La semana pasada asistí al 2do taller de padres en el
jardín de Sara. El asunto a tratar: "Género: un tema de debate". La verdad es que cuando vi la invitación, no le puse mucha atención. Sin embargo me agendé y me alegra mucho haber asistido.
El taller tenía una dinámica sencilla: en grupos de 4 o 5 padres, debíamos dibujar a un hombre y a una mujer, y construir una historia alrededor de ellos. Esta actividad fue suficiente para romper el hielo e integrarnos, y también, para que nuestros estereotipos e imaginarios de lo que "debe ser" un hombre y una mujer, comenzaran a aflorar.
Entonces aparecieron los prejuicios y los miedos. Los modelos trastocados, la intolerancia, los patrones estereotipados. Las luchas permanentes por tratar de no repetir nuestras propias historias, ni la manera como muchos fuimos criados y encasillados. El feminismo malentendido, el machismo exacerbado. Las confesiones de emociones castradas, bajo patrones equivocados de una masculinidad insensible. Historias increíbles donde el género marca el nivel de respecto con el que somos tratados, las oportunidades que tenemos a la mano, el sueldo que nos ganamos. Montones y montones de preocupaciones teñidas de desigualdad y prevención, que nos ciegan como padres y nos impiden ver que no hay "juegos de niños", ni "cosas de niñas". Una lluvia de confesiones. Una catarsis sincera y colectiva.
Y después de exponernos y escucharnos por un buen rato, llego el momento de la reflexión, la mirada en el espejo, la sorpresa al escucharnos con detenimiento y el deseo inmenso de cambiar las cosas desde nuestras casas, desde la manera como criamos y educamos a nuestros hijos, por que aunque es innegable que hemos avanzado mucho como sociedad en cuanto a la equidad de genero, fue más que evidente que aún nos falta mucho camino por recorrer. Por que aunque al parecer tenemos ideas claras sobre la concepción correcta de hombre y mujer que debería existir en nuestra comunidad, la cultura juega un papel muy fuerte e importante en lo que realmente decimos y hacemos.
Y nos sorprendimos mucho, y me sorprendí, por que prácticamente sin darnos cuenta, repetimos frases, hacemos bromas, reaccionamos de cierta manera ante algunas situaciones, de manera automática y desprevenida, perpetuando lo que decimos no querer perpetuar: superioridad de unos sobre otros, de hombres sobre mujeres, de adultos sobre niños, de fuertes sobre débiles, de ricos sobre pobres y así. Patriarcado en su máxima expresión.
Bueno y después de semejante baldado de agua fría, allí estábamos un grupo de papás reunidos, sin máscaras, una tribu de carne y hueso, hablando de un tema importante, sin miedo a ser juzgados y con ganas de hacer las cosas de otra manera, felices por el espacio y por el encuentro, seguros de estar en el camino indicado, buscando la forma de hacer lo correcto.