07 octubre 2013

Mamás Emprendedoras: Happy Hamlet


Hace un tiempo recibí un mail de Ana, un mail donde me contaba su proyecto de familia, y al instante me pareció una aventura maravillosa y valiente, digna de compartir y contar. Ana es española y vive en Barcelona, con su pareja y sus dos niños. Su proyecto gira alrededor de lo que ella y su familia más aman: viajar!!!  Así nace Happy Hamlet, una comunidad de familias de todo el mundo que intercambian sus casa para irse de vacaciones, compartiendo y disfrutando su deseo de viajar y sentirse en casa siempre, sin importar el lugar que quieran conocer o visitar. 

¿Como surgió este proyecto happyhamlet.com para promocionar el intercambio de casas?
Surgió de nuestra propia experiencia, primero como pareja y después ya con niños llevamos 8 años intercambiando casas. Han sido 20 intercambios en diferentes partes del mundo. Y queríamos crear un lugar de encuentro para familias que quisieran probar esta forma de viajar.

¿Cuáles son las ventajas de esta forma de viajar? 
La más evidente es el tema económico, de entrada te ahorras el hotel o apartamento lo que supone un ahorro muy importante. También cuando el precio del alojamiento no es un condicionante puedes hacer vacaciones más largas y tomártelo todo con más calma respetando las rutinas familiares, especialmente si hay bebés o niños pequeños. Y poco a poco vas descubriendo otras ventajas, por ejemplo, poder descubrir otros países como un local lo haría, alejados de las zonas turísticas y algo que nos parece importante, enseñarle a nuestros hijos la importancia de compartir... su casa, sus juguetes al mismo tiempo que otra familia hace lo mismo por ti.

¿Y por qué la gente no lo hace más a menudo?
Creo que el miedo es el freno más importante. Y lo entiendo perfectamente, todos hemos pasado nervios sobretodo la primera vez. Pero una vez lo pruebas descubres que esa otra familia solo busca lo mismo que tú. Un bonito y agradable lugar donde pasar las vacaciones y sentirse como en casa.

¿Nos cuentas algún viaje que recuerdes especialmente?
Este verano de 2013 pasamos tres semanas en Dinamarca, en una preciosa casa de campo donde cuidamos de dos caballos. Tengo que decir que es poco común intercambiar casa con animales pero en este caso decidimos dar el paso porque nos pareció una experiencia fantástica para nuestros dos niños. ¡Y lo fue! Cuidar de los caballos sólo nos llevaba una hora al día y fue un cambio total sobre nuestra vida habitual en una gran ciudad.

¿Qué le dirías a la gente que se queda en casa por falta de medios económicos?
Que ante la crisis hay que tener creatividad. Y que no es cierto como alguna vez he oído que "cuando tienes niños es más difícil viajar". El intercambio es una forma barata y cómoda de viajar a cualquier lugar del mundo. Por supuesto aún tienes el coste de los billetes de avión pero por ejemplo en Europa hay billetes muy baratos o incluso puedes hacer un intercambio cercano y hacer el viaje en tren o autobús.

¿Qué le dirías a la gente que puede tener miedo de intercambiar las casas?
Que lo pruebe, especialmente si tienes niños. Que es una experiencia muy bonita para toda la familia y que no se arrepentirán. En nuestros 20 intercambios no hemos tenido ninguna mala experiencia, al  contrario algunas muy agradables como por ejemplo que alguna familia te deje su casa para alojarte sin que haya siquiera intercambio (porque tenían otros planes en vacaciones y prefieren que haya alguien a que se queden unas semanas vacía) o que nos hayan ofrecido su coche a pesar de que nosotros no podemos ofrecerle uno (no tenemos). Es una forma fantástica de viajar para las familias, ¡sólo hay que probarlo!

Gracias Ana por compartir tu proyecto e inviatrnos a vivir este tipo de experiencias en familia. Y tú, ¿te ánimas a unirte a Happy Hamlet?


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02 octubre 2013

Quiero crecer


Soy la mamá de una niña de 3 años. Una niña, que a veces no parece tan niña, y que ayer en medio de su frustración porque no la dejaba ver más televisión me dijo: "Mamá quiero crecer". Al escucharla no pude decir nada, simplemente atiné a abrazarla, mientras sonreía llena orgullo. Me emociona pensar que mi pequeña esta creciendo. Me alegra evidenciar que con esas tres palabras me dijo, sin vacilación, que quiere tomar sus propias decisiones. Y eso tiene un significado inmensamente importante. Es la prueba reina de que la fusión de la diada madre-hija ha terminado y, precisamente por eso, Sara tiene perfectamente claro que es un ser independiente, distinto a su mamá y que puede -y tiene el derecho- de querer, sentir y pensar diferente a mi. Tiene claro que no está en la obligación de complacerme, y que podemos disentir, sin dejarnos de respetar y amar.

Reconozco que sería mucho más fácil y cómodo tener un hijo alineado con mamá. Sería más sencillo tratar de convencerla de que yo soy la dueña de la verdad y la razón, y que, por lo tanto, lo que ella quiera o piense no tiene mucha importancia. En definitiva, implicaría para mi un trabajo menos demandante e intenso, en la crianza diaria. Sin embargo, el costo para mi pequeña sería demasiado alto: adormecería su voluntad, minaría su autoconfianza, destruiría su deseo natural de ser en función de su propia existencia y anhelos personales. Yo misma fui una niña muy pendiente de complacer a mamá y a los demás. Con más miedo a fallarles, que a renunciar a mis sueños. Así que sé exactamente de que les hablo y no es nada sencillo.

No quiero decir con esto que pasar de criar a una bebé "obediente" y "sumisa", a criar una niña "rebelde" y "voluntariosa", sea simple. La realidad es que para mi representa un reto de proporciones inmensas. Es un esfuerzo permanente de empatía y respeto, que implica una dosis gigante de consciencia y paciencia, que muchas veces no tengo y no se de dónde sacar. Implica trabajar en lo que más me cuesta. Ejercitar mi capacidad de negociación. Aprender que merece, desde ya, tomar muchas decisiones de su vida por si sola: qué desea comer, cómo se quiere vestir, que le gustaría jugar o hacer. Implica aprender a lidiar con el sentimiento absurdo de inconformidad que estos desacuerdos cotidianos me generan. Requiere explicarle con amor por qué algunas veces la respuesta es "no", y que eso no significa que su deseo no se valido, que la desprecie por eso, o que la amé menos.

Oficialmente puedo decir que soy la mamá de la niña que quiere crecer, y me siento feliz y complacida  por eso.

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