Definitivamente salir con Sara en el carro es cada vez es más difícil. Ella odia la silla de seguridad. O más bien odia que la tengan amarrada sin poder moverse durante tanto tiempo. Como ya saben nunca se queda quieta, es todo un "gusarapito" como le dice su papá. Por eso, aunque entiendo lo que siente, trato de que comprenda que es lo mejor, que es por su seguridad. Entonces, le explico, le canto, le juego, pero el llanto comienza inmediatamente, al igual que mi sufrimiento. Lo confiezo: para mi es totalmente insoportable verla llorar y gritar, mientras me tira los brazos para que la saque. Por eso, hago lo que sea necesario para que se sienta tranquila y cómoda sentada allí, pero nada ha dado resultado. Aún no he podido lograr que cada salida en el carro deje de ser un drama familiar.
Lo peor de todo es que, la mayoría de la veces, no aguanto más y termino sacándola aunque sé que no es lo correcto, que llevarla en mis piernas es demasiado peligroso, que este es, realmente, un tema de vida o muerte. Y como era de esperarse, al instante siguiente, aparece la culpa y me siento fatal. Y reflexiono, de manera racional, y me repito a mi misma una y otra vez, que pase lo que pase, no lo haré más. Que así grite y llore no la sacaré de la silla. Pero, simplemente, no lo logro. Trato de hacer de tripas corazón, trato de consolarla al máximo posible pero simplemente no se consuela, no se rinde, y yo no lo soporto. Me vence. Es toda una luchadora, saca su carácter y, cada vez con más fuerza, protesta, mientras toda la escena es puro sufrimiento para las dos.
Al principio pensé que era cuestión de tiempo, cosa de costumbre. Que si siempre la ponía en la silla, llegaría el día que se acostumbraría. Pero no pasa. Es más, tengo la sensación de que a medida que crece es mucho peor. ¿Que hago? Por supuesto, mi esposo me dice que la ignore, que no le ponga tanta atención, que me hace falta carácter con ella, que la dejo salirse siempre con la suya, en fin. Y en medio del llanto de ella y la desesperación que me da, alcanzo a pensar que tal vez si tenga razón. Más aún cuando sé que si va solo con Sara en el carro, mágicamente se queda quieta y tranquila en su silla. Con él no hay llanto, ni berrinche, ni suplicas. Entonces, ¿qué?, ¿acaso el tema soy yo? De pronto si. A lo mejor la del problema soy yo, mucho más que ella. Soy consciente que nuestra relación como madre e hija es diferente a la que tiene con su padre. Ni mejor, ni peor, simplemente distinta. Siento nuestra conexión y nuestro vínculo, fuerte y estrecho. Y a veces pienso que todo este tema de la silla nos juega una muy mala pasada por el simple hecho de que deseamos, sin medida, estar siempre pegaditas, juntas, muy juntas. Sentimos un deseo inminente la una de la otra y claro, ¿qué va a preferir ella, ir sentada en el regazo de su madre, sintiendo su olor, con la teta a la mano, o estar sentada en la hermosa y acolchada silla del carro? Creo que la respuesta es obvia. Sin embargo, tengo que encontrar la manera de que poco a poco comprenda que debe ir sentada ahí. Pero ya el tema me tiene un poco agota y no se que más hacer, ni que más inventar para manejarlo. Tengo claro que este es un asunto muy delicado con el cual no podemos jugar por que las consecuencias podrían ser realmente nefastas. Por ahora, sigo intentando, llevo juguetes, canto rondas, cuento historias, la abrazo, la beso, le hablo, he intento con todas mis fuerzas soportarlo todo y no sacarla, esperando llegar pronto a nuestro destino, para bajarla del carro y que la tortura acabe.
Lo peor de todo es que, la mayoría de la veces, no aguanto más y termino sacándola aunque sé que no es lo correcto, que llevarla en mis piernas es demasiado peligroso, que este es, realmente, un tema de vida o muerte. Y como era de esperarse, al instante siguiente, aparece la culpa y me siento fatal. Y reflexiono, de manera racional, y me repito a mi misma una y otra vez, que pase lo que pase, no lo haré más. Que así grite y llore no la sacaré de la silla. Pero, simplemente, no lo logro. Trato de hacer de tripas corazón, trato de consolarla al máximo posible pero simplemente no se consuela, no se rinde, y yo no lo soporto. Me vence. Es toda una luchadora, saca su carácter y, cada vez con más fuerza, protesta, mientras toda la escena es puro sufrimiento para las dos.
Al principio pensé que era cuestión de tiempo, cosa de costumbre. Que si siempre la ponía en la silla, llegaría el día que se acostumbraría. Pero no pasa. Es más, tengo la sensación de que a medida que crece es mucho peor. ¿Que hago? Por supuesto, mi esposo me dice que la ignore, que no le ponga tanta atención, que me hace falta carácter con ella, que la dejo salirse siempre con la suya, en fin. Y en medio del llanto de ella y la desesperación que me da, alcanzo a pensar que tal vez si tenga razón. Más aún cuando sé que si va solo con Sara en el carro, mágicamente se queda quieta y tranquila en su silla. Con él no hay llanto, ni berrinche, ni suplicas. Entonces, ¿qué?, ¿acaso el tema soy yo? De pronto si. A lo mejor la del problema soy yo, mucho más que ella. Soy consciente que nuestra relación como madre e hija es diferente a la que tiene con su padre. Ni mejor, ni peor, simplemente distinta. Siento nuestra conexión y nuestro vínculo, fuerte y estrecho. Y a veces pienso que todo este tema de la silla nos juega una muy mala pasada por el simple hecho de que deseamos, sin medida, estar siempre pegaditas, juntas, muy juntas. Sentimos un deseo inminente la una de la otra y claro, ¿qué va a preferir ella, ir sentada en el regazo de su madre, sintiendo su olor, con la teta a la mano, o estar sentada en la hermosa y acolchada silla del carro? Creo que la respuesta es obvia. Sin embargo, tengo que encontrar la manera de que poco a poco comprenda que debe ir sentada ahí. Pero ya el tema me tiene un poco agota y no se que más hacer, ni que más inventar para manejarlo. Tengo claro que este es un asunto muy delicado con el cual no podemos jugar por que las consecuencias podrían ser realmente nefastas. Por ahora, sigo intentando, llevo juguetes, canto rondas, cuento historias, la abrazo, la beso, le hablo, he intento con todas mis fuerzas soportarlo todo y no sacarla, esperando llegar pronto a nuestro destino, para bajarla del carro y que la tortura acabe.