, el desespero, la impaciencia.

Y de repente el mundo se ilumina. La risa desenfrenada de Sara aclara la bruma. El tiempo se detiene y la mente parece por fin encontrarse nuevamente, viendo claramente lo que vale la pena, lo que le da sentido a todo, viendo una pequeña niña correr, llorar, reír, hablar, descubrir el mundo. Un abrazo de mi esposo me conforta. Y ahora el sol brilla y el resto de universo pierde importancia. Y el mundo se detiene nuevamente. Por un momento ya no gira. Y sé que soy afortunada. De repente, tengo la certeza de mi fortuna, por que sé que a pesar del cansancio y de la falta de tiempo, y de los aparentes problemas, vivo una vida maravillosa, llena de personas valiosas, de momentos perfectos, de sonrisas eternas. 

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19 abril 2012

Solo Sara

Debido a un proyectico nuevo que tengo entre manos y que espero compartir pronto con ustedes, comencé a buscar entre mis toneladas de archivo fotográfico una foto mía, reciente, donde estuviera sola. Esta tarea, que parecía tan sencilla se convirtió en "misión imposible" ya que simplemente no existe tal foto. La última fotografía que tengo, en la que estoy sola, creo que debe ser de hace como 3 años largos. Todas las fotos recientes que tengo son con Sara, y no crean que son muchas, de hecho creo que no alcanzan ni siquiera a ser una docena. 

Recuerdo que, en una época no tan lejana, la situación era totalmente opuesta. Antes de quedar embarazada lo normal era que tuviera mil fotos mías, recién salidas de la cámara o el celular, de donde podía escoger. Solo si miraba mi perfil de facebook podía encontrar montones. Ahora únicamente tengo fotos de Sara en todas las versiones: sola, conmigo, con papá, con la tía, con los abuelitos y así ... solo fotos de Sara. Y este hecho, aparentemente carente de importancia y significado me ha hecho reflexionar, una vez más, en lo mucho que he cambiado desde que soy mamá. O más bien en lo diferente que es mi perspectiva de la vida y de las cosas.


Si miro hacia atrás, mis días antes de Sara, me son casi incomprensibles. Me cuesta entender como creía estar completa cuando me faltaba ella. Me veo en retrospectiva y claramente el centro de mi vida era únicamente yo. Yo era la protagonista de esta historia en primerísima primera persona. Me, myself and I en su máxima expresión. 

Ahora me cuesta montones pensar de esa manera. Mi computadora llena de fotos de mi pequeña es una de las tantas evidencias de que he dejado de ser el centro de mi propia vida. El teleobjetivo ha dado la vuelta. La perspectiva de la toma ha virado 180 grados. Ahora mi interés está fuera de mi y camina, habla, crece, me da besos y me sorprende todos los días. Eso no quiere decir que no tenga claro que cada una es una persona independiente y que yo solo soy el copiloto de su vida, la persona que va a estar allí, siempre a su lado, para ayudarla a actuar correctamente y a tomar las mejores decisiones. Simplemente por ahora, y tal vez por muchísimo tiempo -quizás la vida entera-, mi pensamiento, esfuerzos y preocupaciones reales tienen que ver solo con ella. Con su seguridad, su bienestar y su felicidad. El resto de las cosas ya no son ni tan graves, ni tan importantes. Y el hecho de que ya no me interese tomarme fotos a cada rato o salir en las pocas que tengo regia y "perfecta", evidencia que he madurado y que todos los días, al igual que Sara, estoy creciendo a su lado. 

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12 abril 2012

Nuestra historia más divertida

Tu historia Mas Divertida


Tu historia Más Divertida desde que te convertiste en mamá es un carnaval de Blogs que propone Una Mamá Feliz para poder contar esas anécdotas, experiencias e historias que hoy nos sacan una sonrisa al recordarlas.


Recuerdo que Sara solo tenía 2 o 3 meses. Y nosotros estábamos felices pero hechos trapo. Como cualquier bebé recién nacido, ella vivía prendida de la teta, y dormía tandas de 2 o 3 horas de día y de noche. Yo dormía y vivía a su ritmo. Mi esposo en el día trabajaba y en la noche trababa de acompañarnos y seguirnos el paso en la rutina. Sara se dormía tipo 7:00 p.m. y se levantaba primero a las 10:00 p.m., luego a la 1:00 a.m., más tarde a las 4:00 a.m, y finalmente, a las 6:00 o 7:00 a.m. La noche era una jornada maratónica donde las despertadas de la madrugada, para darle de comer y cambiarla de pañal, eran casi una tortura. 

Una noche en la despertada de la 1:00 a.m o 2:00 a.m., después de darle de comer, la revisé y me dí cuenta  que tenía el pañal totalmente sucio. Yo, medio dormida, le pedí ayuda a mi esposo. Él se levantó, busco el tapete plástico para proteger la cama, los pañales, lo pañitos, un body y otra pijama (la gracias fue tal, que había que cambiarla completica). Prendimos la luz y acomodamos todo en la cama para comenzar el operativo. Le quitamos toda la ropa, la limpiamos, la vestimos de nuevo y cuando estábamos a punto de cerrar el pañal limpio, oímos un ruido extraño y, sin tiempo para reaccionar, una lluvia pestilente nos tomo por sorpresa. Como una granada salió popó disparado para todos lados, ensuciando sábanas, cobijas, paredes y, por supuesto, también a nosotros. Hubo un segundo de silencio, sorpresa y sobresalto, pero al segundo siguiente estallamos de la risa. Creo que duramos más de 10 minutos riéndonos sin poder parar, mientras nosotros y el cuarto entero apestaba. ¿Que más podíamos hacer cuando estábamos todos sucios y olorosos a las 3 de la mañana?


Sara, después de haber hecho semejante obra de arte, seguía dormida plácidamente como si nada. O más bien perfectamente tranquila por que ya se había deshecho de lo que le estorbaba. Cuando pudimos parar de reirnos, apestosos y totalmente despiertos, la terminamos de cambiar y la acostamos en su moisés, que increíblemente se salvo de ensuciarse de puro milagro. Mientras ella descansaba, nosotros nos dedicamos a arreglar semejante desastre. Cuando por fin terminamos de limpiar paredes, cambiar cobijas, bañarnos y echar a la lavadora sábanas y pijamas, eran casi las 4 de la mañana y, ¿adivinen que? la princesa se volvía a despertar.


Esa noche aprendimos 3 lecciones importantes:
1. Nunca dejes a un bebé recién nacido sin pañal, ni siquiera un segundo. Menos si solo toma leche materna.
2. Ante ruidos extraños, corre a la trinchera más cercana y cúbrete.
3. La ma/paternidad puede ser de todo, menos aburrida.

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15 marzo 2012

La era de las madres prevenidas

El otro día me paseaba por twitter y decidí contestar a la pregunta desprevenida de una de las mamás que sigo. Ella preguntaba a qué edad podría volver a ir sola al baño, es decir, cuando recuperaría la privacidad para estos menesteres que su pequeño hijo le había robado. Y en medio de las respuestas que dimos varias madres, no estuve de acuerdo con la postura de una en particular y, de inmediato, ella pensó que me había molestado, que me había sentido juzgada o tal vez criticada. Nada más lejos de la realidad. Por fortuna, aclaramos el tema y la cosa no paso de ahí. El caso va a que ese simple hecho me hizo caer en cuenta de lo prevenidas que estamos las madres en general. Estamos tan expuestas a que se nos ponga en tela de juicio que tomamos casi cualquier comentario a la defensiva. Es como si estuviéramos con el escudo siempre puesto, porque no sabemos de dónde ni de quién pueden venir los dardos que nos van a herir. Cuando la postura frente a nuestro desempeño como madres debería ser relajada y abierta, más aún con nuestras colegas de oficio, la realidad es totalmente contraria. Nos cuidamos, nos defendemos, nos cerramos, y poco a poco nos quedamos solas, cuando deberíamos sentirnos arropadas y acompañadas por nuestras iguales.

Lo peor de todo es darse cuenta de que este comportamiento, no es infundado. Yo me considero afortunada, porque puedo decir que cuento con un grupo de excelente amigas-madres, tanto virtual como físicamente. Y realmente, independiente de cual sea mi postura, nunca me he sentido criticada o juzgada  por las que son mis amigas. Pero, tristemente no todas las historias son así. Conozco casos de mamás que boicotean los negocios de otras, que las exponen, en internet y fuera de él, porque son o no son pro-lactancia, por que unas piensan que los niños deben dormir con sus padres y otras no, por que unas quieren escolarizar a sus hijos y otras les quieren enseñar en casa, y una larga lista de cosas que no terminaría de enumerar. La intolerancia es el jinete que cabalga sin rienda en medio de nosotras y no nos hemos dado cuenta. No se que suerte de miedo profundo nos hace pensar que quién no piensa o actúa como yo, está contra mi. Y ahí es cuando dejamos de ser todas simplemente "madres" con los mismos deseos, esperanzas e intenciones, para convertirnos en las buenas o las malas, dependiendo del bando en el que sin pensar no alineemos, simplemente por que discrepamos en el "como hacer", cuando al final, de una u otra manera, todas nos esforzamos sin medida por ser la mejor mamá que podemos. 

Me pregunto si antes, hace mucho tiempo atrás las cosas eran así. Si, hace siglos, las madres no se apoyaban incondicionalmente, respetuosamente, las unas a las otras, solo por ser madres. Si no se guiaban con empatía y cariño. Seguro no habían tantas discusiones a cerca de cómo criar, simplemente se criaba en grupo, en tribu, de manera natural, sin tantos consejos, sin tanto libro, sin nada más que el instinto y todas eran madres felices. Me pregunto cómo hemos llegado hasta este punto y cómo dar vuelta atrás. Como hermanarnos a partir del rol de mamás, con la bandera del respeto y la tolerancia, entendiendo que nos necesitamos unas a otras, y que más allá del "cómo", juntas y apoyadas, podemos ser y hacer mucho más. 

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16 febrero 2012

Operación Ducha III

Estaba en mora de contarles como ha avanzado la operación ducha con Sara. La última vez que escribí del tema fue en septiembre del año pasado (puedes leer el post acá), cuando logre unas cuantas victorias en mi meta de pasarla de la bañera a la ducha, después de varios intentos fallidos. Ahora las cosas son bastante distintas. Esa niña temerosa e insegura, que se pegaba como garrapata a mí, apenas sentía el ruido del agua, ha desaparecido por completo. Ahora Sara entra al baño con mucha confianza, dispuesta y muy feliz. Dice "agua, agua", cada 5 segundos, y disfruta con los paticos de hule, los tambores acuáticos y hasta con los frascos de champú. La cosa ha cambiado tanto que hasta me atrevería a decir que el baño se ha convertido en uno de los mejores momentos del día.

La mayoría de las veces la baño con la ducha de mano, la enjabono y le lavo el pelo. Mientras, ella se ríe, me habla y juega con alguno de sus juguetes. Realmente todo el operativo no dura más de 5 minutos pero Sara lo adora. Otra veces, nos bañamos juntas y ahí si disfruta mucho más. Nos encerramos en el baño y abrimos la ducha con agua caliente. En menos de nada todo se llena de vapor y el ambiente se torna cálido y acogedor. Cierro el desagüe para que el agua comience a llenar la tina. A ella le emboba mirar las gotas que salen de la ducha y que caen, como si fuera una suave lluvia. Me encanta ver como las observa con fascinación y muere de risa intentando agarrarlas. Después, a lo que vinimos: jabón, champú, bálsamo (de mamá). Luego, mientras yo me baño ella simplemente disfruta. Se sienta en la tina, chapalea, se sonríe. Sumerge sus manitas en el agua, ahoga y rescata, una y otra vez, a los patitos juguete y las maracas. Se acuesta, se estira, hace como que nada. Se sorprende con la espuma, con el panel de vidrio empañado, con el ruido del agua, con su ombligo, con el mío. Toca los tambores, tumba el jabón, intenta peinarse. Disfruta y me sonríe, y yo quedo absolutamente enamorada.

Hace unos meses nunca hubiera imaginado que Sara llegaría disfrutar tanto de este momento. La operación ducha se ha convertido en la más emocionante y divertida aventura. Ella, poco a poco, se ha apropiado del espacio, ha aprendido a disfrutarlo, se ha familiarizado con la rutina y con los ruidos. Ahora le encanta el chorro de agua calientita que antes la aterraba. La cargo y cierra sus ojos, mientras disfruta sentir el agua que le cae, primero en la cabeza, luego, en la espalda. A veces, ni siquiera espera que llegue la hora de bañarla, sino que se levanta y comienza a gritar en su media lengua y a señalarme con su dedito el baño. Cuando entra, emocionada me mira y se levanta la camisa, como diciendo: "quítamela, que ya me quiero bañar". La miro y solo puedo pensar que ha cambiado y crecido mucho, y que soy una madre realmente afortunada por estar junto a ella, de mente y cuerpo presente, durante todo este tiempo.

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