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08 febrero 2014

Insoportablemente simple


Mi hija tiene mucho carácter. Y aunque me encanta que así sea, tengo que reconocer que lidiar con este detalle deseable todos los días me está resultando un gran reto. Desde que comenzó a hablar la animé mucho para que aprendiera a tomar sus propias decisiones en cosas sencillas como la comida, el juego y la ropa. Todas las noches ella escoge que cuentos quiere leer, en muchas oportunidades decide lo que quiere comer y, a diario, elige como quiere vestir. Suena maravilloso, ¿cierto?. Y lo es, solo que de un tiempo para acá el tema de la ropa que quiere usar, se ha convertido en una película dramática con visos de película de terror. 

Cada noche, después de cepillarle los dientes y ponerle la pijama, llega la hora de sacar la ropa del día siguiente, y ella, por supuesto, tiene las ideas bien claras sobre lo que quiere usar y lo que no. Y resulta que siempre, por una u otra razón, la escena termina en llanto y tragedia. La ropa que quiere esta sucia, el pantalón que se le antoja ya no existe, la camisa que elige es inapropiada para el clima o para la ocasión. Y, mientras le explico porque el pantalón verde menta es historia o le hago la  sugerencia de que debería usar otra cosa, ella tiene un berrinche inmediato. Llora, grita y no escucha. Así de simple. Así de insoportablemente simple. Y toda la escena me supera. 

Yo, la mayoría de la veces respiro profundo y trato de hablarle, intento que entienda, la abrazo, la escucho, me esfuerzo por explicarle que no hay por que llorar, que tiene montones de cosas que usar, pero ella está tan ensimismada en su rabia que es prácticamente imposible que reaccione. Otras veces, lloro a la par, me enfurezco, grito.... Casi siempre después de 20 o 30 minutos de semejante locura, después de pasar por todos los estados y todos los intentos, se comienza a calmar y, o se decide por otra cosa, o acepta mi sugerencia, o simplemente lo deja y ya. Es agotador. Lo peor es que muchas veces a la mañana siguiente, simplemente cambia de opinión, y la ropa que termino escogiendo después del berrinche la noche anterior, resulta que ya no es lo que quiere, y todo vuelve a comenzar, con la presión del tiempo corriendo en nuestra contra. 

Como ya les había contado antes el llanto de Sara me descoloca, y esta es una muestra clara de que aún me queda mucho por trabajar al respecto. Supongo (y deseo con ansias locas) que todo esto es temporal y que pronto pasará. Por ahora, intento manejarlo con los recursos emocionales que tengo. Espero que por ahora sea suficiente.

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13 noviembre 2013

El espejo


Tu llanto me ciega, me nubla, me descentra.

Me hace perder el control y me sumerge en aguas profundas y turbulentas.

Tu llanto me llena de miedo, de un miedo infantil que me invade sin remedio. Sin importar el momento ni el motivo, despierta el mounstro, esa inmensa y terrible criatura que vive en mí, que también soy yo.

Tu llanto me abate sin compasión y de manera mortal. Me golpea y me quita la respiración. Me reduce a nada, me hace olvidar mis habilidades de control.

Tu llanto no me deja pensar, me empuja aún mundo donde solo puedo sentir. Y esos sentimientos que afloran son intensos, egoístas y oscuros. Porque es un llamado directo a mi sombra, la trae, la hace presente, aniquilando mi escasa paciencia, irritándome hasta la inconsciencia.

Cuando eras bebé la cosa era diferente. Tengo la sensación de que tu llanto de ahora, tu llanto de niña es más intenso y poderoso, con  efectos más fuertes y profundos en mí. ¿Será por que ya no hay teta?, ¿será por qué la oxitocina no corre libre en nuestro vínculo como antes?, ¿será por que mi niña interior se refleja en tu frustración, en tu protesta, en tu inconformidad, en tu llanto que me incrimina y me desnuda?... No lo sé.

No único que tengo claro es que tu llanto es mi espejo. Un espejo gigante en el que detesto mirarme. Un espejo en el que no puedo evitar mirarme. Y entonces, en mi incapacidad de lidiar con mis sentimiento y los tuyos al mismo tiempo, te pido cosas incoherentes, hago cosas incoherentes. Y quiero desaparecer. Quiero un abrazo. Quiero tiempo. Quiero atención. Quiero exactamente lo mismo que tu me pides y que no sé como entregarte. Y no logro respirar, ni mantener la calma. Solo atino a solicitarte lo imposible, cuando yo misma no se expresar lo que me pasa y contengo mi propio llanto en un nudo inmenso en la garganta.

Pero no hay más remedio. No hay más opción que enfrentarlo. No tengo más que mirarme de frente en este espejo, cada vez que sea necesario. A pesar del temor, de la tristeza, del dolor. Con coraje, con fuerza, con humildad. Para que algún día pueda acoger esta parte oscura, entenderla, aceptarla, caminar de su mano, entendiendo un poco mejor su dimensión y su misión, que no es otra más que enseñarme, curarme, curarnos a ambas.

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